No te acerques a la bruja

Por Alejandra Ramírez Sandoval

No te acerques a la bruja, era lo que advertían a niñas y niños sobre aquella mujer solitaria, cuyo nombre se había olvidado después de tantos años llamándola de esta forma.

Los hombres, fingiendo querer seducirla, se le acercaban, acosándola para probar su hombría, pero pronto regresaban humillados y aterrados. Las mujeres se acercaban a ella cuando sus remedios se habían agotado: cuando la fiebre de sus familiares no paraba o cuando esperaban parar alguna habladuría.

Juana se acercó a ella después de que su hija cayera en una grave enfermedad. Intentó todos los remedios de su madre y ninguno funcionó. Llamó a un médico, pero la fiebre simplemente no bajaba. Cuando tuvo un diagnóstico muy poco favorable, pidió auxilio a la Bruja. A los pocos días, su hija pudo correr y jugar de nuevo. 

Desde ese día fueron inseparables. Poco después, Juana y su pequeña hija se mudaron a la casa de la Bruja, que de por sí era demasiado grande para una sola persona (se decía que tenía más habitantes, pero no pertenecían al reino de los vivos.)

—Juana se ha acercado mucho a la Bruja últimamente, ¡qué desgracia!

—¡Tan buena cristiana que era!

—Seguramente le vendió su alma al Diablo para que salvara a su hija.

—Ya no viene a la Iglesia todos los domingos.

—He escuchado que en las noches vuelan sobre una escoba.

—¡Pobre niña, seguramente la sacrificarán al Maligno! Las dos mujeres escuchaban los rumores sobre ellas y reían a carcajadas. No iban a sacrificar niños, no hacían rituales con sangre ni invocaban demonios. Sin embargo, sí hacían magia: cuando caía la noche, la niña dormía profundamente y los curiosos se habían alejado; Juana y la Bruja se invocaban mutuamente, sus pieles se encontraban, y ambas se elevaban.

Alejandra Ramírez Sandoval

Es egresada de la Licenciatura en Historia por la FES Acatlán, perteneciente a  la UNAM, dentro de sus intereses de investigación están la Historia Cultural, la Historia de las mujeres y de género, principalmente, de lo que ha presentado varias ponencias. Se ha interesado por la difusión de la Historia, la docencia y la escritura. 

Piezas

Por Maribel Castillo

Abrí los ojos, sentí un tenue rayo de sol penetrar en mi habitación y resbalarse con presunción por mi lecho. Hacía muchos días que la tormenta no lo había dejado asomarse por los huecos del techo, en donde las gotas de lluvia entraban con ímpetu y se deshacían al besar el asfalto de aquella pequeña morada cuyos días se estrellaban sin piedad, sin traer buenas noticias. 

Sin trabajo desde hace casi tres meses, mi supervivencia se volvió cada vez más crítica, como crítico era también el estado en que se encontraba la economía del país, por no decir del mundo entero. Sólo contábamos con la esperanza de que poco a poco todo volvería, sino a la normalidad, al menos a un estado donde pensar no fuera tan doloroso; sin embargo, al menos nos quedaba el consuelo de seguir con vida.

Saqué aquella vieja agenda que había encontrado unos meses atrás, mucho antes de que comenzaran los rumores de pasar una cuarentena debido a la pandemia que tenía de rodillas al mundo entero. Volví a leer su contenido y una tristeza se apoderó de mí, en todo el tiempo que llevaba encerrado no podía pensar en nada más.

Podría decir que la locura de un encierro consigo mismo lograría llegar a extenderse por mucho más tiempo, aún cuando llega a tu puerta la anhelada libertad. Sin embargo, mi estado lamentable no se debía a los estragos de mi propia mente o de diversos recuerdos dolorosos que he tratado de olvidar, más bien se debían a la imposibilidad de hacer absolutamente nada por mí mismo.

Una mañana, hace ya varios años, encontré debajo de mi puerta un sobre sellado que contenía en su interior una carta, donde se me notificaba que era heredero de una colección de carros a control remoto antiguos. Súbitamente recordé la primera vez que mis ojos se maravillaron al ver en un apolillado estante todos los carros en donde mi imaginación no me había permitido llegar hasta ese momento. Rememoré el Toyota Land Crusier de 1980, el Tandy de 1982; el Mercedes Benz de 1969 serie A, su carcasa  hecha de acero fundido en escala 1/16; y así, cada uno de ellos traía a mi mente un pedacito de añoranza de aquella infancia que se me escurría tras el velo de la madurez. 

Como un rayo que traspasara mi corazón, pensé en aquel hombre cuyas canas eran mecidas por recuerdos que jamás pudo desempolvarse. Había muerto sin duda, ya su alma reposaba junto a la mujer que tanto amó y cuya vida fue prematuramente cortada. 

Su entierro había trascurrido hacía unos meses. Unas semanas después  me presenté en aquella enorme casa, en donde fui recibido por un fuerte eco, por las pisadas de evocaciones y pesadumbres que caminaban por doquier. La casa estaba totalmente vacía, en sus inicios de destrucción. La familia a la que fue heredada había decidido venderla, por lo cual me apresuraron para ir a recoger lo que ellos llamaban “juguetes viejos”. 

La casa estaba construida en dos plantas, pensada para albergar en ella a una enorme familia, pero  sólo pudo albergar una enorme colección de carros a control remoto antiguos y piezas.  Ahí estaba en la parte de arriba en todo su esplendor, los muchos “juguetes viejos” que hasta hoy aún me parecen lo más fantástico e inigualable que se pudo crear. 

– La mayoría de estos carros –decía Allan- fueron vendidos por amor. Mis pequeños ojos se clavaban en su rostro mientras esperaba más explicaciones, pero él callaba. 

– Ellos llevan una parte de mí, son como mis hijos, consumen mi tiempo, esfuerzo y dinero. Me causan heridas al repararlos, todos llevan una pieza de mí.

– Este modelo Flashback –continuaba mientras me mostraba un carro de color negro- tiene una característica especial, salió a la venta en 1984, el año en que naciste.

Lo vi durante horas, días, semanas y meses reparando aquellos carros. El motor arrancando era uno de los arpegios que más colgaban de la pared. 

-¿Por qué repara esos carros si no juega con ellos? 

-Son para mi hijo. –contestó con cansancio. 

En realidad Allan nunca tuvo hijos y después de la muerte de su esposa no volvió a casarse, por lo que las personas pensaban que no estaba muy bien de la mente.

El viejo estante estaba más viejo y más apolillado que nunca, con sus últimas fuerzas sostenía los sueños y anhelos de aquel viejo que cumplió con reparar todos los carros de su colección. En uno de los cajones donde guardaba las piezas me topé con una vieja agenda de 1994, estaba forrada de cuero de un color café oscuro y sus orillas brillaban como el oro.

No quise deshacerme de aquellos carros que contenían muchas de mis más grandes impresiones infantiles y, puesto que la infancia es aquella etapa que más define el resto de tu vida, decidí conservarlos. Todos funcionaban;aunque los olvidé por muchos años en una vieja habitación y volvieron a llenarse de polvo. Como uno de esos momentos en que el destino confabula para que el orden de lo imposible se restablezca, recordé aquella agenda vieja que no me atreví a abrir en su momento por creer que no contenía nada, pero una fuerza inexplicable me impulsaba a ella, así que, una tarde en que las aves perseguían la noche, fui a buscarla.

Era una especie de diario de muchos años atrás, incluso antes de mi nacimiento. Eran las memorias más importantes de Allan y, aunque algunas páginas no se podían descifrar, llegó un momento en que deseé nunca haber leído aquellas letras que ahora, en plena soledad y encierro, me atormentan.

«No recuerdo con exactitud en qué momento mis palabras produjeron eco en sus oídos y fueron guardados en su memoria. Tampoco recuerdo si fue la luz de su mirada lo que me enamoró, me incitó a hablarle y continuar con una conversación que, aunque he olvidado por completo, me temo que no fue para nada coherente. Lo cierto es que sin proponérmelo, me enamoré de aquella frágil mujer que los dioses verían con enorme placer, y que yo fui el afortunado de encontrarla en mi destino. El cual también permitió que, poco tiempo después, se convirtiera en la esposa y la mujer de mi vida.

»Pasábamos las noches contemplándonos, al resplandor de una luna llena, en sus ojos vivían las más fuertes impresiones de dicha y felicidad que yo le brindaba. Adquirimos una casa grande, en donde las alas de su amor se extendían por todo nuestro paraíso. Aunque el lugar era demasiado grande para dos personas, disfrutábamos únicamente del piso de arriba.

»Recuerdo también con mucha impresión el primer carro a control remoto antiguo que me llamó la atención y cuyo precio era demasiado elevado para la economía familiar. No recuerdo  que mi padre haya gastado ni un centavo en comprarme ningún juguete, mucho menos uno de esos que con aquel precio comería una familia entera por un mes.

»Meses después de mi matrimonio, me encontré con el mismo carro que añoraba en mi infancia y lo adquirí por un precio casi de burla. Me dediqué a repararlo. Mi esposa era un susurro entre aquel rechinar de piezas y motores cuyo aliento se evaporaba al instante, pero su perfume me seguía a cada paso que daba.

»Fui adquiriendo muchos más carros, sentía placer arreglarlos y pensar que serían para mis hijos. Los ojos de mi mujer resplandecían a la luz del soplete y me daba un largo beso en los labios.

»Todos los meses presentía el milagro de la concepción, sin embargo, no sucedía y sus ojos cada vez se apagaban más. Al principio no noté ese hecho, fue hasta que también su sonrisa comenzaba a extinguirse y sus manos se tornaban más frágiles que de costumbre. Era estéril. El deseo de que yo diera los carros a nuestros hijos se alzó en su memoria como un mandamiento, un mandamiento que ella no podía cumplir así que, su hundimiento se iba marcando en cada vena de su cuerpo, en cada aliento que lanzaba a la fatalidad.

»Sin sospechar, cada pieza que colocaba en uno de los carros se robaba un día de la mujer que tanto amaba, cada motor que funcionaba iba acabando paulatinamente con los días de mi compañera y fue entonces cuando me sugirió la idea de alquilar un vientre para que mis deseos se vieran completos, pero no era esa mi idea. Tal vez nunca le expresé con las mejores palabras que lo mejor para mí había sido amarla y tenerla mientras Dios quiso.

»El retrato de aquellas noches de desvelo, en que el silencio era sólo interrumpido por sus sollozos, por las quejas de un dolor que cada vez se incrustaba en su pecho, perforaban las paredes de aquella enorme casa donde el frío se había instalado con petulancia y se apoderaba hasta de nuestros cuerpos.

»La naturaleza de mi amada siempre fue de una fragilidad que temía romperla con cada beso de aquellas noches que se perdían para siempre entre nuestros miles de recuerdos. Sus manos astillaban y producían un sonido que lastimaba, el áureo de sus ojos se había evaporado entre la nada; sin embargo, su corazón seguía latiendo y seguía amándome desde lo más profundo de muchas vidas atrás.

»Murió entre aquellas sábanas que una vez fueron testigos de nuestra prosperidad, murió en aquel lecho donde nuestras almas se cruzaron y juraron amarse más allá de la muerte. Ahora aquel designio se formaba entre el último aliento de mi amada, cuyos ojos ya no volverían a verme reparar uno de aquellos carros que tanto fue mi deleite. ¡Oh deseos de la vida!, justo cuando mi mujer exhalaba un suspiro, nacía en otro vientre un hijo que se engendró a cambio de la vida de la mujer que aún después de la muerte amaré. Su cuerpo yacía inerte entre mis brazos y mis sollozos no alcanzaron a despertarla.

»Al transcurrir los años de la infancia de mi único hijo, fui reparando los carros que me faltaban, fui haciéndolo despacio para poder verlo crecer. Aunque nunca lo reconocí como mi hijo, tenía los mismos ojos que mi amada, cuyos restos reposaban en un lúgubre sepulcro, esperando a que repare el último de los carros y, posteriormente, se los deje como herencia a mi hijo, nuestro hijo.

Maribel Nohemy Castillo Guevara (Ciudad Barrios, 1994). Miembro del Taller Literario Zarza y Taller Literario Apenas la Voz. Licenciada en Letras de la Universidad de El Salvador.  Poeta y cuentista. Sus primeros escritos fueron publicados en la revista Laberinto. Le es otorgada la mención honorífica de cuento en el V Certamen Literario de mujeres “La flauta de los Pétalos” (noviembre de 2016).

FARELA Y EL CALDERONISMO

Por Raymundo Colín

I

El compañero Farela se mira cabizbajo, angustiado. Ayer por la tarde tuvo que desembolsar ocho billetes grandes para que los policías que acusaban de robo a su hijo no lo remitieran al ministerio público. El dinero era el ahorro de meses de trabajo y un colchón que le serviría por si la crisis económica se disparaba.

—Pero mi esposa llegó primero que yo y ya se había arreglado con ellos. No pude hacer ya nada. ¡Estos cabrones andan desatados extorsionando a quien se deje!

Del otro lado del escritorio, la compañera Lucero intenta animarlo, a la vez que cuenta lo que la noche anterior le ocurrió a su hija:

—La mochilearon. Mi hija les preguntó por qué lo hacían. La mujer policía que la revisaba, le respondió: “los jóvenes también roban”. ¡Ahora sí que el ser joven hoy en día es sinónimo de delincuente!

Farela escuchaba con atención lo que platicaba Lucero, mientras el Chaparro iba y venía mentando madres con su vozarrón. Me le quedé mirando y me lo imaginé como un soldadito de plomo refunfuñón:

—¡Cabrón, piensa que por dos pesos me va a gritar! ¡Ahí que acomode su carro como quiera, pero a mí no me va a chingar la madre por dos mugrosos pesos!

El calor de marzo es sofocante, sin embargo, la compañera Estela no deja de sonar su silbato para dirigir a los automovilistas que entran y salen del estacionamiento. Doña Estela se ve tranquila, pero desde que murió la Chiapaneca, quien era la mera jefa del estacionamiento, dicen que se ha vuelto una cacique y quiere mangonear a los demás franeleros, que si se le ponen al tú por tú, los amenaza con ya no dejarlos trabajar. Al Chaparro es al que más hostiga, tanto que éste ya se quiere ir a chambear a otra parte:

—Quiere que de lo que saco le de la mitad; si eso apenas me alcanza para tragar…

Allá a lo lejos, en su sala a la intemperie, se mira el escuadrón de alcohólicos empeñados en continuar su ruta hacia la muerte. Todo el día están ahí sableando a los transeúntes para su vicio o roncando la borrachera, regados en las aceras. Algunos de estos borrachines son profesionistas: uno es abogado, otro sociólogo, hay uno que dice haber estudiado psicología y otro que es políglota. Los demás, obreros venidos a menos. Quemados, sucios, vale madre de la vida: todos ellos alguna vez fueron padres de familia, hijos, hermanos, buenos empleados o burócratas, pero algo pasó en su vida, alguna situación terrible o dolorosa —¡vaya usted a saber! —los tiene allí, postrados en el chupe, esperando a que la pelona se los cargue.

—”¡Yo no soy ratera, yo si estudio!” le dijo mi hija. —espeta Lucero. —¿Y qué creen que le respondió la estúpida policía?: “Pues yo no, por eso estoy en esto”. “¿Usted sabe que soy menor de edad?”, le reclamó mi hija. “¿Y qué, en tu escuela no te han dicho que hay tutelares?”. Lo bueno que la dejaron ir sin achacarle nada.

Es 2011, pero tal parece que retrocedimos a los años 70, cuando las razias y el abuso de la policía asolaba las calles y las vidas de los parroquianos: extorsionando, golpeando y hasta asesinando a la gente, pero sobre todo a los jóvenes que por mala suerte se cruzaban en su camino. El temor de que se les apareciera “la tira” o “los judas” era terrible, pues seguramente de una calentada, tortura o un aventón nadie los salvaría. Así fue como los supervivientes de aquellos años desarrollaron una especie de súper intuición, que los hacía anticipar su aparición y poder escapar o guardar postura; no dar motivo alguno para que los levantaran, los secuestraran para pedir rescate a sus padres, quienes, sabedores de lo que podría ocurrirles en las mazmorras judiciales o en las orillas solitarias de la ciudad, les daban lo que les pedían.

Tiempos malditos los que vivimos los muchachos de aquellos años, tiempos difíciles y tristes, pesarosos y llenos de zozobra. Tiempos en los que el infierno, representado en la tierra por los patriotas, nacionalistas funcionarios y burócratas del partido tricolor, quienes soltaron sobre nosotros todas las pestes, toda la mierda que sólo ellos podían defecar. 

Al igual que al hijo de Farela o la hija de Lucero, los hijos de aquellos años sufrimos el acoso y el crimen que desde el Estado se incubó para nosotros. La mafia era el gobierno, lo sigue siendo, ahora secundado por la cosa nostra mexicana. Es por eso que a diario vemos decenas de cadáveres destazados y regados por toda la nación; miles de levantados, de desaparecidos, esfumados por manos invisibles y llevados a lugares insospechados donde padecen torturas diabólicas, mutilaciones, muertes dolorosas y crueles. Cadáveres sin cabeza ni genitales colgados en puentes viales; montones de cuerpos, la mayoría jóvenes, en parajes solitarios o a orillas de la carretera; fosas clandestinas atestadas de muerte: trascabos sacando a hombres y mujeres descuartizados. El infierno ante nuestros ojos diariamente; una guerra de exterminio implementada desde los hondos infiernos calderonistas contra el pueblo mexicano. 

Era igual aquellos años, pues los necrófilos del poder siempre han existido y no paran de operar, de infringirnos el horror a través de dictaduras, regímenes represivos que, con sus tácticas de exterminio, nos mantienen horrorizados para que ellos hagan y deshagan a su antojo el país. Para que roben o maten, o nos esclavicen y exploten a sus anchas nuestra fuerza de trabajo. Esa es la verdad tras toda esta estrategia de violencia y sangre que ha sesgado cientos de miles de vidas, directa o indirectamente, desde que se implementó y contra la cual debemos estar en contra y enfrentarla firmemente.

Cuántas historias guardo en mi mente de aquellos años aciagos de mi juventud, cuántos nombres y rostros conocidos o de desconocidos que sufrieron la misma suerte de habitar en el abismo. Podría nombrar a algunos para que sepan que no los hemos olvidado y que llegará el tiempo en que se les haga justicia: Jesús, Pedro, Francisco, el Hormiga, el Chicano, Cancia, Nicolás, el Voces, el Calaco, el Tatemas, el Tapachula, el Canelo, el Cacahuate; Berna, Gilberto, Nazario, Morris, Raúl, el Rata, Leticia, Freddy, Teresa, el Negro, el Chapulín; Manuel, Sixto… vaya, son tantos nombres y apodos que se me agolpan en la cabeza y se niegan a ser escritos, tal vez por el miedo a que, aún después de muertos,  se sepa de ellos y los necrófilos del poder y la estulticia den con ellos para matarlos o torturarlos otra vez… son capaces.

Éramos un montón de niños jugando entre las calles polvorientas y pobres del tiempo que nos tocó vivir, niños con el alma limpia de todo dolo. Niños hermosos y llenos de vitalidad, de sueños y con las bolsas retacadas de canicas. Niños retozones jugando al balero, al trompo, al burro dieciséis, al trébol, a la cascarita. Niños tempraneros pintándose de sol, niños charco, barrio, remolino, vecindad. Caritas de ángel trepándose de mosca en los camiones refresqueros, pedaleando la bicicleta alquilada. Niños nalgas meadas, zapatos rotos, pantalones agujerados, playeras desteñidas. Niños hambre, desnutridos, piojosos, con lombrices. Niños descalzos correteándose entre las piedras y en los fangos de la vida. Niños libélula, mariposa, colibrí. Niños jicotillo, abejorro, cochinilla. Niños cocol, luna llena, saltadores de reata… en fin… Niños que esperábamos de este mundo lo mejor, pero que caímos, tal vez, en el lugar menos indicado para que nuestros sueños se cumplieran. Y así fuimos creciendo en el infierno sin saberlo. Hasta que un día, nos volvimos jóvenes y entonces sí supimos lo que era andar en tierra ajena.

II

Acabo de ver un video que el buen Rafael Catana me compartió en Facebook, donde Manu Chao canta su canción Si yo fuera Maradona, frente al divo del fútbol mundial, en una calle de un barrio, al lado de una cortina de negocio con un grafiti que dice Lolo puto. El divo la está gozando o la está sufriendo, no sé, trae lentes oscuros, pero por su rostro que relame los labios, la está gozando hasta el alma, pareciera que en cualquier momento se le saldrán las lágrimas.

Hay una cuarteta en la canción de Manu Chao que llama mi atención: Si yo fuera Maradona, viviría como él, porque el mundo es una bola, que se vive a flor de piel. Habla de la influencia tan grande que el balompié tiene sobre la gente; de lo excitante que es ver rodar, saltar, elevarse, golpear un balón, o gritar al unísono ¡gol! Es todo un orgasmo colectivo, un desfogue que obliga a ser parte. 

Maradona —llamado también “la mano de Dios” por el primer gol que anotó a Inglaterra en el estadio Azteca, en los cuartos de final, durante el Campeonato Mundial de Fútbol realizado en México en 1986—, es un tótem mundial, sui géneris, que lo mismo se reúne con Fidel Castro, que es musa para dedicarle una canción, como la de Manu Chao, o la de “Rodrigo”, precisamente titulada La mano de Dios, de la cual me atrevo a reproducir un fragmento:

“En una villa nació, fue deseo de Dios, 

crecer y sobrevivir a la humilde expresión. 

Enfrentar la adversidad 

con afán de ganarse a cada paso la vida. 

En un potrero forjó una zurda inmortal 

con experiencia sedienta ambición de llegar. 

De cebollita soñaba jugar un Mundial 

y consagrarse en Primera, 

tal vez jugando pudiera a su familia ayudar… “

.

Ese es Diego Armando Maradona, también conocido como El Diez o Pelusa, un hombre que, doblegando la adversidad y todo pronóstico de quedarse sumido en la miseria y la desilusión, como tantos millones de jóvenes en Latinoamérica, se encumbró en las ligas mayores, no sólo del fútbol, sino de la fama, el poder y el dinero; que en un momento de su vida lo llevó a cometer locuras, a soterrarlo en el drama existencial y las drogas; pero que al igual que la condición social en la que se desarrolló, pudo superar.

Cuántos maradonas he visto en el barrio en el que crecí, para luego perderse en la niebla del desencanto. Recuerdo a Jaime, el hijo del dueño de la pulquería “Mi casa preferida”, gambetero fabuloso que nada le pedía a Pele o a Maradona; tenía una zurda espectacular y una velocidad que barría oponentes para meter gol a ras de línea. Al Chavarín, quien, al tratar de cabecear el balón en una cascarita, en la cima del peñón viejo, perdió el equilibrio y cayó. El Guerrero o el Álvaro, quienes llegaron a formar parte de las reservas del Guadalajara y el Cruz Azul, o de mi primo el Alacrán, quien alguna vez jugó en las reservas del Toros Neza. Muchachos entonces, quienes eran el deleite futbolero de la barriada, que cuando jugaban detenían toda confrontación entre las bandas rivales, pues preferían un rato de paz y verlos jugar que apalearse.

¿Qué tal jugarían fútbol todos los jóvenes asesinados en estas fechas y durante la guerra contra el narco? ¿Alguno pudo haber llegado a ser un Maradona y darle por fin un poco de gloria al balompié mexicano? Nunca lo vamos a saber, ya que nadie sabe sus nombres o su procedencia, ni siquiera si eran compatriotas, pero voy a imaginar que alguno de ellos algún día soñó con ser un nuevo Maradona. A lo mejor también el muchacho que intentó suicidarse tirándose desde el paso peatonal de una estación del Metro Férreo en la ciudad de México era un buen prospecto a volverse Maradona, no sé. A lo mejor también los llamados despectivamente ninis (ni estudian ni trabajan), los que cometen violencia contra sus compañeros de la escuela (bullying), o los Tapados, quienes laboran de sicarios para el narcotráfico; o el adolescente aquel que fue asesinado de un balazo en la cabeza, por la migra norteamericana, al tratar de cruzar el río Bravo; o los estudiantes acribillados cuando se divertían en una fiesta en el barrio de Salvárcar, en la convulsionada Ciudad Juárez; o los 20 jóvenes asesinados en el bar Sabino Gordo, en pleno centro de Monterrey. ¿Acaso, el hijo del poeta Javier Sicilia, Juan Francisco Sicilia, también deseaba ser otro Maradona?

Esa es la historia de miles de jóvenes que ven truncados sus sueños, ya por las balas del Estado o por la delincuencia organizada, o por las pandillas o porque Dios así lo ha querido. ¿¡Por qué dice esto señor!?, se preguntarán algunos asustados o molestos. Acuérdense que Dios también juega al fútbol, eso lo sabemos porque fue su mano, y no la de Maradona, la que empujó el balón a las redes custodiadas por el portero galo. Y yo me digo ¿acaso Dios no estará también metido en esto? No lo creo, porque yo pienso que Dios, desde hace tiempo, cansado de tanta crueldad y perversión en la Tierra, abordó su nave y abandonó a su suerte a su creación.

Raymundo Colín

Cantautor, Escritor y Promotor Sociocultural. Ha participado en eventos con cantantes de la talla de Oscar Chávez y Amparo Ochoa. Su trabaja discográfico tiene los siguientes títulos: Amor Olvídame (2000), Viejo Lobo de Amar (2003), Como pasa la Vida (2010), entre otros. Entre sus títulos publicados de cuento, poesía y testimonio destacan: Las cuitas de un Ajolote (1995, 1997 y 2005); Poemas para después de co…mer (1998); Luna Ampa (2000); poemario De Pasto y Sal (2000); El Diablo de Parranda (2004); Relatos y Testimonio de la UPREZ-NEZA (2005 Y 20011); Ilumina de azul el alma : antología del IX y X Encuentro Nacional de Poetas del Estado de México : in memoriam Otto-Raúl González (2008); El caracol Lazado y Otros textos (2012); En tierra de coyotes; Antología de narradores de Ciudad Nezahualcóyotl (2014) Los muchachos de mi generación (2017).

El origen

Por Miguel Ruiz

“Existe una salida para los laberintos: la entrada”
-Anónimo

—¡En total son quinientos! ¡quinientos pesos en una semana!

Los gritos alertaron a Daniel, quien no pudo hacer nada antes de que Lucy entrara en su habitación. 

—Puedo dejar pasar cincuenta, cien pesos aún, pero ¿quinientos pesos en una semana? ¿Para qué necesitas tanto dinero?

—¡Yo no te agarre ni madres! —negó rotundamente Daniel.

Lucía, la madrastra de Daniel, no dudó en responderle con una cachetada,por lo soez de su defensa, porque a las madres no se les habla de esa forma, o porque estaba desesperada por encontrar ese dinero.Sin importar la razón, la solución para los problemas, en esa casa, siempre habían sido los golpes.

—¿Sabes qué es lo que más me estresa? —le preguntó Lucía —Por más que lo intento, nomás no puedo confiar en ti, cabrón. Siempre tienes que cagarla…

—Ya deja de chingar al muchacho con tus frustraciones personales. —interrumpió una voz fuerte y burlona  —El Dany te va a pagar de otra forma la lana, flaca. ¿verdad? —se quedó mirando fijamente a Daniel.

—Si, papá —contestó Daniel a José, su padre, con el semblante de impotencia.

 —Está bien, gordo —contestó Lucía, casi por obligación. 

—Me voy a ir Puebla con la Lucy unos tres días y, como no está su hermana, vas a echarle un ojo a su papá, ya ves que como que ya anda chocheando. 

—Pero pá, don Tomás está bien, además yo no agarr…

—Entonces paga el varo que agarraste o te me vas a la verga de esta casa. —dijo José, mientras le agarró la greña al joven de catorce años y se le quedó mirando fijamente a los ojos para intimidarlo.

 —Está bien, —aceptó Daniel bajando la mirada —me quedo con Don Tomás.

Esa misma noche, sentado sobre su cama, Daniel comenzó a mirar las cicatrices y moretones sobre su cuerpo. Durante esa noche calurosa y aburrida, Daniel pintó con un plumón las cicatrices de su antebrazo y contorneó sus moretones. Entrecerraba sus ojos y le parecía que estuviera frente un mapa. 

—Como un mapa de los piratas —dijo en voz alta.

 Mientras recorría sus brazos y sus piernas, el roce revivía los momentos en el que adquirió cada mancha, cada marca. Daniel se paró de su cama, dejó de pensar, apagó la luz y se metió entre las cobijas.

 Al acostarse para dormir, seguía pensando con fascinación sobre su cuerpo y su piel, con todas sus marcas y manchas, como un mapa pirata, como uno de esos mapas que llevan a un tesoro escondido. De pronto, el gesto de alegría se le borró de la cara y cerró sus ojos. No pudo evitar pensar en que sií su cuerpo era el mapa de su vida, entonces no trazaba ni trazaría el camino hacia ningún tesoro.

—El mapa de mi piel sería más bien como un laberinto. —susurró Daniel, derramando una lágrima sobre la almohada, quedándose profundamente dormido.

A la mañana siguiente, ni José ni Lucía estaban en la casa. La tele estaba a todo volumen en el noticiero matutino, y don Tomás se encontraba frente al sillón con el grueso y elegante libro de biología que llevaba leyendo durante toda la semana. La evolución y la cadena evolutiva del ser humano era su tema predilecto. Hace dos meses, don Tomás estaba fascinado con Nietzsche y su genealogía de la moral. Hace un mes fueron los Mayas y su repentina desaparición. 

Don Tomás quedó viudo muy joven y se jubiló muy joven. Nunca mostró tristeza por su esposa, pero Lucia y su hermana menor siempre supieron que perder a su amada le dolió hasta los huesos. Así transcurrió el tiempo para una familia rota: dos niñas con una vida por delante y un obrero ausente en casa, perdido en su jornada y su propio dolor. 

Su hija Julieta, la menor, se casó a los 18 años con un profesor. Casi nunca visita a su padre. Lucia nunca dejó a su padre ni la casa en donde creció. Don Tomás, ya jubilado y sin una hija, encontró tranquilidad en los viejos libros del puesto ambulante de afuera de su casa y en las atenciones de Lucia tan cotidianas , tan poco reconocidas por él mismo. Jamás tomó en cuenta las atenciones de su hija, devota a él, hasta que José y Lucia se enamoraron y José y Daniel se mudaron con ellos.

—Lo peor de estar viejo es que hasta tú creas que cuidas de mì —dijo don Tomás a Daniel, quien se lavaba los brazos pintarrajeados con jabón

—Nomás porque a veces se le cambia el canal, don Tomás.

—Como cualquier persona se le puede ir el avión, pinche Danielito. Por cierto, perdóname por dejar que te chingara tu jefe ayer, no pensé que mi hija se fuera a dar cuenta.

Daniel volteó sorprendido y le aventó la toalla con la que se secaba directo en la cara a don Tomás.

—No mame, don Tomás, ¡su hija la va a agarrar contra mí!

—Tanto pedo por agarrarle un poco del dinero que yo le doy. Además, le agarraba de poquito, el culero de tu papá le ha de dar baje también. —contestó don Tomás tranquilamente. —No contaba con que te quedarías, mano. Me quería ir en avión, pero pues como me tienes que acompañar, yo creo que nos vamos en camión.

—¿A dónde lo voy a acompañar?  —preguntó Daniel, más entusiasta que temeroso.

—A Mérida, donde conocí a la mamá de Lucía. Pero tenemos que irnos en chinga para no perder más tiempo.

No fue necesario decir más para que hicieran maletas y tomaran el metro rumbo a la central camionera.

—Pinche Don Tomás, sí está girito. — dijo Daniel en su cabeza, mientras veía a don Tomás comprar los boletos.

Abordaron el camión.Mientras don Tomás se quedaba inmerso en su libro de biología, Daniel veía una película en la pantalla del camión; les llegó la noche.

El ruido en la autopista no tardó en despertar a Daniel, quien, al abrir los ojos, se encontró con un don Tomás reflexivo, que veía con seriedad su reflejo en la ventana, a punto del llanto.

—Tanto he visto, tan fuerte fui, tanto caminé, tanta gente conocí y todo eso para terminar tan débil, que ni puedo meter las manos por mi hija o hacer algo al respecto con los abusos en mi propia casa. —Le dijo a Daniel, a quién veía por la ventana. —Mi papá era como el tuyo en muchas formas. También creía que con una buena chinga se me quitaría cualquier defecto,aunque las chingas también eran un buen remedio para quitar el estrés del trabajo, desahogarse de las deudas o bajarse la peda. El me crió para ser castigado y castigar, sabrán mis hijas que tan duro fui. Y hasta ahora me doy cuenta de lo grave de mi error.  —pausó don Tomás y después volteo a ver a Daniel.  —He visto lo que hace tu jefe y te pido perdón por no hacer nada por ti o por mi hija. He tenido mucho miedo… ¿Tanta vida para terminar viendo como sufre quién amo? ¿De verdad tanta vida termina con miedo? Si ese cabrón pez no tuvo miedo, entonces yo menos —Don Tomás dejó  de mirar a Daniel y se quedó dormido. Daniel fingió dormir hasta que finalmente pudo quedarse dormido.

Pasadas ya las horas suficientes para irritarse en un autobús, don Tomás y Daniel llegaron a Mérida. Fue cuestión de hacer una llamada y de conseguir un taxi para que llegaran a casa del compadre de don Tomás, Pedro. Don Pedro, hermano de doña Lucía, la difunta esposa de don Tomás, los recibió en su hogar , ya un poco pedo y desorientado.

—Entonces ¿este es el que le enjaretaron a tu hija? —dijo Pedro refiriéndose  a Daniel.

—Es a toda madre el chamaco—respondió don Tomás.

La casa que los acogió aquella noche era bastante amplia. En el cuarto en el que se hospedó Daniel había un enorme espejo. De entre su bolsa sacó el plumón con el que noches antes pintó el mapa de su vida. Lo vivido que le parecía ya una eternidad, le parecía ahora sólo una mínima parte en comparación de lo vivido por don Tomás. A pesar de ello, nuevamente el gesto de felicidad le cambió al de amargura porque se dio cuenta que el gran error de don Tomás fue no aprender de lo que le decía su propio mapa, ni del dolor que él mismo había sentido. De pronto ya no sintió miedo por las amenazas de su padre; sintió miedo porque nunca fueran a acabar los problemas en su hogar. Lo vivido por Daniel era sumamente doloroso y difícil, pero finalmente durmió con satisfacción, decidido hacer algo al respecto. Todos esos malos tratos acababan con él.

Don Tomás despertó a Daniel a eso de las seis de la mañana y emprendieron camino al Puerto Chicxulub. Somnoliento en el carro, se quedó mirando detenidamente que en el asiento de adelante entre sus piernas, don Tomás llevaba lo que parecía ser una urna. 

—Es mi amada esposa, Lucía, en paz descanse —dijo don Tomás mirando a través del retrovisor a Daniel.

Fueron casi 40 minutos de camino. Don Pedro esperó en el carro, tenía el rostro serio y reflexivo. Don Tomás se dirigió directamente a la playa con la urna entre brazos y Daniel lo siguió, pero prefirió darle su espacio.

Antes de llegar al agua, don Tomás se desnudó completamente. Se quitó los lentes, los puso en la arena, tomó la urna y se dirigió caminando tranquilamente a la playa mientras las olas apenas comenzaban a golpear sus pies.

—¡La culpa fue del chingado pez que se salió del agua, ese fue el principal problema de la humanidad, ese fue el origen de mi dolor y de mis penas! —gritaba don Tomás mientras seguía caminando. —¡El hombre siempre estará en disputas por banalidades y siempre va a herir a los demás indiferentemente!! ¡El ser humano solo complica su prop..prdfsfprffhsjk

Don Tomás quedó totalmente sumergido durante uno, dos, cinco, diez, treinta, cincuenta minutos. Seguía pasando el tiempo y seguía sin salir a superficie. Daniel estaba incrédulo ante lo que había presenciado. Luego de pasar algunas horas respirando tranquilamente, soltó una carcajada enorme, y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina.

—Pinche Don Tomás, sí está girito. —dijo Daniel, mirando detenidamente las olas del mar, enjuagando la arena de sus pies.

Miguel Ángel Ruiz Sánchez

22 años

Escritor por necesidad y compromiso.

Hidalguense criado en el Estado de México. Egresado de la licenciatura en Trabajo Social por la Universidad Nacional Autónoma de México. 

DEPARTAMENTO

Por Ingrid De la luz Bastida

El día que anunciaron la existencia de la Peste Diamantina fue el mismo en que Rodrigo me dejó. No me sentía destrozada, ni siquiera me sentí triste. Estaba furiosa —¿Cómo es que el imbécil se me adelantó? — Nuestra relación había terminado un año atrás cuando decidimos mudarnos a este horrible departamento.

Digo que lo “decidimos” por puro orgullo porque en realidad lo decidió él.  Durante los meses previos a la mudanza yo le insistí fervientemente en que abandonáramos esta ciudad embustera. Estaba harta de la mafia de la especulación inmobiliaria, de las largas horas perdidas en el transporte público, de los lugares atiborrados de gente idiota que se siente superior por tomar mezcal a precios altísimos. Mi mirada se pintaba de blanco cada vez que Rodrigo recurría a sus argumentos pseudo intelectuales: “es una ciudad cargada de historia”,” aquí hay cultura en todas partes”, “¿en qué otro lugar vas a encontrar una cineteca?”. La disputa terminó casi en un soborno. Me hicieron quedar su lengua labiosa, su sexo erecto y la imposibilidad financiera de mudarme sola.

Comenzamos a engañarnos apenas un mes después de vivir juntos. No me refiero a las incontables veces en que ambos mantuvimos relaciones eróticas con otros hombres y mujeres. Lo insoportable eran las sonrisas incómodas que nos regalábamos cada mañana después del desayuno. Ninguno de los dos era feliz. Nada había resultado como lo imaginábamos. Yo odiaba la suciedad que lo acompañaba a todas partes y que dejaba huella en cada rincón de la casa. Él odiaba mi mal humor de las tardes, mi mirada triste y los pelos dorados que tiraba Flavio mi gato. 

Cuando terminó conmigo tuvo el cinismo de “cederme el departamento”. Él se mudaría con “Santi”, un hombre que era casi un niño y del que juraba estar profundamente enamorado. Recuerdo el sonido de la carcajada que solté al escuchar su historia, recuerdo también la mirada de odio que me dirigió antes de cerrar la puerta. El cabrón me dejó con la deuda de un departamento en el que jamás quise vivir. Admito que, aunque me jodió, los días siguientes a su ausencia fueron los más felices que pasé en este lugar. 

Para entonces el gobierno ya había decretado estado de emergencia ante la expansión masiva de la peste. Pese a lo horrible de la situación, a mí me parecía gracioso ver a tantas personas serias hablando de manera tan formal sobre una enfermedad con un nombre así de simpático. Éste se le había ocurrido a un médico después de constatar el efecto luminoso que el virus dejaba en la piel de sus víctimas mortales. Durante varios días fantaseé con la enfermedad, con una muerte luminosa, con la extinción de mis deudas y la culpa que tal vez sentiría Rodrigo por haberme dejado morir sola con los gastos del departamento. Luego comenzaron a reportarse los dolorosos síntomas de la enfermedad y el idilio romántico de una muerte repentina se esfumó de mi mente. 

Decidí no pagar la próxima mensualidad del departamento. Los del crédito tenían el número de Rodrigo y me parecía justo que lo molestaran a él mientras yo acomodaba mis gastos. Habían pasado apenas dos días después de la fecha límite de pago, cuando en mi celular se amontonaron veinte mensajes furiosos. Mi querida ex pareja me acusaba de irresponsable, vividora, amargada, resentida, lo peor que le pudo pasar.  Exigía, y me lo imaginé gritando, que por una vez en mi vida fuera responsable, que dejara de hacerme la niña y afrontara la realidad.

Desearía que sus palabras no me hubiesen afectado ni un poco, desearía poder regresar el tiempo e ignorarlo, desearía haberlo dejado enviar y enviar mensajes de odio, pero la cólera se apoderó de mí. Sentí que había mancillado mi orgullo, que me escupía a través de cada mensaje y me restregaba la incapacidad de vivir sin él. Inundada de rabia tomé mi tarjeta de débito y realicé la transacción del pago con todo y el monto de los intereses generados meses atrás. 

Con el dinero que sobró apenas pude pagar la luz y el internet, esos recursos indispensables para poder trabajar y seguir generando ingresos. Para la comida del mes me quedaron míseros 150 pesos que dividí en comprar frijoles, lentejas y croquetas. Una ráfaga de optimismo se apoderó de mí. De verdad pensé que lograría llegar al mes siguiente con mi dignidad a flote. Fui la más grande de las ilusas. 

La dieta del pobre Flavio también se vio afectada por nuestras restricciones. Además de reducir la cantidad de croquetas que le daba diariamente, dejé de comprarle premios o consentir sus antojos. Me daba una lástima enorme verlo tirado junto a la cocina esperando ansioso la llegada de tiempos mejores. Mi Flavio que siempre había presumido un pelo dorado y radiante como el sol, ahora se veía pardo y sin muchos ánimos. La tristeza se me convertía en rabia contra Rodrigo y un poco también contra mí misma.

La situación empeoró a mitad de mes. El gas se terminó repentinamente, por supuesto me sentí una idiota ¿cómo me olvidé de algo tan fundamental? Debí haber llamado a alguno de mis amigos o a mis padres para pedir prestado, pero todos sabían lo que había pasado con Rodrigo.  No quería ser la pobrecita a la que dejaron y no le alcanza ni para el gas. Racioné aún más los frijoles que ya había cocinado y puse a germinar un puño de lentejas. A la semana siguiente de ejecutar este plan empecé a padecer de estreñimiento. La comida casi se agotaba así que me pareció buena idea comer un día sí y un día no para librar mi condición lastimera.  

Faltaban tres días para el fin de mes. Flavio y yo apenas podíamos levantarnos de la cama. El hambre es una sensación terrible, el estómago vacío desprende ciertos olores que el olfato humano apenas puede soportar. Terminé mi trabajo tan pronto como pude y me senté en el piso a llorar mi miseria. Flavio se acomodó entre mis piernas y me regaló un ronroneo débil. 

De pronto recordé que hace meses había comprado un Anís del mico con la única intención de ponerlo en el bar para hacer quedar mal a Rodrigo. Con sus amigos presumía tener un gusto exquisito para las bebidas alcohólicas y eso me sacaba de quicio. Estaba segura que la botella seguía en el departamento, probablemente Rodrigo la abandonó con el mismo resentimiento con el que me dejó a mí. La encontré arrumbada en el mueble de la despensa, a traguitos me fui tomando toda la botella hasta que se hizo de noche y caí desmayada por la ebriedad.

Me desperté casi a medio día con un dolor de cabeza indescriptible. El piso sobre el que me había quedado dormida estaba húmedo y la boca me sabía a sangre. Cuando me vi las manos descubrí un marrón rojizo impregnado en ellas. Traté de racionalizar la situación. Seguramente, había menstruado mientras estaba dormida y sin querer había manchado mis manos y el piso. Toqué mi pubis para comprobar la teoría, pero sólo encontré vellos largos y secos. Cuando levanté la mirada vi a Flavio en el piso con los órganos de fuera y atado a los palos de una silla rota.  —¿Qué mierda pasó? — pregunté a la nada cuando conseguí levantarme. Las lágrimas brotaban de mis ojos y el corazón me latía tan rápido que sentí que podía dejar de respirar. 

 Corrí por una sábana para tapar a Flavio, ver sus ojos sin brillo me producía un dolor insoportable. Cuando entré a mi recámara encontré el celular en el piso. Desbloqueé el teléfono tímidamente, esperando encontrar alguna pista de lo que había sucedido. Lo que descubrí fue terriblemente revelador. Apenas prendí la pantalla, se desplegó la interfaz de mi correo electrónico. Le había escrito un mensaje a Rodrigo, qué estúpida pero afortunadamente me había enviado a mí misma. Entre frases mal formuladas y palabras sin sentido, podían leerse cosas como “te odio, eres una mierda”, “ojalá te enfermes con la peste esa”, “por tu culpa me comí a mi gato”. Regresé a la cocina a contemplar mi crimen, toda la ira que acumulé contra Rodrigo no se acercó a la ira que sentí contra mí misma. Cómo explicar que como el Saturno de Goya me devoré a Flavio que era como mi hijo. 

Tres semanas después recibí una llamada del banco. Al parecer Rodrigo había muerto víctima de la Peste Diamantina y yo era la única beneficiaria de su seguro de vida. No puedo negar que me dio gusto saberlo. El dinero fue algo reconfortante. Con lo que me dieron terminé de pagar el departamento y me quedé viviendo aquí como un castigo autoimpuesto por haberle arrancado las tripas a mi pobre Flavio. 

Ingrid De la luz Bastida

Estudié la licenciatura en Historia. Desde hace un par de años dibujo y escribo en mis tiempos libres.

Cómo matar a una criatura mitológica

 Es fácil comprender que los 

problemas de tres pequeños seres

no cuentan nada en este loco mundo.

Casablanca, 1942

Para Diana

Por Lupe del Mar

Fue despertando poco a poco, como cuando lo haces naturalmente de un sueño tranquilo: primero con sonidos vagos, luego con manchones de luz y finalmente las sombras tomaron nitidez. Abrió los ojos y volvió a cerrarlos en ese momento perfecto en el cual no sabes nada, ni de ti ni del mundo.

La noticia de su hallazgo recorrió rápido el globo, pasando de ser una especie de broma a convertirse en trending topic con el hashtag #DeNuevoAlaVida, lo cual fue ―por un tiempo― la sensación en las redes. Por supuesto que muchos dudaron de su veracidad porque ¿en qué realidad una criatura mitológica sobreviviría miles de años en perfecto estado? Y, sobre todo, ¿en qué realidad existiría un ser como él? 

Al principio no lo creyeron posible. Incrédulos, supusieron ―como es obvio― que era víctima de algún inhumano experimento y, mientras Estados Unidos culpaba a Rusia y Rusia a Japón, quienes lo hallaron (luego de la sorpresa inicial) decidieron a llevarlo al hospital, aunque en la confusión mencionaron una clínica veterinaria.

Ni uno ni otro. Sí se quedó en un hospital, pero atendido por una prestigiosa doctora especializada en fauna salvaje. Una mujer de unos 43 años quien movió todas sus investigaciones a aquel lugar para no apartarse ni un segundo de su paciente. Médicos, genetistas, neurólogos, historiadores, antropólogos y un experto en literatura antigua fungieron como enfermeros y se dedicaron, cada uno, a brindar todo tipo de conocimiento, entre útil y no, para averiguar qué era… ¿Tal vez era un quién? Los estudios realizados no llegaron a ninguna conclusión, por lo cual pudieron darse el lujo de crear sus propias teorías, expectantes al momento cuando recuperara la conciencia y diera su propia declaración, si es que acaso de su boca-hocico podía salir algún sonido coherente. 

La veterinaria, por su parte, frustrada del camino sin salida en donde se encontraba, buscó entre sus conocidos a algún experto ―desde biólogos especialistas en evolución, hasta uno que otro científico loco cuyos estudios se basaban en mezclar genes para hacer un perro mitad pez―, sin encontrar respuesta o una verdadera razón de tan peculiar espécimen y de su supervivencia.

El monstruo, ser, o ente, como decidieron llamarlo (algún gracioso sugirió Carlos, pero lo descartaron), abría los ojos de vez en cuando para caer dormido al poco tiempo. Al hacerlo, enfocaba con la mirada triste de bestia herida a la veterinaria, quien le recordaba el seno materno que disfrutó poco, pues no bien nació, fue llevado lejos y sólo le quedó en la frente un beso mezcla de tristeza y alivio.

Sus sueños, si se nos perdona fisgonear en ellos, estaban llenos de miedos entretejidos con claustrofobia: se sentía atrapado independientemente de las paredes que lo rodearan, porque el cuerpo que tenía le quedaba grande y nunca lo había sentido por completo suyo. Pese a que el mundo onírico se mostraba horrible, sin duda era mejor que la realidad, donde (para colmo y a la postre) tampoco se sentía bienvenido.

Luego de un tiempo más largo de lo acostumbrado en la modernidad, aunque poco para un evento de esta trascendencia, se fue enfriando la noticia. Muchos prefirieron buscar en sus celulares al gato de cara aplastada que maullaba la novena de Beethoven, e incluso si veces se escurría su nombre en alguna conversación de Twitter, se convirtió más en un ser de culto, un mito, que otra cosa.

Por su puesto que la comunidad científica continuó tratándolo, el mórbido deseo de ser considerado “padre” de una nueva especie hacía que sus miembros se retorcieran de gusto y hasta les permitía imaginar un nombre (mezcla de latín con su apellido) gracias al cual pasarían a la posteridad. En defensa de la especialista, parecía más preocupada por el bienestar físico del ser postrado que por sus orígenes, tal vez en el fondo suponía que cuando despertara él mismo explicaría su llegada al mundo o su razón para continuar en él. 

Los días pasaron y, aunque pocos, había avances en su condición. Dicho espécimen comenzó a despertar cada vez más a menudo. Cuando lo hacía, ajeno a la realidad, fijaba su vista en la experta y volvía a dormir, como si su imaginación se nutriera de su imagen y quizá de su aroma. La doctora, con su débil conocimiento mitológico recién adquirido por pláticas con filósofos perdidos, se preguntaba por la mirada triste de la bestia frente a ella.

Sin embargo, el mundo tiene pequeños detonantes, conocidos también como la fuerza dada a un objeto para cambiar su dirección ―pensaría Newton― y el de ella fue la próxima boda de su exesposo, quien solicitó de la manera más atenta (muy acorde con su estilo) que cuidara de su hijo mientras llevaba a cabo el sagrado ejercicio de la luna de miel. Invitada a la ceremonia y ausente por motivos laborales, su amado hizo gala de los mismos recursos que había utilizado para llevarla al altar hacía años y ella, fiel a su cariño por él (aunque siempre más amorosa con su labor, motivo de su divorcio), aceptó porque en el fondo sólo sentía amor por esos dos hombres.

Así, su hijo de ocho años llegó a su casa y, con esa energía propia de los niños hizo de su rutina un torbellino, al grado de que para la tercera jornada decidió llevarlo con ella, en vista de la poca capacidad de la ayuda que contrató. El infante, sin conciencia de males o idea de lo que su presencia causaría, se dedicó a deambular por el lugar de la mano de su madre, ignorante de la presencia de cualquier ente mitológico quien pudiera despertar.

Me gustaría decir que la bestia murió mientras dormía, sin ver jamás al muchacho, me gustaría explicar que nunca se encontraron y ningún acto llevó al deceso de un inocente más allá de la fatalidad misma; sin embargo, hacerlo sería deshonrar su memoria y tal vez reducir la participación de uno de ellos a un simple observador. Además, no haría el honor merecido a las tragedias griegas de acuerdo con las cuales no es posible escapar del destino.

Ese día ―reclamemos a los dioses por su egoísmo ―su corazón, débil por el infortunio y el olvido, dejó de latir un momento. No quiero adelantarme a los hechos, me limitaré a mencionar que esto no fue la causa de su muerte ya que el monitoreo de rutina le valió para salvar su vida y pronto atrajo toda la atención del hospital.

Apuesto a que la bestia sabía de su muerte o al menos la presentía, como todos los animales. Tal vez ese descanso fue más para preparar a sus captores ante lo inevitable, pues su respiración cansada y sus jadeos no dejaron lugar a dudas que agonizaba.

La doctora volcó todo su esfuerzo en estabilizarlo, llegando al punto de mezclar la medicina animal y humana (como así lo exigía la anatomía del paciente) y, en un supremo acto de valor y estupidez, enzarzó tubo tras tubo en el brazo de la bestia hasta que su corazón latió con calma de nuevo.

La casualidad quiso que todo se conjuntara y los esfuerzos de la especialista, quien estaba en la dura tarea de encontrar un donador, fueran en vano cuando su hijo, cansado de jugar con los 206 huesos del modelo anatómico de la oficina, salió a la máquina expendedora y terminó perdido entre los pasillos.

Luego de un rato, el pequeño se negó a volver a la habitación sin recorrer el sitio donde con obviedad desencajaba. Ocultándose de los doctores y de toda figura de autoridad ―a su edad era cualquiera más alto― llegó sin evitarlo al cuarto del ente, donde la curiosidad le ganó y entró con pasos ligeros, como ninja, según decía su padre. 

La noción de miedo, que tantas veces nos hace sobrevivir, no existe en los más jóvenes, parece ser un hecho aprendido y, sin embargo, es increíblemente útil. El niño, acostumbrado a videojuegos, videos y películas más sorprendentes que la realidad, no tuvo sentimiento alguno de rechazo para el ser en la camilla o los tubos que lo mantenían con vida, por lo cual se acercó con la convicción de que nada podía pasarle. 

El monstruo recostado sintió un aroma familiar y al mismo tiempo distinto; su olfato percibió promesas pasadas y de un futuro nuevo. El sonido de las campanas de sus sueños, que no era más que el pitido del soporte vital, le recordó cuando del pueblo le llevaban 14 jóvenes silenciosos para aliviar su soledad.

Mientras tanto, la doctora buscó en su oficina al niño, tanto para asegurarse de su bienestar como para ir a comer algo juntos. Al no hallarlo, avisó a los guardias de seguridad, informó a jefes de área para estar alerta y comenzó con paso cansado su andar por los corredores, en espera de que apareciera. En una de esas rondas decidió revisar a su paciente favorito, y el único, sólo para asegurarse de que todo estuviera en orden. Lo vio sano y despierto tratando de tocar a su hijo.

Cuando el ser abrió los ojos pensó que seguía atrapado en su enorme jaula confusa, aunque la visión del pequeño resultaba extraña, pues era muy joven para lo que acostumbraban enviarle. Fueron sus iris, castaños como los suyos, los que lo devolvieron a la realidad “¿así es cómo me vería…” se preguntó “…como un niño normal si mi madre no hubiera deseado a un animal más que a mi padre?” y trató de tocarlo un poco para ver lo que nunca sería su piel.

En ese momento fue cuando la doctora apareció y, por primera vez, reaccionó como una madre lo haría. Al ver a su cría en peligro corrió hacia él, lo apartó de esa mano-garra que a lo lejos parecía amenazar más que acariciar y después miró con horror, de nuevo, por primera vez, a la bestia como peligro.

― ¿Mamá? ―pronunció el pequeño sorprendido, porque en el fondo entendía un poco el lenguaje de quien estaba frente a él.

En ese momento, la bestia-hombre abrió la boca por primera vez y pronunció unas últimas palabras que tristemente no significaron nada para la especialista.

―Tuviste otro hijo…

Luego de eso, las máquinas indicaron que su vida había acabado. Pese al esfuerzo de todos en el hospital, no fue posible reanimarlo y se declaró muerto el 27 de mayo de 20** a las 15:26 horas. En su registro se informó que fue una insuficiencia cardiaca y respiratoria mezclada con la falta de cuidados necesarios. En realidad, su corazón se rompió, pero ¿cuál es la diferencia?

Tania Guadalupe Saldivar Mares

Maestra de preparatoria de tiempo completo, escritora freelance por temporadas (cuando hay tiempo) y catadora oficial de tacos en la Ciudad de México, el miedo y la culpa son los catalizadores de sus obras. Le gusta la cerveza oscura, los animales y perder el tiempo con algunas personas; no ha publicado en muchos lugares porque suele postergar el envío de sus textos y cuando se percata ya pasó la fecha límite… o tal vez no es tan buena, es difícil decidirlo.

El Chancla

Por Lydia Salinas García

Doña María lleva quince semanas de encierro, apenas. Su encierro no es total, pues sale a comprar la despensa y los sobrecitos para la bola de pelos que la ataca exigiendo su comida todas las mañanas. Esto no evita que caiga en una discreta locura. Los últimos días ha tenido problemas con su marido, porque al parecer no estaban acostumbrados a pasar tanto tiempo juntos, y en este rato se dio cuenta de que su hija ya había crecido. Aún en la casa su convivencia es mínima. A pesar de que no están en un ambiente familiar tóxico, adjetivo que se usa ocasionalmente para lo que no se adecúa a las expectativas de uno, Doña María tiene solo un pasatiempo que de verdad le llena en estos momentos de soledad: suele espiar a su vecino, El Chancla. 

Su vecino mecánico, conocido coloquialmente como el buen Chancla, es un joven no tan joven que arregla coches afuera de la casa de Doña María. Se lleva bien con su esposo y todas las mañanas le pide que le regale unas cuantas cubetas de agua para seguir chambeando. Doña María alguna vez cuestionó a su marido:

—¿Que no tiene a dónde ir?
—Uno debe seguir trabajando, María —contestó con cierta molestia. Doña María ocasionalmente vive en un mundo rosa. 

La obsesión de Doña María con El Chancla radica precisamente en esta vida rosa: El Chancla trabaja todos los días allá afuera, en medio de una pandemia; tiene un hijo, una esposa y bebe cinco días a la semana como si fuera el fin del mundo. O a lo mejor sí es el fin del mundo, pero sólo El Chancla lo sabe. 

A pesar de que lo observa a diario —de lejos, desde su ventana— y de que conoce su horario a la perfección, Doña María nunca ha hablado con El Chancla. Cuando trabajaba —y dice “cuando trabajaba” con una verdadera nostalgia, pues parece que fue hace décadas—, se limitaba a decirle “buenos días” o “buenas noches” al momento de salir de casa. El Chancla le contestaba lo mismo o sólo le hacía una seña con la cabeza. 

El Chancla no come más que tacos de canasta. Un señor pasa diariamente a mediodía, vendiendo de papa con queso, de chicharrón y de frijol. Trae un bote de salsa habanera y otro de salsa verde. Muy amable, el señor de los tacos siempre pregunta “¿de qué salsa quieres?” y te rellena generosamente una bolsa, hasta dice que puedes hacer enchiladas con eso. Doña María, probablemente desde que inició el encierro, tiene antojo de esos tacos. 

Un día que se asoma por la ventana y ve al señor echando chisme con El Chancla, Doña María se decide a probarlos. Le grita a su hija que tome dinero de su cartera y que baje corriendo. Porque los hijos nacieron para ir por los mandados, claro está. Doña María no recibe respuesta de su hija; se asoma a su cuarto y se da cuenta de que está aplastada en su silla, viendo en la computadora los rostros de otros treinta chamacos. María se horroriza porque ha desperdiciado segundos fundamentales para alcanzar al taquero. 

Doña María corre. Cabe aclarar que tiene unos diez años que no corre en lo absoluto, toma su monedero y baja las escaleras de escalón en escalón. Sus rodillas, ante todo. Cuando está a punto de llegar al zaguán, éste se abre y entra su marido (que ni sabía ella que andaba afuera) con una bolsa de plástico. Claramente trae un plato de unicel cubierto con papel de estraza. María huele la salsa, la grasa, los tacos, y queda maravillada. Le agradece de todo corazón a su esposo, quien le mira extrañado y le contesta:
—Te los disparó El Chancla. 

El gesto de encanto de Doña María se transforma instantáneamente en uno de sorpresa. Antes de que pueda cuestionar cómo es que pudo pasar eso, su marido se le adelanta:

—¿Tú crees que no se da cuenta que pasas todo el día pegada a la ventana?

María se apena un poco. Le da vergüenza que no tenga nada mejor que hacer en estos días aburridos y le da vergüenza que, por eso mismo, un extraño no tan extraño le haya comprado los tacos que lleva días anhelando. Sube las escaleras nuevamente, ya más tranquila, y deja la bolsa en la cocina, como si de verdad quisiera meditar qué hacer. Sin embargo, no tarda nada en abrir la bolsa con desesperación y destapar los tacos. Tampoco tardan en aparecer su marido, que desde que los recibió los estuvo saboreando, y su hija, en pijama todavía y completamente indiferente a lo que había pasado antes. 

A partir de este momento, la amistad entre Doña María y El Chancla evoluciona a través de los días de aislamiento y de una manera bastante accidentada. En otra ocasión, durante uno de los días lluviosos que solo sirvieron para empeorar el ánimo, Doña María está tomando un té mientras observa cómo se inunda la calle. El motivo de su consternación es que ha visto a un pequeño de unos seis años saltar por todos los charcos. La felicidad del niño es indescriptible, pero Doña María, como buena madre, está muy ocupada pensando en el resfriado que tendrá mañana. Peor aún: si ella fuera su madre, automáticamente pensaría que cachó coronavirus de manera inexplicable. 

El chiquillo es hijo de El Chancla, y ha permitido que esté salpicando el agua de los charcos porque ha estado afinando los detalles de un coche que le han encargado. Cuando termina, echa todas sus herramientas apresuradamente en una caja y, por primera vez en el día, frunce el ceño, mirando a su pequeño. Doña María no ha pasado por alto todos esos detalles y, con verdadera inocencia, le comenta a su marido:
—Mira, ya va a regañar a su escuincle. 

El problema está en que Doña María no ha notado que su ventana está abierta. También debe informarse que Doña María no se caracteriza por hablar muy bajito. Por estas obvias razones es que El Chancla escucha claramente los comentarios de Doña María y se ríe, sin siquiera disimularlo ya. Doña María quiere que se la trague la tierra, pero eso no la detiene para exclamar, por último:
—¡Sí me escuchó!

      La amistad se torna tierna cuando, un día, en lugar de que el cielo se esté cayendo, hace un calor infernal, clima que Doña María odia con todo su ser. Desde que inició la contingencia, y como acto probable de supervivencia, una pequeña familia pasa todos los días en un triciclo con tres hieleras, vendiendo “paletitas, paletitas, de a peso, de a peso, de a peso”. Como parte de las costumbres extrañas que María ha adquirido en estos meses de aislamiento, dedica parte de su día a esperar que las paletitas lleguen a su calle. A veces pasan cuando ella está pegada a la ventana, pero en otras ocasiones la toman por sorpresa: viendo la tele, tomando una junta en la computadora que no ha aprendido a usar o, simplemente, haciéndole caras a su hija mientras está en clase, por el puro gusto de molestar. 

Es durante esta última actividad, fundamental para que no caiga en una locura grave, que las paletitas anuncian su llegada. María deja de hacerle gestos a su hija y le hace la seña de “que se moche”. La traducción verbal de esto podría interpretarse como “corre por paletitas”. La hija le señala la pantalla de la computadora, como dando a entender que la clase no le permitiría. Doña María la mira fijamente unos segundos y es entonces que la hija le pide que conteste por ella, en lo que corre por el mandado. La hija sale velozmente de la habitación, pero, al igual que su madre, nunca ha sido muy fanática de correr. 

Una vez afuera, la hija no logra ver el triciclo de paletitas y siente que su vida depende de ello. La voz de su madre suena desde la icónica ventana:

—¡Corre! ¡Ya están más adelante! 

La hija corre un poco más y se pierde en la visión de su madre. No obstante, de manera espontánea, aparece El Chancla, regresando del lugar a donde la hija se dirige. Trae una bolsa de paletitas en cada mano. Se da cuenta de que Doña María, como siempre, está asomada por la ventana y, sin decir ni una palabra, le muestra una de las bolsas: es para ella. Doña María está al borde de las lágrimas, es el detalle más bonito que han hecho por ella en cuarentena, y baja por la bolsita. También ella, sin decir ni una palabra, es que le agradece a El Chancla, quien se retira en cuanto llega la hija sin aliento, diciendo:

—No lo alcancé. 

Un viernes cualquiera, porque después del encierro ni siquiera los días se diferenciaban entre ellos, Doña María y su marido están regresando de la despensa. Van tomados de la manita, sus cubrebocas combinan porque ambos fueron hechos por el marido, y cada quién lleva una bolsa atascada de lo esencial. Los recibe la sorpresa de que El Chancla, en compañía de sus dos chalanes y el vago de la cuadra (ave de mal agüero), están bebiendo hasta la inconsciencia en la esquina de su casa. Están escuchando música en el estéreo de uno de los coches que arreglan y tienen un montón de botellas de licor a sus pies. 

El Chancla no es capaz de reconocer quiénes son las personas llegando. Tiene que forzar sus ojos para darse cuenta de que el marido de Doña María lo está viendo con profundo reproche; ni siquiera su propia esposa lo mira así. 

—Mañana hablamos —suelta el marido sin verlo a los ojos. Lo que más le cala en ese momento a El Chancla es la decepción en la carita de Doña María. 

A la mañana siguiente, solamente el chalán principal aparece y toca fuertemente el zaguán de la casa de Doña María para que su esposo le regale agua, como lo suele hacer El Chancla. Al estar llenando la cubeta, el marido pregunta, entre sed de chisme y auténtica preocupación, dónde está El Chancla. El chalán, con una risa nerviosa, contesta que se puso mal la noche del viernes y que tuvieron que llevarlo al hospital. Había bebido demasiado. El marido sube a contarle a Doña María y se echa el clásico discurso de papá: ocurrió porque estaba en malas compañías, andaba de ocioso, no le pagaron algún trabajo. El marido aprovecha para cerrar con un:

—Pero sale de ésta.

No es hasta la mañana del domingo que tanto Doña María como su esposo reciben noticias. Alguien toca fuertemente el zaguán y, a decir verdad, el esposo se asusta. El Chancla no toca tan desesperadamente la puerta. Baja de inmediato, todavía en pijama, mientras que Doña María se acerca a su preciada ventana, sosteniendo el café. Es en ese momento cuando nota lo que había pasado: el chalán de El Chancla llora desconsoladamente frente a la casa. No había salido de ésa. 

Salen a la luz un sinfín de rumores. Que lo habían atendido mal por la saturación del hospital. Que había estado enfermo desde antes y no se había dado cuenta. Que a lo mejor pescó otro virus a la mera hora. Lo único en que están de acuerdo, tanto los chalanes como la familia de Doña María, es que había sido muy pronto. 

En la casa de enfrente, donde El Chancla solía pasar ratos de ocio, ponen una pequeña carpa con flores y comienza a juntarse la gente: personas que pasaban a diario por ahí y gente que sólo iba a beber de vez en cuando. Doña María observa todo, desde la ventana, claro. No quiere asistir al trágico evento, pero su esposo hace acto de presencia. El marido lo piensa dos veces: en una se prepara para salir y en otra toma su cubrebocas. 

El marido sale y en cuanto cierra el zaguán, la primera persona que lo recibe es, desafortunadamente, la viuda, preguntándole que si a partir de ahora le puede dar agua a ella. Doña María está al pendiente de su marido y la larga conversación que tiene con la señora de El Chancla. A pesar de que no es directamente su pérdida, se siente desolada. Todo empeora cuando, ya entrada la noche, tres cuartas partes de los asistentes de la casa vecina están literalmente hasta las chanclas. María se asoma, una última vez, y ve un brindis con vasos de plástico y hartas lágrimas, seguido de varias rondas de aplausos y un coro:

—¡El Chancla! ¡El Chancla! ¡El Chancla!

Esa noche Doña María no duerme. La recién viuda, el niño saltando en los charcos, los coches sin reparación; todo eso le roba el sueño. Ni siquiera el hecho de que mañana es su gran regreso al trabajo. Debido a que tiene soportar a tanta gente otra vez, uno pensaría que lo que más quiere es dormir. Por la mañana, María se levanta sin ánimos, el cuerpo le pesa, no plancha su blusa y apenas prueba su café. 

Se despide de su marido, que apenas está desayunando, e intenta despedirse de su hija, todavía dormida en su cama. Baja las escaleras con más trabajo que antes, porque ahora sus rodillas le preocupan más que nunca, y abre el zaguán con verdadera angustia. Lo que no se espera es que ahí afuera ya está la señora de El Chancla, terminando los coches que faltan. María siente un dolor en el pecho y, con mucho esfuerzo, dice:

—Buenos días. 

La señora de El Chancla no dice nada, solo contesta haciendo una seña con la cabeza y sigue trabajando. 

Lydia Eizayade Salinas García

Comunicóloga, escritora y amante del cine. Me interesa la producción cinematográfica, el guionismo y la escritura creativa. Tengo experiencia en la realización documental y he participado como guionista, directora y primer asistente de dirección en diversos cortometrajes de ficción.

Este nombre no es mío

Por Guadalupe Jimarez Martínez

En los albores de la Revolución Industrial era común nombrarles a los locos “Frankenstein” por el éxito de la novela gótica de Mary Shelley; sin embargo, la sociedad ha evolucionado de tal forma que es posible saber si tus progenitores carecen de cordura alguna sin involucrar trucos de magia. Si tu nombre hace referencia a alguna animación, un dispositivo electrónico, o si para pronunciarlo es necesario tomar aire dos veces, en efecto, tus padres fueron poseídos por “el espíritu de la originalidad”. 

México, país de bemoles y sostenidos, donde cada habitante nace con un sentido del humor aunado a la tendencia a mofarse hasta de la muerte, ¿por qué no lo harían de la vida? Se burlan de la misma existencia, la retan y se proponen, minutos antes de entrar al Registro Civil, darle un “título” a su vástago que los represente, aunque ello signifique buscarlo en tierras donde el sarcasmo y la seriedad se toman de la mano y fingen amistad. Masiosare, Chenocua, Escroto, Rambo, Princesa, figuran en la gama de apelativos de mexicanos.  

En febrero de 2014 se colocó un cartel en cada Registro Civil del Estado Mexicano. Básicamente en él estaban escritos una serie de “nombres prohibidos”. No obstante, adelantándose al ingenio de los padres, colocaron un manifiesto: En general, no se permiten apelativos que puedan dañar la integridad moral del individuo. También se les pidió a los padres hacer un esfuerzo por lograr un consenso: no más de dos nombres. A pesar de tener más opciones al escoger cómo serás llamado, terminarás aturdido, pues desde tiempos del Mesías, el ser humano tuvo que optar por el bien o el mal. Jamás por el medio bien o medio mal. Hasta en la cultura popular se hace alusión a optar por una u otra situación: “Dos mujeres, un camino”, telenovela mexicana de la década de los noventa, donde el protagonista debe decidirse por una de sus dos conquistas. 

Con todos estos ajustes en pro del bienestar del mexicano, aún hay algunos miles de inconformes con aquello escrito en sus actas de nacimiento. No pueden cambiar a sus padres o abuelos, pero la esperanza los invade cuando saben que lo único posible de modificar es su nombre. En la mayoría de los casos, la burocracia que trae consigo todo el papeleo se vuelve argumento válido para no hacer dicho cambio. Otros, simplemente, no están dispuestos a reeducar a su familia, amigos y conocidos. Se conforman y acompañan con un suspiro al afirmar el “amor” profesado a su apelativo.  

“¿Por qué me dices Angélica, Ignacio? Dime mamá.” 

“Porque tú me dices Ignacio, no me dices hijo.” 

¡Quién lo diría! Hasta con los nombres, los procreadores marcan el “yo soy grande, tú pequeño; yo listo, tú tonto”. Relación de poder que ignoramos, mientras nos llega la edad para sobrevivir. 

Y es una realidad. Los padres no sólo cuidan del pequeño con reglas y advertencias, también lo hacen con el adjetivo personal que le asignan. Se resignan a poder llamarle de esa forma, antes de que Josué termine por ser el duraznito, osito y bombón de alguien.  Valoran los años felices, donde no es necesario que dejen, todavía, el traje de Martín y de Sofía en casa, para responder a mi vida en otra.  

Existen los padres refugiados en los “compuestos”. La mamá, Martha; el papá, Enrique: su hija, Maren. Nombres sin antepasados bíblicos u orígenes romanos. Pareciera que fueran parte de las frases compuestas por un bebé: balbuceos de originalidad. Esto hace inútil la guerra entre padres e hijos denominada adolescencia. Se trata de un conflicto para consolidar una victoria ganada desde el nacimiento por los procreadores. No hay poder más absoluto que el de nombrar.  

México es un país contradictorio. Grita sus ansias por evolucionar y pertenecer al alto mundo; sin embargo, se niega a no perpetuar sus tradiciones. María, Jesús, José, Guadalupe son nombres que aún figuran en las preferencias de los padres, sobre todo en aquellos poseedores de un bagaje religioso. Pero algunos son un tanto remilgosos de estas creencias, designan nombres a sus hijos con tintes extranjeros: Jonathan, Kevin, Bryan para los hombrecitos; Kimberly y Steffany para las mujercitas. 

De acuerdo a un estudio de la Universidad de Nueva York, si tu nombre es fácil de articular, la gente te favorecerá más, pues, cuando somos capaces de procesar una información más sencilla, es fácil la comprensión de esta y tiende a agradarnos. Sin embargo, en tierras donde pinche y wey son pronombres personales,  eso no existe. Llamarse Juana o Jesús no te garantiza un trato digno, a pesar de tratarse de nombres en los cuales no es necesaria demasiada saliva al enunciarlos.  

Los nombres dicen mucho de la moral de las sociedades. Estas son capaces establecer una serie de consignas: No se le debe llamar Blanca a un bebé de tez morena, o a una niña denominarla Marbella cuando es víctima del destino: en ella, el significado de belleza no se define. También existe la demanda de poner un solo nombre a quien posea tres apellidos, pues se prefieren los números pares por cuestiones de presentación. 

En Ratatouille, película animada de Pixar, uno de los personajes principales adjetiva como corriente al platillo, mismo que hace referencia al título del filme. Sin embargo, no se trata de los ingredientes o estructura de esa comida. El meollo radica en el apelativo: Rata-touille. La fama del roedor acecha a ese guiso, y es que las ratas son todo menos criaturas con clase y estilo. Somos jueces en cuestiones de decencia. Insuficiente el esfuerzo de Disney por establecer una imagen positiva de estos mamíferos. Es por ello que todo lo relacionado con ratas y ratones es indigno del lenguaje humano: dicha información habita exiliada con las palabras que la moral nos impide pronunciar. Cohabita con los nombres de aquellos quienes al recordar, se nos hunden los hombros y la dignidad nos parece de Marte.  

Sucede algo similar con Salomé, Selena, Raquel, víctimas del contexto de un país donde las vedettes y las actrices son influencia del mexicano. Consideramos a estos nombres sin clase, sumergidos en el caché que otorga lo “populachoso”, lo jacarandoso. No obstante, en el fondo de nuestros refinados, altaneros y falsos gustos, aún tenemos espacio para bailar al son del chachachá, para enamorarnos de una Deyanira y dar a nuestro retoño el nombre de Yesenia.  “Si no eres lo que quieres ser, ¡pues te conviertes y ya!”. Si el nombre elegido por nuestros santos padres nos desalienta, ¡nos lo cambiamos! Aún nada está dicho, todavía no todo está perdido. Dime Ani, no Ana. No obstante, es una realidad que cambiarnos el apelativo frente a una pantalla es señal de la falta de aceptación hacia nosotros mismos. A diario despertamos con un “este nombre no es mío”. Vivimos por Rosi, respiramos por Lili, no por Rocío y Liliana.   

Justo aquí es cuando las redes sociales toman tal importancia que el individuo las venera: en ellas, puede ser quien quiera ser. Mágico lugar donde ya no es Dolores, es Lola; ya no es Georgina, es Gina. O, en casos más radicales, Nnenitha bellaqa moxa. Aquí, muy pocos son los valientes que se atreverán a decirle Guadalupe en lugar de Lu. Y es así, nos cambian el nombre para guardar el secreto, diría Joan Sebastian, “poeta del pueblo”. Misterio cuyo fin es sigilar la pesadez de levantarse de la cama con un: ay qué pesado, siempre pensado en el pasado, en mi nacimiento, en mi epíteto.  

Aceptamos los diminutivos como una especie de máscara. Nos maquillamos con seudónimos. Amamos la idea, después de todo, hacemos a un lado esa pesada carga llamada identidad. Sin embargo, aún no te llamas Chabe, no eres Mago, y mucho menos Pepe. Los sobrenombres nos vuelven personas duales. Seres de dos cabezas que no comen de un mismo plato y beben de vasos diferentes. 

En el lado oscuro, donde habitan los sobrenombres, existe un fenómeno común: por escapar de la amargura traída por el nombre, deviene la deformación del mismo en vocablos nada gratos al oído de quien los recibe. Somos nombrados a partir de burlas interminables. Qué caso tiene no desear llamarte Luisa si el infausto usurpador es Güicha o con mayor romanticismo: Güichita.  

El nombre te predestina, pues resulta una contradicción llamarse Guadalupe y no ser una mujer con actitudes pro-tradicionales. Nos encasillan desde el nacimiento. A partir del momento en el que te llaman Xóchitl o Samantha; Tonatiuh o Enrique, se formula en la mente de todo el que nos conozca una idea, acertada o errónea, de cómo somos, de nuestros gustos o ambiciones. Hasta es posible que deduzcan nuestro origen a partir de nuestro nombre.  

En la película francesa  El fabuloso destino de Amelie Poulain, se escucha a la portera del edificio donde vive la protagonista aceptar a su desafortunado destino como producto de la historia de su nombre, María Magdalena: “Supongo, estaba destinada a llorar”. Nuestro apelativo nos traza el camino a seguir, a repetir patrones, a imitar a aquellos con los cuales compartimos el nombre, porque,  después de todo, improvisamos cómo vivir, pues no estamos seguros de la forma en la que debemos hacerlo. Necesitamos quien nos guíe. Todo ello es fruto del eterno cliché al cual perpetuamos cuando aceptamos que si una mujer se llama María proviene de una clase económica baja, es madre de familia, peina su cabello de forma trenzada, termina con “s” cada palabra y porta huaraches.  

Tal es la importancia del nombre que Hayao Miyazaki realiza en El viaje de Chihiro una metáfora acertada sobre el poder del apelativo en nuestras vidas: es la única cosa  que te recordará quién eres y sin él, pierdes el control sobre ti. Montaigne afirma: “en una época en la que hacer el mal es tan común, limitarse a hacer algo inútil es casi loable”. Es erróneo concebir a la facultad de nombrar como carente de importancia. No vemos en él una vereda por la cual podremos caminar, sino sólo un símbolo de “individualización”. Esto explica por qué hay crisis de identidad en el mexicano, quien sueña ser parte del sueño norteamericano. 

De esta forma, sin un nombre cuya forma y significado represente al individuo, ¿qué podrá guiarlo?  

SUCESOS

Por Gabriela Ladrón de Guevara de León

Fotografía de Vladyslav.

Fue un día terrible. Después de una agonía de más de tres semanas, María murió asesinada. En realidad no fue la mano de su asesino lo que la mató, sino la mala suerte. Seguramente la hubieran salvado, pero el problema fue que el paramédico que llegó  con la ambulancia estaba en proceso de divorcio y llegó cinco minutos tarde al trabajo. Samuel era bueno en su trabajo, pero al llegar tarde, ocasionó que la ambulancia saliera tarde. Cinco minutos solamente, cinco minutos en los que el cerebro de María colapsó.

Samuel era paramédico desde hace siete años y siempre había sido puntual en su trabajo. Sin embargo, ese día en particular no pudo dormir. Estaba en proceso de divorcio: tres meses antes había descubierto que su esposa Amalia lo engañaba. Ella tenía un amante, un hombre feo, pero que, Samuel tenía que reconocer, era muy interesante, amable y agradable. Además, era simpático y adoraba a su esposa. Ahora que se habían separado, ella se había mudado con él y planeaban casarse muy pronto.

Rubén era el amante de la ex esposa de Samuel. La conoció antes de que ella se casara. Por un breve tiempo trabajaron juntos. Siempre le gustó, pero no tuvo el valor de decírselo. Dejaron de trabajar en la misma oficina y él se mudó a otra ciudad. Ahí conoció a Laura, con la que se casó poco después. El matrimonio no duró y antes de que tuvieran hijos, él decidió divorciarse. El divorcio había sido tormentoso: ella no era mujer de conformarse con migajas y así se lo hizo ver.

Laura era la ex esposa de Rubén. Era una mujer bella y de una conversación fascinante. De primera instancia era muy agradable. Se casó muy joven y a los dos años se divorció. No se arrepentía, su exesposo no resultó tan generoso como había pensado. Para ella, un buen hombre era, ante todo, proveedor de su hogar, lo demás no era tan importante. Pero eso no fue un problema que la detuviera. A los pocos meses de haberse separado, conoció a Ernesto, con quien se casó tiempo después. Ellos tenían una hija llamada Marisela, a la que amaban con locura.

Marisela tenía 9 años. Estudiaba en la escuela primaria cercana a su casa. Era una buena estudiante, aunque se aburría rápidamente en la escuela, pero disimulaba. Su mundo eran sus papás, sus abuelos y sus amigos de la escuela: era una niña protegida y amada. Su consentido era su perro Clyde, un french poodle malhumorado y malcriado que, a pesar de todo, era el más mimado del hogar. A Marisela le encantaba hacer pijamadas y tardes de juegos con su amiga Maru. Disfrutaba mucho salir a pasear con su mamá.

Maru era la mejor amiga de Marisela. Tenía 9 años y estudiaba en la misma escuela que Marisela. Sin embargo, la vida familiar no era tan buena como la de su amiga. En casa era frecuentemente ignorada mientras sus papás discutían y se atacaban mutuamente. La usaban como moneda de cambio en sus agresiones. Estaba mucho más cómoda con su papá, su mamá la atacaba sin cesar, decía que era una inútil, igual a su padre. Solamente estaba contenta con su abuela, Graciela.

Graciela era la abuela de Maru. Maru era su nieta consentida, hija de su hijo Hugo. Se parecía mucho a él. Graciela había sido maestra, pero hacía años que se había jubilado y gozaba plácidamente de su tiempo. Tenía tres hijos, todos varones: Hugo, Alejandro y Daniel. Los tres eran buenos muchachos, según ella. Estaban todos casados y con hijos. El más pequeño, Daniel, se había casado con María, que acababa de morir asesinada.

OS SENHORES DA GUERRA

Por José Luis García Herrera

 É tão pouca a glória duma guerra

                                                                Madredeus

Más allá de las alambradas de espino y madreselva, 
tras las altas murallas de un palacio sombrío, 
alrededor de una sólida mesa de mármol y caoba,
están sentados los oscuros señores de la guerra.
Al otro lado de los anchos muros, tras los fosos,
ejércitos de hombres esperan, impacientes, 
el humo blanco que dicte un veredicto y ruegan
que la paz sea, hora tras hora, día tras día,
la venerable señora que gobierne esta tierra.

Los vientos de la noche traen noticias de muerte
y las hogueras que avivan el filo de la madrugada 
mantienen encendidas las antorchas secretas 
—de piel, de carne, de venas, de sangre—
de aquellos que esperan una señal de victoria.
¿Recogerá un Dios lejano el humo de las plegarias?
¿Será la vida la desazón amarga de una larga espera
en la cuneta de un camino que lleva a ninguna parte?

Sobre grandes paneles de madera repujada
—tableros de ajedrez sin rey que los gobierne—
los señores de la guerra disponen sus peones,
las torres aguerridas, los alfiles de bronce
y los caballos de mar sin alas ni horizonte.
Entre tanto movimiento sobre líneas negras
quizá ninguno de ellos jamás se pregunte
qué lugar ocuparán los niños y las mujeres
cuando lloren sobre tanta sombra muerta.

Con terrible sangre fría los señores juegan 
con millones de vidas, con hombres y nombres 
que siempre esperan —alrededor de las brasas,
consumiendo el carbón de los años y los sueños—
himnos de paz que alejen los lobos del miedo;
canciones de taberna y bailes de fiesta
que bendigan los frutos de las nuevas cosechas. 
Sin embargo, largos años grises se avecinan 
alrededor de la torre más alta y renegrida.

Los señores de la guerra, enfrentados,
avanzan y retroceden sobre la región del odio,
enfrascados en hallar el punto débil del rival,
obligándole a tragarse los hierros del orgullo, 
a claudicar sobre el aire quemado de poniente
que mueve tanto dolor, tanto llanto, tanto sin sentido...

¿Llegará el día donde nadie recuerde los desastres
de la guerras cruentas? ¿donde nadie tiemble
al recordar las terribles, las brutales heridas 
de los soldados abatidos como guiñoles de trapo, 
las ciudades humeantes como pavesas de una hoguera, 
los niños deambulando como ángeles de barro 
entre las ruinas desoladas de su infancia negra?

Si llegara aquel día y estamos presentes,
en medio de la plaza, bajo la brújula del sol,
os pido que seamos una única voz, un solo corazón
con las palmas de las manos levantadas al cielo; 
como héroes de una leyenda forjada con la sangre
que celebra el vuelo audaz de un tiempo imposible. 

Los señores de la guerra, los dioses de la pólvora,
los ciegos maestros frente al tapiz del crepúsculo, 
juegan con el destino sagrado de esta esfera azul 
(siete partes de agua sin yugos ni cadenas)
suspendida en el espacio, en una elipse eterna
sobre la historia roja de los tiempos de los tiempos.

Ajenos a los murmullos que palpitan extramuros
ellos continúan entablando leyes para crudas batallas,
sembrando de cruces rojas las tierras del olvido,
apuntando con lágrimas de hielo en la pizarra negra  
las bajas causadas al enemigo, evitando
corregir los errores al apuntar las bajas propias.

Quizá sean así las leyes de los hombres, quizá
no puedan interpretarse de otra manera, tal vez
la historia se repite y sea siempre la misma;
y solamente cambien las ciudades y sus gentes.
Quizá la guerra y la paz sean ciclos necesarios
como la crin de la noche y el abanico del día, 
como la lanza del sol y el remanso de la luna.
Quizá la propia tierra nos impone un alto precio 
para vivir sobre ella,
para gritar sobre ella,
para llorar sobre ella,
para morir sobre ella, 
defendiendo el camino que nos conduce, de regreso, 
al pozo inmenso del vacío, de la nada.

Pero los hombres que levantaron sus tiendas
alrededor de las anchas murallas
esperan sentados a las puertas y confían, 
con la mirada perdida entre la bruma del horizonte,
que al despuntar el alba, al rayar el nuevo día,
la paz sea el verso que proclaman los poetas.

Y llegará esa jornada que no está escrito en el agua,
ese día que madura su belleza en el tonel del corazón,
que cierra la herida abierta por los puñales del odio.
A lo lejos se escuchará el estruendo de los tambores,
el eco de nuevas voces y cantos de esperanza
que sonarán en nuestros oídos a himnos de victoria:
a triunfo de una guerra, al fin, ganada por todos.

Más allá de las alambradas de espino y madreselva               
habrá un niño en el patio delantero de la casa
jugando a ser mayor tras las piedras del muro
y una mujer destejiendo las redes del olvido
—espigas azabaches bailando con el viento—
que correrá descalza sobre las cenizas de la pena 
para abrazarse al soldado que regresa
a levantar un reino con el sudor de su frente,
a construir con la fuerza y el tesón de sus manos
la casa pequeña donde duermen los sueños más grandes.

José Luis García Herrera

Nacido en Barcelona, España, en 1964. Poeta, narrador y crítico literario. Miembro del grupo cultural Versikalia. Fundador de los premios literarios “Ciutat de Sant Andreu de la Barca”. Ha publicado 24 libros de poesía.