LA SOLEDAD DE LA SELVA

Por Arquimedes Alonso Ameijeiras

Un vehículo militar parecido a un tanque, pero con neumáticos, avanza despacio en esta noche insondable, huyendo de la muerte, lentamente. La oscuridad semeja la boca negra de una cueva. El cielo y la tierra han desaparecido por completo,  hasta nuestras manos mismas. El silencio es total. Somos diecisiete hombres aquí abajo y un orate sentado allá afuera donde los arbustos chocan con su escuálida espalda. Un ruso sale a guiarlo para que no choque tanto con los arbustos más grandes. Luego, desciende.

Ni el motor del carro de guerra se oye. Estamos escapando del escenario de lucha después de 18 horas de hostigamiento. De un intenso y demoledor, para el espíritu, de los bombardeos impíos. Hastaver aparecer en fila india, la inmensa hilera de los negros carros blindados que hacen su aparición por un sendero abrupto de la selva. Estamos siendo copados en nuestras posiciones. Y todavía no se ordena la retirada. 

Un grupo observa estupefacto y otro con espanto, la proximidad del avance inevitable, fatal, de muerte. Varios extraen sus cantimploras y beben el agua casi tibia.  ¡Están ahí! Con un RPG 7, se les puede detener. Pero, los magníficos proyectiles y el arma, fueron lanzados al río Cuito. Así, no se puede. 

De pronto sucede un milagro.  Algunos carros vuelan hacia el cielo. Dos, tres. Cien metros hacia arriba, envueltos en un círculo de fuego rojo y amarrillo. La vanguardia disminuye su velocidad. Y, sorpresivamente, toma rumbo izquierdo.  Hacia la BIL-59 donde hará un vil destrozo e impondrá un precipitado retroceso a sus integrantes. 

Lo peor de la guerra es el silencio. Al ruido de los aviones te acostumbras, para adivinar donde están bombardeando. A la artillería para conocer sus intenciones. Y esperas desde bien temprano, pues están al sonar. Al silencio, no. Y, no es que el ruido no espante y aterre, es que a todo se acostumbra uno. Se puede soportar un amor difícil durante años. Está probado. Las separaciones son dolorosas. Parece que tenemos que llevar una cruz.

Nuestro carro blindado sale a la chana. Y el cielo se ha puesto rojo. No total, pues, aquí y allá, vetas gigantes se dibujan aún.  Un blanco marmoleo sirve de fondo.

De todos los arbustos salen los hombres de la BIL- 21. Persiguen a nuestro carro, pero no pueden montar. De pronto se detiene. Un ruso trae una tanqueta con agua. Abre la rejilla del motor, destapa el radiador y lanza el agua. A los pocos segundos ruge, exhala un humo negro y sale en marcha. Ha soportado más de 15 kilómetros en marcha lenta y eso le ha afectado. Son buenas.  

Marchamos a buena velocidad. La selva rápidamente se aleja. Hemos llegado y con nosotros la rabiosa aviación sululú que nos quiere dar caza y muerte. A correr a los refugios. Hemos salvado el pellejo, mas estaremos siempre heridos en muchas partes del cuerpo por las huellas de la guerra. Las incomprensiones. Los dolorosos olvidos. Las injusticias con muchos.

En fin… lo que todos sabemos.

El Cerro, 17 diciembre, 2019

Mujer Árbol

Por Berenice Delgado Benitez

Aquel nogal está escurriendo, igualito que yo.

La madrugada que Rocío nació, había una luna grande; mi hermana empezó a pegar de alaridos como desde las dos de la mañana, pelaba unos ojos de terror como si el mismo diablo estuviera frente a ella, le di un pañuelo para que mordiera. no estaban mis padres, se habían ido a reconocer el cuerpo del esposo de mi hermana, nos habían avisado que dizque un camión lo había atropellado; a cada rato andaba cayéndose de borracho a la orilla de la carretera.

 De tanto querer pensar y no tener cabeza para hacerlo, le dije:

—Vamos a la lomita que te gusta, a que te sientes junto al nogal.— No me contestó, pero se puso de pie, nos fuimos caminando despacito, entre paso y paso pegaba unos gritos que espantaron a los coyotes. Nos tumbamos en la loma, le recordé cómo respirar, con el rebozo intenté acomodarle el chiquillo para que saliera bien.

—Mira, la luna hoy parece la cara de un gato montés, te está sonriendo— Le besé la frente salada, apreté sus manos embarradas de resina de nogal y de aquel surco misterioso se asomó una cabecita, después un cuerpo frágil y una cascada color grana cochinilla pintó el cerro.

—No me gusta ir al pueblo porque mi mamá me jala las greñas cuando me peina, si me muevo me pega recio con el cepillo, me gusta más estar con mi tía Laura porque le doy de comer a las vaquitas. La mía es una que se llama la Coneja, creció bien rápido, tampoco tiene papá, como yo. Al mío lo atropellaron hace mucho, yo ni lo conocí, pero mi prima Martita dice que estaba bien feo, que parecía un chango, entonces yo le dije que su lunar en la cara parece una cucaracha y las dos lloramos. Ella por su cucaracha y yo por mi papá.

—Josefa, a Rocío ya le están creciendo las chichis, no tarda en empezar a sangrar y luego luego la van a oler los hombres pa´ querérsela robar, ya sabes que son como perros que nomás  andan cazando  y luego ella sin padre, menos respeto le van a tener. pues sí, tiene a su abuelo, pero ya casi ni caminar puede, no impone respeto como antes, ya es momento de irle advirtiendo de los peligros del mundo, ¿no crees?

—Mi tía Laura me regaló este bule desde que tengo cinco años, para que me enseñara a nadar, todavía me lo traigo para jugar cuando me baño. Hoy llegó Martita, le dije que si jugábamos a las sirenas, las dos traíamos fondo.

—A que no te lo quitas.

—Tienes chichis de gata.

—Las tuyas parecen limones prietos.

Duramos un rato riéndonos hasta que nos dolió la panza, en eso escuchamos un chiflido y una lucecita me encandiló  los ojos, en el cerro de enfrente había tres muchachos que nos estaban viendo. Uno de ellos traía un espejo en la mano, nos saludaban, yo me asusté y rápido que me subo el fondo, Martita en cambio les contestó el saludo.

—Pinche loca, llegando le voy a decir a mi mamá y a mi tía, córrele vámonos, esos viejos son el chupacabras.

 —No seas tan pinche mustia Chío, ¿apoco no se te antoja el beso de chupacabras?

 —Ya cállate.

 —¿Oye sí cierto que te puedes embarazar con un beso?

Cuando llegamos a la casa, yo casi ni quise cenar, sabe qué tanto andaba pensando.

La mañana que salí a darle de comer a la Coneja, estaba un ensombrerado detrás de la cerca, con un dedo en los labios me hizo la seña de que me callara, era de los mismos que nos habían visto de lejos cuando yo y Marta nos encueramos, del susto se me soltó el mandil con todo y alfalfa. —¿Qué quieres?—Me estiró la mano y me entregó una carta que más tarde leí en la lomita carmesí. Decía que desde hacía dos semanas él andaba sin ojos, que se habían quedado prendiditos de mí y que si yo quería ser su novia.

Nos besamos la siguiente vez que nos vimos, después del primer beso largo se me entumió el cuerpo. La lomita es mi lugar favorito para pensar en las cosas que no se deben pensar, también para llorar.ice mi mamá que yo acá nací y que por eso la tierra de este cerrito es roja. El árbol que está aquí tiene un huequito del que escurre resina transparente con destellos dorados. Cuando extraño mucho a Juan me pongo detrás del árbol, abro las piernas, yo también tengo un hueco, que froto con dos dedos y pienso en los besos, luego se me escurre una resina que me llega hasta los muslos, cierro los ojos y al final, me retuerzo como los renacuajos que hay en el río.

—Anda muy rara, vigílala más de cerquita, no vaya a ser el diablo, pero esas caderas tan gordas no creas que nomás son de comer frijoles.

Hace tres días que no viene Juan, ya casi ni me acuerdo de qué color tiene los ojos, me acuesto con su nombre en la boca y amanezco añorando algo, que ya ni recuerdo que es, me prometió que nos íbamos a casar el mes que viene.

—¿Cómo ves?, que la familia Sánchez está de luto, pues que les atropellaron al hijo mayor, que tenían un muchachito de veinte años, estaba re guapillo, güerito y alto, pobres padres, vamos ofreciendo un rosario por ellos Josefa.

De esa plática que escuché de lejos quise creer la mitad, porque si de las verdades uno se cree la mitad, me quedaba esperanza en la duda. Marta llegó abrazándome y llorando, ya no me quedó nada.

—Cuando murieron los padres de la tía Laura, Chío se hizo cargo de ella, eran buenas compañeras, a veces hasta cantaban a dúo como las jilguerillas […]No te  pasees por mi casa, ni creas que soy tu queri-da, yo no hago ronda con ga-chos por que me amar-gan la vi-da[…], los ranchos aledaños se quedaban pelones y no les quedó de otra más que acercarse al pueblo para vender algo que les diera de comer, “cajeta y zarzamoras”,  Rocío salía a venderlas, pobrecita, trabajaba mucho; luego le dio por salirse en las noches que dizque de mesera, la gente empezó a hablar que andaba en malos pasos en ese lugar de mala muerte, “La copa”, además de esas mañas, también le dio por las drogas.

—Hace mucho que no me paseo en el campo, ni ganas de mirar a los árboles, ni ganas de cerrar los ojos cuando beso. Es más, en este trabajo una nomás se tumba en la cama, se baja los calzones y ni besos das, que envidia me dan los árboles, se la pasan chorreando y a mí el deseo se me acabó con la partida de Juan.

Mi comadre me trajo hoy el periódico porque Rocío no ha llegado desde hace cuatro días; leo en la primera plana: “Mujer atropellada en la carretera es estudiada por científicos debido a su extraña condición, no sangra, de ella sólo brota resina.”

 Berenice Delgado Benitez

Originaria de  Autlán de Navarro Jalisco nació un  11 de Febrero de 1992, actualmente vive en Guadalajara, pero su corazón es de la región Caxcana, Zacatecas, por  que buena parte de su  infancia la vivió allá.  

Estudió la Licenciatura en Educación Preescolar; escribe desde niña porque admira la belleza que existe en las simples cosas, esas que sólo toman forma evaporándose entre las letras.

 En el 2017 ingresó a SOGEM (Sociedad General de Escritores Mexicanos), ahí  cursó talleres donde experimentó diferentes técnicas y estilos narrativos ,se tomaron  varios de sus cuentos y mini ficciones para   CALEIDOSCOPIO   ediciones: 2017 y 2019. Le han publicado cuentos en periódicos como: La Crónica de Hoy Jalisco y en NVI Noticias de Oaxaca, así como ha participado en la antología digital: “Páginas libres” de Potosí Bolivia, edición abril 2020. Ganó el concurso internacional “Montañas en 100 palabras”  2020 que busca transmitir el amor a hacer cumbre por medio de las letras

En Octubre del 2020 publicó su primer libro “Toda la vida que nos falta”, con la editorial Proyección Literaria; un libro de cuentos que cocinó a fuego lento durante más de tres años, con el que busca darle voz a todas las mujeres que se atreven a vivir bajo sus propias leyes.

Constelación del Metate*

Por Balam Pineda Puente

En vez del cazador enaltecido,

que tres varas nos coronen los amores,

pues con dogma aullamos los clamores

por la Nueva del incendio renacido.

En la Vieja te frotabas, creído

y en poco calculabas los dolores,

por tu falo atizados, sinsabores,

y con separación tu trono, ungido. 

Mas ahora el ego habremos liado

Con las sogas de tu piel, descarnada,

y en el metate tu cráneo, majado:

¡Así lo habló el trío estrellado!

¡La danza le imitó, desatada!

¡y el canto la escoltó, extasiado! 

*La constelación del Metate es la que en Occidente se conoce como “constelación de Orión”, cuyo cinturón los mexicas llamaban Mamalhuaztli, que hacía referencia a las varas con las que se prendía el Fuego Nuevo. 

Balam Pineda Puente

(Cuernavaca, 1983). Tallerista, organizador, traductor y varón disidente. Ha impartido talleres y, cursos y charlas sobre masculinidades, antirracismo y artes audiovisuales para instituciones públicas y de nivel superior, como son el Instituto de la Mujer para el Estado de Morelos, la Universidad Autónoma de Sinaloa y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México. Colaboró en octubre 2020 en la antología audiovisual “La Ternura de lo Bichi” para la Galería de Arte Antonio López Sáenz, en Culiacán, Sinaloa, con el video “La pieza que postró al penco”. Ha contribuido en un par de ocasiones con textos de crónica periodística para el portal www.sub-versiones.org

TRES POEMAS DE VICTOR HUGO GUAJARDO OLIVARES

LIBERTAD

Caminando frente al mar

la encontré deambulando sobre el horizonte.

Sus manos llenas de sol

penetraban el alma.

Su voz fresca como la brisa

llenaban los cuartos vacíos de mi ser.

Ella me abrazó

y juntos navegamos por los siete mares

alcanzando cielos infinitos,

sembrando esperanza

Ella pronunciaba mi nombre

con dulce utopía.

Mis labios mudos quedaron

al saber que su nombre

era: Libertad.

PODER

Los cerdos tienen hambre de poder

son capaces por vender a su madre

por conseguirlo

Las vacas están

sentadas en el parlamento

elaborando leyes

que solo a ellos les benefician

Los perros salen a las calles

con máscaras antigases

y carros de disuasión masivas

para masacrar al rebaño

Mientras

nosotros las ovejas

ya no tenemos

pasto verde que fumar

ni agua en la rivera que beber.

BARRICADAS

Hoy el país está descontento

aburridos de mentiras

agotados de colores sin esperanzas

El tiempo retrocede

con sus secretos

entre verdugos

Yo estuve en la calle del miedo

alzando la voz

marchando

dibujando sonrisas

en el desierto de los muertos

No tengo miedo

de las miradas ocultas

Salgo a la calle en busca

de libertad para que el mañana

cante con una sola voz.

SIN RECOMPENSA

Por Adrián CG. (Cuba)

Hay que amar, a pesar de la metralla,

a los perpetradores de la guerra 

y al asesino incólume que entierra

un cadáver después de la batalla. 

Hay que amar al que ve lo injusto y calla,

y al muerto que resiste bajo tierra;

y al hombre despreciable que destierra

sus sueños más allá de la muralla. 

Hay que amar la afrentosa pesadilla

de tener que poner la otra mejilla

tras la consumación de alguna ofensa. 

Hay que inmolarse en el altar pagano

de un dios semidivino y semihumano 

sin esperar ninguna recompensa. 

Adrián Calderín Gutiérrez

Cuba, 1987. Reside actualmente en Quito, Ecuador. 

Amante de las formas clásicas de la poesía y de las obras maestras de la literatura. Licenciado en Lenguas Extranjeras. Traductor, intérprete, profesor de lenguas extranjeras. Sus poemas constan en más de 30 antologías en España y Argentina, así como en varias revistas literarias de México y Argentina. Autor del poemario Breve manual para enamorar a una flaca bajo el pseudónimo Adrián CG.

TRES POEMAS DE CARMEN ALVAREZ CUCHO

Los laberintos del crepúsculo

Los susurros de la piedra
seducen el delirio de la orquídea
en tanto, el agua se alegra
de su próximo parto
atestiguado por el sol y la luna.
Las alas de las estrellas
vuelan en silencio
por lo bajo y lo alto
de aquella dimensión perdida.
La ira reprimida de la sirena
el llanto fatuo del fauno
el perfume estremecedor de las hojas
se alimentan del velo inesperado
de la muerte doncella
y su otra vida andariega.
En lo invisible de estas sensibilidades
se asoma el crepúsculo
con una nostálgica melodía
anunciando la inminente oscuridad
en los laberintos de la poesía.

El ritmo de la soledad

Los vestigios del mantra
el sabor de los colores
las simbólicas desapariciones
el ritmo se envuelve de caos y horror
bordeando mi nuca y mi pelvis postizas
encerrando mi adicto y despiadado maullido.
El vagabundo de los bares
me insulta y me escupe
mi madre bondadosa
me ignora con su hermosa espalda
mi padre impenetrable
me observa cercanamente indiferente
y de un tiro tan perfecto y tan arrepentido
me disparó la médula santificada
o la aversión de mi incomprensible soledad.

El cementerio de la bestia

Una, dos, tres, un millón,
cuento tantos huesos como almas
andar al filo de la hecatombe
al ruido de la desgracia desnuda.
El averno en mis manos
sus labios de volcán
su mirada de torbellino dócil
azotan el lomo de la brisa
desagarran la traviesa hostilidad del canto.
Me desarman
me condenan
y me condeno
a un refugio eterno de cadáveres y mausoleos
putrefacciones y mutilaciones epilépticas
pero, casi siempre, placenteras.

DOS POEMAS DE CARMEN ALVAREZ CUCHO

Inés y sus otras vidas

Inés, Inés
han pasado eternidades
pero tú sigues creyendo
que ha pasado un segundo
un efímero soplo de viento
un placentero rugido encriptado por tus dedos
chispeantes y descalzos.
Inés, Inés
te crees eterna, inmortal
un pájaro libre de este cabaret
una ninfómana acomplejada
una solitaria obsesionada
una danza insegura
una pintura insensible
una mirada frágil
una respiración de acero
una risa guerrera
un suspiro delator
una electrizante despedida
un poema inclasificable.
Inés, Inés
Si supieras que aún te contemplo en la oscuridad
aunque sé que no has preguntado por mí
aunque sé que te desvives por la noche
aunque sé que estás destrozada por dentro
sabes que sigues siendo un misterio para ti.

Éramos unos niños

Fuego adúltero
paseos de adrenalina
juventud intensa y acalorada
éramos unos niños.
Nos siguen engañando con los mismos trucos
lloramos por dentro
insensibles por fuera
¿Cuántos sueños hemos abandonado por nuestra culpa?
Como el hijo que abandoné en brazos del océano
en el desierto, me hallé en un total desconsuelo
la sequía cazadora
la sed interminable
el calor tartamudo
el cansancio aligerante
mis huellas se borraban
en mis intentos inútiles
por atarme los lunares de la epifanía
éramos unos niños.
Obsesionados uno sobre el otro
rendidos por el miedo de la resonancia
apagados por el polvo del tiempo
manchados por la blancura de la nieve (toda la vida, traicionados.)

Carmen Alvarez Cucho

Estudiante de último año de la carrera de Literatura en la Universidad Nacional Federico
Villarreal (UNFV). Actualmente forma parte de la comisión de investigación de la Red
Literaria Peruana (RedLit). Sus líneas de investigación: la literatura fantástica, la literatura
de ciencia ficción y la poesía latinoamericana del siglo XX. Poeta aficionada.

Dos poemas de Carmen Aurora Alvarez Cucho

Las brujas (GOYA)

LAS BRUJAS DE GOYA

Son repulsivas, horribles, monstruosas
hermosas, delicadas, frágiles.
En sus ojos se dibujan la sombra y el juego
la sangre de sus hijos y de sus machos cabríos
el deseo, el pecado y el pudor.
Sus hogueras siempre están encendidas
regresan el futuro
visionan el pasado
el tiempo es un travieso amante
el ídolo es un fugaz escape.
La alquimia nace de sus senos quemados
hablan infinitas lenguas y danzas
gimen de manera sobrehumana
por todas las estaciones del sátiro.
En sus entrañas, el cielo se enferma
la montaña se desvanece
el placer se intensifica
la soledad se masturba
la muerte se ríe
y la vida, por un momento, duele menos.

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

Los peces juegan con las burbujas del arrecife

El lienzo huérfano desviste la manía del pintor

La geometría de las vulgares fantasías 

el rebelde e inocente infierno

posan en las manos de las aves del purgatorio.

Nuestra carne se derrite

nuestra alma se cristaliza

en la retorcida sinfonía

de un genio casi cuerdo, casi loco.

Unos cuerpos decapitados

otros ojos destrozados

unos gritos cosidos

otros placeres exiliados

unos orgasmos paganos

incontable miedo absoluto

                                                       ¿Es este es el jardín de las delicias?

RETRATO DE UNA OLA (FRAGMENTO)

Por Dalila R. Tienda

(…)

Domingo 01 de julio, 2018. Una playa muy lejana a Milpillas, Nuevo León.

Tú gritabas y el mar rugía con fuerza, dichoso porque estabas ahí. Las olas te tiraban al suelo, te sacudían y tú reías. Saborear la sal en el aire era felicidad. La espuma de las olas hicieron que tu estómago se llenara de mariposas y el cosquilleo de emoción lo sentiste en todo tu cuerpo. Ni tú ni el mar se sintieron nunca tan a gusto. Eras de él y él era tuyo. Si hubieras llegado antes al mar —pensé — el dolor te habría sido ajeno. Pero caíste en las manos equivocadas. Él, a quién el mar odia profundamente, fue la tempestad que te agitó durante muchos años. Pero tú, a quien el mar esperó mucho tiempo, eres ola arrasadora. Cada día de tormenta te hacías más y más grande. Por eso el mar rugía, porque tú llegaste a él. 

***

(…)

—Tuve como seis, siete abortos… pos casi seguidos. Ya después hasta que jue un doctor al rancho, como era un ejido muy entre la sierra, y me dio unas pastillas que se —se ríe —se llamaban cuerpo amarillo las pastillas —se ríe —y ya después con esas encargué a mija Francis y ya no se me vino. Luego a Adrián y luego fue Carlos.

—¿Y usted si quería tener hijos?

Pos yo si quería porque ya después él me decía que él iba a buscar a una mujer que fuera… que tuviera… que pariera. No quería mulas, porque las mulas no tienen familia. Decía que él iba a buscar mujeres que no fueran mulas y pos si tuvo, si las tuvo.

Los recuerdos son una herida punzante. A Basilia el dolor le brilla en los ojos. En ocasiones su mirada se desplaza al techo o baja la mirada, su mente viaja a aquellos años. En alguna playa muy lejana a Milpillas, Nuevo León, el mar ruge desesperado. La herida quema. 

—¿Cómo decidió los nombres de sus hijos?

Pos porque… pos no. Yo nomás porque me gustaban. Bueno a mija Francis, pos porque yo estaba gustosa porque ya no se me vino y por el Señor San Francisco, no por otra cosa.

—¿Y a su esposo le dio gusto cuando nació su primera hija?

—No, no le dio gusto. Él le preguntó —porque de ella me alivié con su mamá —y él le preguntó “qué es” y le dijeron “niña” y él dijo “ahórquenla”. Bueno yo digo nomás lo que es… No, no le daba gusto.

—¿Él quería tener un niño?

Pos… a lo mejor no quería nada… no quería nada. Pos no sé, no quería compromiso… la verdad yo no sé ni qué. A lo mejor no quería familia o quién sabe.

A la niña no la ahorcaron. De hecho, cuando Basilia no puede contestar una pregunta, me dice que le pregunte a ella. Porque esa niña creció tan viva junto al Hombre Tempestad que fue su padre y a la ola arrasadora que es Basilia, y es la única que puede hablar del jacal, de Adrián y de las aguas rojas que corrían frente al jacal. De todo lo que pasó antes de que fueran ocho hijos  y catorce nietos. Todo lo que hay antes de que Basilia se encuentre con el mar. 

(…)

“¡Un hogar sólido, Muni! Eso mismo quería yo… Y ya sabes,

me llevaron a una casa extraña y en ella no hallé sino relojes y unos

ojos sin párpados, que miraron durante años.” 

(Elena Garro, Un hogar sólido)

Iba en busca de un lugar seguro. Dejó todo lo que conocía para llegar a aquel Hombre Tempestad del que no pudo escapar nunca. Ella tenía una grieta pequeñita, una fisura que pudo haber sanado sin él a su lado, pero Basilia se lo encontró y parecía que en sus ojos cafés iba a encontrar la ternura y el calor que siempre le faltó. 

¿Qué habrá visto él en ella? Ella, una ola cuya fragilidad se formaba en el aire y se deshacía al tacto para descubrir una mujer firme, una mujer resistente al dolor. Y así, como la espuma de las olas deja un rastro apenas perceptible en la arena, la fragilidad con la que él la conoció se fue. 

—Era un señor muy agrio, yo creo muy agrio. Nomás con el sombrero hacia abajo. Muy codo. Muy cuidadoso. Quería mucho a mamá porque como que mamá lo vio como un papá a mi abuelo y porque como papá le hacía muchas cosas a mamá, mejor mi abuelito ayudaba a mamá.

Estoy con la hija mayor. Frente al caracol de mar —que no tiene ninguna respuesta sobre Basilia, sólo el sonido desesperado del mar que espera su regreso. —Hablamos sobre su abuelo. El padre del Hombre Tempestad. Dice que si comía tortillas, sólo comía las que hacía Basilia, unas tortillas grandes y redondas. Dicen, su hija y Basilia, que era muy bueno con ella. Todo lo contrario a su hijo, que trató de apagar la vivacidad de ella.

Pero nadie puede decir que ella se conformó. Su vida con él fue una lucha entre el mar y el aire. El encuentro de dos elementos poderosos en dirección contraria.

***

Pasan los días, pasan los años. El jacal en el que llegaron a vivir tenía un patio muy grande. Había un cerro y un árbol que daba sombra —¿era un nogal? —. Había, en algún lugar muy cercano al jacal, una tienda que perteneció al suegro de Basilia. Había una sequia que nunca detuvo su curso mientras Basilia vivió ahí. Había, también, ocasiones en las que llovía y bajaban aguas rojas que cruzaban frente al jacal, Basilia, el único esposo, la niña a la que no ahorcaron y el segundo hijo. Había. Hoy sólo quedan los recuerdos y las cicatrices. 

La muerte del segundo hijo, Adrián, es uno de esos sucesos inclasificables, probablemente es un recuerdo que no termina de cicatrizar nunca. 

—Él empezó a estar con temperatura y lo sacaba —tábanos en el rancho —y lo sacaba… como ahí en el rancho no había doctores ni nada, iban así cada mes, lo traíamos a La Chona. Yo me venía a La Chona, al Puerto Bajo, era una clínica como éstos —señala hacia su lado derecho, indicando la dirección del centro de salud de la colonia —y me daban medicamento y me lo llevaba y un día o dos estaba bien y luego empezaba con la temperatura, le salieron las paperas y yo medicina y medicina y lo llevaba de güelta y no pos no, pos es que las camionetas que me llevaban iban en la mañana y regresaban en la tarde y ya me tenía que regresar yo con Adrián y este… así y de las paperas se le jueron pasando aquí —señala sus axilas— que era gang… glang… ¿cómo?… ¡ganglios! Y de ahí se le pasaron aquí a las ingles y ya él tenía dos años.

—¿Su esposo no la acompañaba?

—No, él nunca quiso dejar el… pos que cuidando la casa y que cuidando la casa. Sí, él se quedaba pos en el rancho y ya pos en la mañana me iba en la camioneta y me regresaba en la camioneta. El Puerto Bajo era como un ejido y allí estaba la clínica.

Francis, que en ese momento tendría tres o cuatro años, nunca se quedaba con su padre a cuidar la casa. Siempre se quedaba con su abuelo o con su tía Dominga. Los recuerdos, para ella, son un poco borrosos.

—Se supone que nosotros teníamos un jacal con un patio muy muy grande. Adrián estaba sentado en una sillita y estaba así cruzado de pie y se rieron y él se cayó y yo me acuerdo que de ahí él ya no fue bueno. Yo me acuerdo que mucha gente decía que porque le habían hecho ojo.

Por razones que nadie recuerda, la familia se fue a Matehuala y Adrián estuvo internado en un hospital de San Luis Potosí, en donde murió.

—Cuando murió Adrián yo estaba con mi abuelo. Yo quería mucho a ese niño, mucho lo quería, pos era todo para mí él. Entons haz de cuenta que yo nomás me acuerdo que alguien dijo “llévensela al mercado, que se la lleven al mercado porque no va a querer que se lo lleven” o sea ellos se referían a que yo no iba a querer que se lo llevaran a enterrar. Yo no me acuerdo del funeral de él. Lo velaron en la casa de mi tía Josefina, que vivía en Matehuala.

Basilia, al no tener dinero para trasladar el cuerpo del niño a Matehuala, lo envuelve en una cobija que le habían regalado y finge que está dormido para poder subirse al camión. Durante dos horas y quince minutos, aproximadamente, Basilia llevó en brazos el cuerpo de su hijo. Sola. Completamente sola. 

Una foto muestra a un niño sobre lo que parece ser una mesa, sus manos están atadas y sostiene un pequeño ramo de flores. Parte de su cuerpo está cubierto por una manta blanca y flores de diferentes colores. Sus ojos están eternamente cerrados. Hay una mujer que le acaricia la cabeza. Tiene un vestido rosa, el cabello negro y es delgada. Su mirada está clavada en el niño. Es Basilia, la mujer que pretendió que estaba dormido, la mujer que sostuvo su cuerpo inerte. No hay milagro más cruel que éste (…) / Resisto. Tengo una herida. (…)/ Soy el centro de una atrocidad. / ¿Qué sufrimientos, qué tristezas / he de parir y amar?

***

(…)

Luego de la muerte de Adrián, vino Carlos, que nació en Matehuala; después, Alejandra, que nació en Galeana, Nuevo León. El último en nacer fuera de Saltillo fue Germán, él, al igual que Francis, nació en Milpillas, Nuevo León. Hasta ese momento ninguno tenía identidad, no estaban registrados.

—Sí había registro civil allí en Milpillas pero, vuelvo a lo mismo, como que él nunca quería hacerse responsable… digo, él nunca quería registrarlos. La verdad no enten… digo, nunca entendí, ya no entiendo ni entendí qué era lo que él…. él quería vivir su vida con una y con otra y no tener nunca compromisos, yo creo. 

La Tempestad que era su esposo no dejaba de sacudirla. Pasaban carencias muy seguido. La herida, en este punto, era muy profunda y la casa en la que ahora hablamos está muy lejana. Sin embargo, la ola que es Basilia, se hacía cada vez más grande, cada vez más fuerte y estaba lista para arrasar.

—Yo lo que no quise nunca era andar, pos sí, pa’ arriba y pa’ bajo. Si yo también me biera gustao me biera ido del rancho. Porque él también antes se trajo una señora de Matehuala y que la tuvo… no sé cuánto, pero que ya mejor se fue… no aguantó. Que es la que tiene una hija de él. Pos eso dicen, yo… a mí él nunca me dijo “sí, sí es mi hija”, yo le preguntaba. Güeno, eso decía Josefina.

Josefina, además de ser esposa del tío de Basilia, era hermana de la Tempestad.

La herida que lleva no la abrió ese Hombre Tempestad. No. En su corazón ya había una grieta pequeña que se hizo cada vez más grande. El abandono es lo que realmente pesaba, el abandono de sus padres y la ausencia de ese amor incondicional que ella les tuvo a sus hijos desde el primer momento. 

Registran a los niños cuando una brigada llega al rancho. A pesar de que el Hombre Tempestad no quería, su padre los hizo registrarlos. Al adquirir los tres niños una identidad, el padre de la Tempestad lo obliga a casarse con la Ola.

—Nos casamos el día que los registramos en el rancho, pero por mi suegro. Pos él —la Tempestad —como que no quería casarse pero fue un papelito nomás por mi suegro porque a falta de papá yo lo tenía a él, él me estaba dando todo lo que me faltaba… y mi papá como si nada… nombre, él como si no le importara. Entonces yo viéndolos a ellos —a sus hijos —y viendo la situación que yo viví, yo dije no, yo no voy a querer que se repita esto. Me aferré a verlos y a verlos y dije yo no voy a dejar que anden pa’ arriba y pa’ abajo, por eso. Ay no, fue… unas cosas muy… no, nunca acaba uno de platicar.

No, nunca acaba uno de platicar. Pero la voz se le quiebra y la herida le arde. En sus ojos se asoma un tsunami que ha sido contenido por años. Lagrimas no derramadas.

***

Domingo 1 de julio, 2018. Una playa muy lejana a Milpillas, Nuevo León.

Si pudiera guardar el recuerdo de tu risa, aquel día, en el mar, lo haría. Si pudiera abrazarte eternamente, ahí, frente al agua, lo haría. Pero tú, Mujer Ola, te escurres entre la memoria y tu sonrisa de mar en calma se va borrando lentamente.

Aquel día pudimos detener el curso de la corriente de agua roja que pasaba frente al jacal en el que viviste. Los recuerdos desaparecieron y no hubo otra vida antes del mar. Esos días abrazamos la liquidez de la vida. 

***

Dentro de la casa naranja grande, hay un hombre de 35 años con la mente de un niño. Sonríe y saluda a todos los que reconoce. Su aspecto mayor causa un poco desconcierto en los que no lo conocen. Va a la preparatoria y batalla al escribir. Él es Germán, hijo de Basilia y el Hombre Tempestad. Nació en Milpillas, Nuevo León. Lo recibió una partera. No es cualquier hombre, no es cualquier hijo. Es el que trajo a Basilia a Saltillo. 

A los cuatro meses de nacido empezó a presentar las mismas fiebres que aquejaban a Adrián. Parecía que la historia se volvía a repetir con la única excepción de la ausencia de paperas. No eran nuevas las visitas que hacía Basilia a Puerto Bajo, no eran nuevas las fiebres, ni siquiera eran nuevos esos días en los que el niño se despertaba bien porque luego volvería a decaer. Lo que sí fue nuevo fue la convulsión que lo atacó. El niño tenía meningitis.

—A mamá creo que la atendió una partera y no tuvo cuidado. Dicen que le entró aire, eso dicen, pero no sabemos. — me dice la hija mayor.

En Puerto Bajo no tenían los recursos necesarios para atenderlo y el niño sobrevivía conectado. Basilia habla en plural. 

—De ahí de Galeana nos dijieron que había unos especialistas para él en Monterrey y aquí en Saltillo, entons pos teníamos esos dos lados, pero que aquí en Saltillo estaban mejor los especialistas para él. Entons nos vinimos directamente para acá. A él lo trajieron en una canastita, en una ambulancia.

Sólo viajan Basilia, el Hombre Tempestad y el bebé; los niños se quedan con su abuelo. Se fueron sin nada y llegaron a Saltillo sin nada.

—Pedíamos por las calles, desde el hospital del niño hasta el centro, para el medicamento de Germán y para comer. Porque Germán siempre nos pedían un medicamento que ese no tenía que fallarle porque sin ese medicamento se nos iba y entons yo me puse a ayudarles ahí en el Hospital del niño, había un albergue. Les ayudaba a echar gorditas y pos ya nos dieron la comida ahí y nos estaban cobrando la comida pa’ los dos y nos dieron las camas y no nos cobraron, porque ahí cobraban. Nos ayudaron con eso.

Tres meses después de haber llegado, su esposo comenzó a conocer albañiles que lo contrataban como ayudante. El trabajo no lo podía ejercer plenamente porque tenían que ir a pedir a las calles. Basilia recuerda que una mujer les servía platos grandes de lechuga, pollo y arroz.

Hay que decirlo de una vez: ni Basilia ni su hija pueden darme pistas exactas o aproximadas acerca del tiempo. Pero las fechas y las edades exactas no importan, sólo basta con mencionar que los niños eran muy pequeños y que Basilia era muy joven. Cuando la situación es tan difícil, uno no mide el tiempo. No importa eso. La cronología sobra porque el resultado es el mismo: una casa naranja grande y el mar, el mar, el mar.

Lo que sí importa es que un día llegó el Hombre Tempestad por sus hijos para traerlos a Saltillo y dejaron atrás el rancho, el jacal, al abuelo que era muy bueno y su identidad. Las actas de nacimiento y de matrimonio se quedaron en aquel jacal y al llegar a la ciudad tuvieron que ser registrados nuevamente para poder incorporarse al seguro social. Un año después, su tío Seferino los visita y les entrega los papeles. Hay que decir que antes de eso pasaron muchas cosas y ni los niños ni Basilia eran los mismos. Ya no eran esos niños a los que habían registrado en el rancho. Ahora eran otros que, según papeles oficiales, habían nacido en la ciudad de Saltillo.

***

¿Por qué no nos atrevimos? ¿Por qué no lo hicimos? ¿Por qué dejamos que las aguas rojas siguieran su curso? ¿Por qué no nos atrevimos a detenerlas? Hay, en cada recuerdo, un remordimiento oculto. El problema no es que las aguas rojas no se detuvieran, el problema es el curso que siguieron y cuántos se ahogaron con ellas. El problema fue que Basilia de pronto se encontró en medio de toda esa agua roja y no era el mar. Esa agua era un estancamiento de tragedia, en el cual, ella y sus hijos se ahogaban.

Después de traer a los niños a Saltillo, después de darles una identidad saltillense, se quedó un poco más de tiempo en el albergue del Hospital del niño y luego se fueron a probar suerte por las calles.

—Andábamos de arrimados con una señora que se llamaba doña Luz. Que a veces pos ya no nos querían… ay no, una cosa muy triste que anduvimos, y luego eran cuatro. Duramos como una semana en Valle Escondido y ya las muchachas nos hacían el fuuchila, que ya no nos querían.

Germán seguía internado. Los doctores nunca les dieron esperanzas de que se recuperara, contrario a esto, les decían que si lo llegaban a desconectar podía morirse. Aun así, lo dieron de alta. 

—Ya estaba todo hinchado y ya nomás nos lo dieron de alta y se compuso… pos ya no se compuso, pero se compuso.

Germán sufrió un daño cerebral y más tarde, desarrolló epilepsia. No se compuso, pero se compuso. Es 2020 y él tiene 35 años cumplidos, va a la preparatoria, batalla para escribir y vive en la casa naranja grande. Vive. Y ahora es el dueño de la casa. 

***

(…)

Había días en que las aguas eran más rojas. El tiempo pasaba y pesaba, pero aquella Mujer Ola que llegó ingenua a una tempestad, ahora era más dura. El Hombre Tempestad ya trabajaba en la obra como albañil, le pagaban doscientos pesos y Basilia se encargaba de administrarlo.  

—Andábamos pos pa’ arriba y pa’ abajo. Y de ahí nos vinimos a pagar renta a los Virreyes, ahí buscamos un cuartito, nomás un cuartito nos rentó el señor y allí calentábamos y de un solo platito, nomás un platito, comíamos todos porque no nos rentaron con cocina, nos rentaron el puro cuarto, como no teníamos nada. 

Vivían en la colonia Virreyes, calle Matías de Gálvez. Rentaban un cuarto pequeño en una vecindad. La hija mayor, que en ese entonces tendría ocho o siete años, comienza a trabajar con la mamá de uno de los dueños de la vecindad y con una vecina de esa misma colonia.  

—A Asturias llegamos ya después de tiempo. De ahí de Matías de Gálvez nos fuimos a una casa de Vicente de Güemes, allá duramos rentando otro tiempo. De allí de Vicente de Güemes rentamos una casa y luego nos la quitaron y luego nos fuimos a rentar un cuartito y allí tenían que hacer mis criaturas en un botecito porque nomás era un puro cuarto el que nos rentó el señor.

Después de Germán, en algún punto, entre la transición de la calle Matías de Gálvez y la calle Vicente de Güemes, nació Margarita; después de Margarita nació Aracely; después de Aracely nació Javier y finalmente nació Baltazar. Así, Basilia fue madre de ocho y esposa de uno solo.

Llegaron a la casa —que ahora es grande y naranja — por recomendación de la mamá de unos compañeros de escuela de Francis y Carlos. No la compraron ni la rentaron. La colonia Asturias, en ese momento, estaba llena de casas solas a las que la gente llegaba para ocuparlas. Tenía sólo dos cuartos, espacio para una cocina y una sala-comedor. Todo era muy pequeño pero mucho más grande de lo que habían conocido.

***

Nooo, ¡olvídate! Papá tuvo muchas mujeres. Papá cobraba los sábados y se iba. O sea se daba su habilidad. Mamá nada más decía “es que tu papá se gastó todo el dinero” y cosas así, pero nada más. —Dice Francis.

El Hombre Tempestad era seco con Basilia. Aparte de sus problemas con el alcohol, tuvo amores por todos lados y no los ocultaba. 

—Sí pensaba en dejarlo. Pos él andaba muy mal y venía como muy triste, no sé, con mucho sentimiento y como que se le cerraban los ojos y yo lo corría y Carlos lo miraba, él tenía como doce años, y él me decía “eso lo hubiera pensado antes, mamá, ya ahorita ya tenemos que ver a papá” y ya me cerró la boca… Pero sí lo corría porque ya venía la mujer a buscarlo o lo estaba esperando en la esquina o lo estaba esperando en el carro, y le hablaba por teléfono y ya después fue la cosa que también quitamos el teléfono porque la mujer le hablaba mucho aquí. 

Después de un tiempo, dejó de darle dinero y no le permitía trabajar, pero la mujer que tengo en frente está pensionada porque se rebeló y trabajó durante muchos años. 

—Trabajé muchos años. Empecé a trabajar cuando Carlos iba a entrar a la secundaria. Mi esposo no quería que trabajara porque él decía que qué dirían y yo le dije “yo no voy a ver qué dirán, mi trabajo es mi trabajo”, y me aferré a trabajar. Es que era muy raro, hija… pero pos bueno, que en paz descanse ya. Dicen que habla uno de su vida menos de su muerte… pos bueno, pos a ver.

***

Lunes 22 de enero, 2018. Saltillo, Coahuila. Clínica Hospital del Magisterio.

Lleva cinco horas agonizando. Sus hijos, sus ocho hijos están ahí, rodeando su camilla. Ella está sentada en el pequeño sillón negro que está a un costado. Todos lloran. Josefina, su hermana, está en la sala de espera con una de sus nietas. Todos lloran. El calor de la habitación es sofocante. Afuera de esa habitación hay muy poco movimiento. Cuando la puerta de su habitación se abre, los gritos esporádicos de los ocho hijos invaden el pasillo y la sala de espera. El aliento se le va. 

Ella está cruzada de brazos. Algunas veces, las lágrimas escapan de sus ojos. Luego las limpia y clava su mirada en él, en la Tempestad, el Hombre Tempestad. ¿Qué es lo que piensa? Por un momento, él cierra sus ojos enfermos, cuando los vuelve a abrir su mirada cristalina se asemeja al reflejo del sol en el mar. Brillan. Observa a sus ocho hijos. La observa a ella, su única esposa, quien ve en él la misma mirada que le dio muchos años atrás, la que hizo que fuera en busca de un hogar sólido. Después de unos segundos, sus ojos se cierran para siempre. Los gritos son ensordecedores. Se fue la Tempestad. 

(…)

***

Jueves 09 de abril, 2020. Saltillo, Coahuila. Colonia Asturias, calle Tineo. 

“Soy mía de nuevo. Todo está en su lugar. (…)

Soy plana y virginal, esto quiere decir que

nada ha sucedido. (…)

Y esta mujer que me encuentra en los escaparates -está impecable.

Estuvo a punto de ser transparente

como un espíritu.”

(Sylvia Plath, Tres mujeres)

— La veo muy fuerte, muy fortalecida. Como que apenas ella empezó a vivir porque para ella, la vida con papá fue como tenerla amarrada. — Me dice Francis.

La casa, por dentro, también es naranja. Al entrar hay un amplio recibidor que funciona como depósito de lo que no se ocupa, unas escaleras a la derecha y un cuarto amplio en donde duermen Basilia y Germán. Después, detrás de una cortina blanca, hay una puerta café que está abierta. Ahí está Basilia esperándome, sentada en una mesa con forma de óvalo. Me sonríe.

—¿Le gustaría volver al rancho?

—No, yo ya ni de chiste. —Se ríe

—¿Por qué?

—Digo, porque yo tuve una concuña que… la pasé muy mal. — Sacude la cabeza —La pasé muy mal con ella. Es que yo viví muchas cosas. Entonces pos no, yo ya no. Él sí quería ir, pero yo le dije que no, es más que si él se quería ir, mejor yo lo ayudaba. Pero yo ya no. Al principio si pensaba en irme, hasta compré un molino y un aparatito de gas pa’ llevárnoslo porque pos allá realmente no teníamos nada y la que se nombraba rica era mi concuña porque pos ella tenía todo… baños y todo y yo… pos no, no teníamos nada

Felipa, así se llama su concuña. No habla de ella, ni siquiera pronuncia su nombre. Felipa era esposa de Seferino, el hermano del Hombre Tempestad. Se dicen muchas cosas de ella, pero lo único que vale la pena mencionar es que le tenía rencor profundo a Basilia por estar casada con la Tempestad. No era rica, pero tampoco le faltaba todo lo que a Basilia le faltaba.

No regresó al rancho hasta después de muchos años y sólo fue de visita. El Hombre Tempestad  tampoco regresó para quedarse. Algo tenía ella, algo que hizo que él nunca la dejara. Probablemente era un miedo terrible de encontrarse solo, de verse destruido sin esa mujer de fragilidad aparente.

—Intentó irse pero ya al último. Juntaba todos sus botes y cobijas y que se iba a ir pal rancho, pero yo creo que ya era su delirio.

Su delirio. Porque el Hombre Tempestad murió fuera de sí. La cirrosis lo consumió poco a poco y lo hacía delirar y perder la memoria. 

Miro a mi alrededor. Nada queda ya de aquella casa incompleta a la que llegaron. Ahí adentro sólo está el cuarto de Margarita y sus dos hijos. El otro ha desaparecido, ahora es una sala con tres sillones, un clóset, una pantalla y un altar a la virgen. Miro a Basilia y su sonrisa. Nada queda ya de aquella fragilidad aparente. Su expresión es suave, pero en sus ojos se asoma una fuerza incontenible. 

Basilia, la Mujer Ola que logró reconstruirse y reconstruir la casa grande y naranja. La mujer que construyó una familia.

—¿Un recuerdo muy bonito? Pos que tengo a todos mis hijos, eso es un recuerdo y un orgullo. Yo estoy rica porque tengo a mis hijos. No, si yo no hubiera tenido hijos hubiera estado bien pobre. Diosito me dio a manos llenas a mis hijos y yo estoy aquí por ellos, aunque no están aquí conmigo, pero yo sé que los tengo.

Es madre de ocho, abuela de catorce y fue esposa de uno solo. Me sonríe. Es madre y abuela incondicional. Me sonríe. El día en el que se fue el Hombre Tempestad creyó que estaría sola. Siete meses después se encontró con el mar junto a tres de sus hijos, su yerno, cuatro de sus nietas y su bisnieto. 

En sus ojos lo veo. No, nunca acaba uno de platicar. Hay mucho que no se dijo. Hay tanto que no se nombró, como la violencia psicológica de la que fue víctima. Hay, en sus ojos oscuros y fieros, lágrimas acumuladas por años. Hay una historia de dolor que nunca terminará de ser contada. No, nunca acaba uno de platicar. Pero también hay una sonrisa en sus labios. El mundo está amenazado por una pandemia, la cercanía está prohibida y un abrazo quema entre nosotros. Un abrazo que se quedará esperando a que todo pase.

Le pregunto su nombre completo, ese que es el mismo en Saltillo, en Matehuala y en Milpillas. Lo sé. Pero presiento que el sonido suave de su voz abrazando a esas palabras ásperas, agitará, en la distancia, al mar, que aún espera su regreso. Me sonríe.

—No pos… no sé. —Se ríe —Ponle abuelita. — Me responde Basilia Paredes Torres.

*

Este texto forma parte del libro “Cronopios, sonrisas y recuerdos” escrito por Dalila R. Tienda. Disponible próximamente.

DOS MICROFICCIONES DE PANDEMIA

Por Jorge Héctor Ortiz

Sueño

Le había costado bastante conciliar el sueño. Interactuó en las redes, miró televisión, hasta que finalmente sin advertirlo comenzó a soñar. 

Una oscura pesadilla lo envolvió, sentía que iba a morir. Fuerzas malignas y diabólicas lo arrastraban a un vacío negro e inenarrable. De pronto sintió el calor inconfundible de su cuerpo en la espalda.

—Estás teniendo una pesadilla, mi amor.

Oyó su voz y se aferró al brazo que lo contenía. Dios mío, fue horrible, pensó

Aún sin poder abrir los ojos giró para abrazarla.

Cuando lo hizo confirmó lo que de algún modo subconsciente ya sabía.

Desde hace un año, cuando sucedió la inesperada muerte por COVID-19, dormía solo.

Miedos

Después de dos días de verse y agradarse mutuamente, había llegado el momento.

¿Será muy pronto?, se preguntaba ella¿Será riesgoso con esta enfermedad tan contagiosa?, se preguntaba él. Sabían que no iba a ser fácil. Ninguno de los dos era muy joven y además tenían experiencia de vida, pero esto era muy distinto, era diferente. 

¿Y si no es verdad lo que imaginé?, pensaba él. ¿Y si la “otra mitad” es decepcionante?, elucubraba ella. Ambos habían soñado o se habían desvelado por ello. Pasaron de sueños o desvelos placenteros, a pesadillas, dormidos y despiertos.

Como nunca estaba presente el riesgo de haber imaginado formas perfectas, demasiado exageradas y también carencias, abundancia, incluso malformaciones inesperadas. Lo cierto es que después de hacerlo, podría cambiar definitivamente la percepción del otro. Para bien o para mal.

Ninguno dijo nada, disimulando sus tremendas dudas y como si nada sucediera. En un gesto suave, calculado y simultáneo, sin mediar palabras, se quitaron el tapabocas antes de tomar juntos su primer café.

Jorge Héctor Ortiz

es Profesor de Filosofía y Cs. De la Religión.  Licenciado en Educación con Orientación en Gestión de Instituciones. Cursó una Maestría en Orientación Familiar. Tiene formación Nacional e Internacional en temas de Seguridad pública.

Autor de artículos y textos de formación en contenidos sociales (editorial San Pablo, Guadalupe, Tau del Sur, Autores de argentina). Integra varias Antologías.  En Diciembre 2020 se publicó su e-book: “Microficciones  de la Pandemia y Otras Revelaciones”. 

www.jorgeortizriquel.com.ar