A todas nos pasa

Por Nidia Sosa

Meto la mano en mi bolsillo. No encuentro más que mis 7 pesos para la combi, ya no puedo comprarme mi jugo. Hay mucha fila con doña Lety, yo creo que le digo cuando salga que me lo fie.

Entro a mate, no entendí nada la verdad. Tengo mucha sed.

Guardo mis cosas y busco mis 7 pesos. Cuando me despido de la profe Lupita, pregunta por mi hermanito “es que está enfermo”, le digo y ella responde que me vaya con cuidado.

Camino mucho más, siempre que paso por las papitas me peleo con mi hermano sobre comprar unas. Sin él, sigo mi camino sin hacer mucho ruido.

Me siento en la banca de la parada. Estoy frente a un super, pasan muchas personas con carritos de ahí y el ruido casi nunca se detenía. Entre los coches y el semáforo es imposible escuchar silencio.

Llegan unos chicos con uniforme verde, son muchos y sus gritos son más. Se ríen raro.

Se van de uno en uno en diferentes combis. Nunca he entendido porque son de colores, pero las azules se ven muy grandes. Cuando pienso eso, me imagino a mi mamá diciéndome “tú solo te puedes subir a la roja, no te vayas a perder”.

Pasa mi combi roja, me subo, pago y el chofer me da mi ticket. La combi casi no lleva a nadie, 3 o 4 señoras de un lado y un señor en la orilla izquierda. Sentí mi mochila como caerse, no me paso nada, pero me la puse por enfrente.  Me siento en el segundo asiento en la línea  derecha al lado de la ventana porque también me imagino a mi mamá diciéndome que no me sentará hasta atrás. No sé por qué, yo digo que es por los saltos feos. Saltos toscos y más de una montaña rusa sin cinturón. Igual no lo hago.

Luego de avanzar, me siento muy extraña en mi asiento. Tengo como algo encima. Me reviso, y miro a todos lados hasta que veo al señor volteado con los ojos muy abiertos.

No entendí hasta que al verle los ojos me di cuenta que me estaba viendo él a mí. Miro para otro lado. Qué pena que viera que yo lo veía a él.

Veo por la ventana el edificio de la Presidencia. La combi para muy feo y me agarra del asiento de enfrente. Ahí vi de reojo al señor recorrerse de lugar, dos frente de mí. Miro para otro lado.

El señor me hablo. “¿Güerita, para dónde vas?”

No le digo nada, solo vi su boca moverse.

“Ohhh, ¿me vas a ignorar?”

Escucho eso, pero no podía verle a los ojos. Siento que me iban a regañar y a mí no me gusta que me griten.

“Mira, chiquita, a mí no me puedes ignorar”.

No puedo voltear, abrazo más fuerte mi mochila.

“¿Eres muda, güerita? A ver, vamos a ver si eres”. El señor rápidamente se cambió a los asientos justo frente a mí.

De repente, siento sus dedos en mis cachetes.

“¿Quieres ver como si hablas? Te voy a meter tantas cosas que te vas a poner a gritar”.

El señor no suelta mi cara, su mano está caliente. Me dan muchas ganas de llorar. No puedo abrir la boca. No sé por qué. Mis manos se sienten duras.

Escucho a lo lejos a una señora hablando. Luego, escucho como se paró. Escucho los sonidos de las voces difuminadas. La voz del señor y luego de la señora.

Dejé de sentir sus manos. El señor se para y se va hasta los primeros asientos.

Siento agua en mi cara. La señora se sienta a mi lado y me pregunta si estaba bien.

La miro y me duele la cara. Pero no me puedo mover.

La señora me pregunta como me llamo, donde me bajo, si estoy bien y si conozco al señor. Yo solo puedo mover la cabeza para decirle que no a la última pregunta.

Comienzo a llorar. Veo lágrimas caerle a mi mochila, siempre me gritan cuando la ensució, entonces, también la limpio.

La señora me dice que no mire, que me agache. Yo no entiendo por qué, ahí veo al señor por el espejo gigante de la combi mandándome besos y haciendo cosas con sus manos. No deja de mover su dedo adentro de su mano cerrada.

A lo lejos, se escucha un “te voy a robar, güerita, tú ya eres mía, ya te marqué”,

Sigo llorando. Volteo hacía la ventana y veo la casa donde me bajaba. Le digo a la señora que muchas gracias, pero ya tenía que irme. Se para conmigo y le pica al botón. Me dice adiós desde las escaleras.

Me bajo y me limpio la cara. Volteo la mochila y estaba segura de que tenía que limpiarla.

Camino hacia mi casa. Las miradas y gestos del señor se repetían en mi cabeza. Siento mucha tristeza. No puedo dejar de sentirme extraña. Sucia. Me siento mal.

Llego y abro la puerta, entro con mi abuela y le digo lo que me pasó. Cuando empiezo, ya no puedo dejar de llorar.  Mi abuela me dice que no hiciera borlote.

No sé cuanto tiempo pasó, pero mi mamá entró justo cuando yo sigo llorando.  Mi abuela le acercó el plato de comida y le dijo “un señor toco a la niña en la combi, no ha dejado de llorar, ya dile algo”. Mi mamá me agarra, me sienta a su lado.

“A todas nos pasa, deja de llorar que no te sirve de nada y come”.

No dejo de llorar. Recuerdo que no me permitían levantarme de la mesa hasta que terminara, ahí estoy las siguientes 4 horas.

Al día siguiente, con mi hermano agarrado de la mano le dije a la maestra que iban a venir por mi y que tenía que marcarle a mi mamá. Ella me dijo que no le habían dicho nada, que nos esperáramos.

Mi mamá llegó por nosotros 3 horas después de nuestra salida. Se enojó y me gritó.

No me gusta que me griten, pero ¿y si me topaba otra vez al señor? ¿y si la señora no se sube a esa combi? Yo tenía miedo.

Me dijeron que era normal, pero mi cabeza no dejaba de repetir las miradas y sus palabras. Eso no era normal.

No usé combis hasta los 13 años. Duré 4 años de mi vida teniendo miedo de toparme otra vez a ese señor. El horario del preescolar de mi hermanito se ajustó mejor. Pasaban por él antes de que mi mamá entrará a trabajar.

Hasta mi último año de primaria, me llevaba mi profe a mi casa. Siempre me quedaba hasta que cerraban la escuela. Me daba igual.

Después, en mis salidas de secundaria, camine horas y horas a mi casa, inclusive tuve amigos que me acompañaban porque no creían que yo tuviera que caminar.

Nunca supe cómo decirles.

Entré a mi último grado de secundaria, me tocaba apoyar a mi mamá para ir a recoger a mi hermano. Caminaba, pero llegaba tarde. Después de varios regaños, tome mi primer combi, otra vez, en años. Me costaba mirar a las personas a los ojos.

Me subí e inmediatamente pensé en buscar a una señora como la de esa vez. No había, pero me senté al lado de otra. Esperando que ella fuese como esa señora y no me dejara sola si pasaba algo así.

Pasé por él, nos fuimos en otra combi a casa.

Y sé que nadie más lo vio como un logro, pero yo sí. Ahí me pregunté por qué.

¿Por qué estoy viendo como un logro que no me pase nada al subirme al transporte público? ¿Por qué no se sentía normal, pero todas me decían que sí?


Un juego muy especial

Por Luis G Torres Bustillos

A kiss is just a kiss; a sigh is just a sigh.

Para Cori

Asistí a dos jardines de infantes distintos, en diferentes ciudades. Estudié la primaria en dos escuelas, la secundaria y la preparatoria también en dos instituciones distintas, finalmente la carrera si la hice en el mismo lugar, por fortuna. Siempre estuvimos moviéndonos de un lugar a otro, siguiendo a mi padre. La dinámica era así: Nos mudábamos de ciudad cuando eran vacaciones, para no tener que cortar un ciclo escolar mío o de mi hermano Joaquín. Llegábamos a una casa y a una escuela de emergencia y entonces al año, nos instalábamos en una casa más adecuada, más bonita y consecuentemente cambiábamos de escuela. Cuando se acababa el ciclo de primaria o secundaria, venía un nuevo cambio. De esa manera aprendí un concepto que ahora comprendo, pero en ese entonces no: no arraigarse. Si en unos meses o años hay que cambiar de amigos, de vecinos y de instituciones, pues es mejor no arraigarse demasiado, para que llegado el cambio no sea tan abrupto, tan cruel.

Aun ahora resiento los resultados de esa forma de vivir, porque a pesar de que oigo a mis amigos hablando de cómo se reúnen con su generación de la primaria, la secundara o la escuela preparatoria, yo no sé qué significado tiene esa acción, pues siempre dejé atrás a todos esos amigos y compañeros. Mis más viejas amistades son dos o tres compañeros que conservé de la época de la licenciatura, a pesar de que ya no vivo en la ciudad donde los conocí.

Mis mejores recuerdos están en la época de la primaria. Entonces vivíamos en la ciudad de Toluca y éramos una familia unida, mi papá, mi mamá Joaquín y yo. Ambos asistíamos a la escuela Anexa a la Normal, previo paso por la escuela primaria Lázaro Cárdenas que era solo para hombres. Ahí curse primer año y Joaquín el segundo. En ese entonces los niños no recibíamos explicaciones de muchas cosas, así que solo recuerdo que nos cambiaron a la Anexa. Era una escuela muy moderna, donde las nuevas teorías educativas eran probadas. Por supuesto que eso era una ganancia. Siempre teníamos maestros practicantes de visita y además los de sexto eran los elegidos para los exámenes profesionales de los futuros maestros, que consistían en un día completo de clases por el maestro sustentante, donde los alumnos gozaban de todo tipo de actividades y regalitos. La escuela tenía incorporadas muchas prácticas modernas como el que las bancas no fueran acomodadas en aburridas hileras, sino que se hacían diferentes formaciones como un cuadrado, una U, o varias isletas, cambiando según el día y las actividades a realizar. También teníamos el sistema de hoja de calificaciones. Cada alumno tenía una hoja donde anotaba su asistencia, los resultados de las tareas, pequeñas pruebas diarias y aún de los exámenes. Al final de mes, nosotros mismos participábamos en los promedios y ¡sabíamos nuestras calificaciones finales antes que nadie!

Otras políticas de la escuela era la incursión en talleres de tejido, pintura, alfarería, pero de manera muy profesional, porque todo lo que hacíamos se exponía y se vendía en una actividad de fin de semestre. Con el dinero se invertía en necesidades de la escuela, como un horno para el taller de barro. 

Los deportes también eran importantes, teníamos una serie de canchas deportivas atrás de los edificios de salones y un gran auditorio-cancha donde se jugaba basquetbol y fútbol de salón en duela, además de que ahí se realizaban las gigantes tablas gimnásticas en que participábamos cada semestre todos los alumnos.

Fui muy feliz en esos cinco años. Siempre fui un buen estudiante y peleaba tener el mejor promedio. Ese último año de primaria competí contra Alfredo, que siempre me peleaba esa distinción. Era un poco ñoño, digamos, razón por la que muchos me querían, especialmente la maestra de 6º, la Maestra Lupita Amarillas. También por la fama que tenía, varias mamás de compañero me decían, Dani ¿cuándo vas a comer a la casa con fulanito?, así por la tarde hacen la tarea juntos.

Si bien era un chico normal, feliz y despreocupado, ya se empezaban a gestar ciertas ideas en mi cabeza. Sabía que no era como todos, por detalles mínimos. No era un aficionado del futbol, ni me interesaba darme de golpes con nadie, aunque me provocaran o me insultaran. Era trabajador, animoso, pero creo que ya se notaba que era frágil y eso es muy peligroso. Si eres delicado, educado y frágil, eres el blanco de burlas y bromas de los otros.

Mi grupo de amigos lo formaban Gonzalo, que era dominante, despreocupado y mal estudiante; Aníbal, muy serio y a veces ocurrente; Manuel, un empedernido futbolista; y Jesús, el niño bonito de la clase, rubio y de buenos modales. También tenía buenas relaciones con las chicas, a pesar de que en esa edad los encuentros niño-niña son aun de pleitos y jalones de pelo. Había un grupo de niñas que me hablaban bien y con quienes trabajaba algunas tareas y trabajos extraescolares: Diana, la más bonita, Cora, Laura, Yazmín y Frida.

Alguna tarde, íbamos a la escuela por los talleres, por ensayos del coro o preparativos de alguna fiesta de fin de cursos. Después de los ensayos o las actividades manuales nos quedábamos un rato, jugando en los patios o bien explorando las zonas más recónditas de la escuela. Nos gustaba irnos al fondo de la escuela, tras de los talleres, donde había un pequeño espacio que considerábamos nuestro refugio. Allí se hacían las cosas que no debían ver los demás, como aquella vez que llevaron unos cigarros y los prendimos para ver que se sentía fumar, o como la vez que solo el grupo de hombres se quedó para mirar un folleto que llevó Abel, que no tenía nada de pornográfico, pero eran noticias de muchas cosas que aún no sabíamos ni entendíamos. El folleto se titulaba “Ya eres una señorita” y estaba profusamente ilustrado con dibujos que mostraban la anatomía interna y externa de las mujeres.

En la ocasión que ahora recuerdo, estábamos un poco aburridos y sin que hacer esa tarde después de los talleres, así que nos reunimos allá atrás unos diez o doce del grupo. Todos tenían ganas de hacer algo divertido y alguien propuso:

−Jugamos a la botella?

−No, no, al burro castigado.

−No, no, no, ni madres, corearon. Entonces Gonzalo dio en el clavo: 

−Juguemos a la semana inglesa. Y todo mundo acordó que sí.

Todos estaban muy entusiasmados. Los primeros en jugar fueron Carlos y Dianita. Tienen la misma altura, ambos son muy bonitos.

−Pónganse de espaldas. Dice Raúl.

−No se muevan de ahí, ¿eh? Advierte Gonzalo. Todos dicen los días de la semana al unísono. La pareja reacciona girando la cabeza a izquierda o derecha.

−¡lunes! Voltean a distinto lado. Cachetada.

−¡martes! Voltean ambos al frente. Beso.

−¡miércoles! Otra vez al mismo lado. Beeeso.

−¡jueves! Fallan. Cachetada.

−¡viernes! Mismo lado. Beso.

−¡sábado! Mismo lado. Otro beso.

−¡domingo! Cada uno por su lado. ¡Cachetada! Corean todos.

−Cuatro besos y tres cachetadas, dice Inés, que llevaba muy bien la cuenta.

Como de costumbre, los besos los dio Carlitos (el hombre) muy leves y en la mejilla de Diana (la mujer), quien por su parte propinó unas fuertes cachetadas a Carlos que enrojeció, pero no se quejó, solo se sobaba los cachetes. Todos ríen del castigo. Después viene una discusión sobre quién sigue. Proponen a Gonzalo y a Cora. Cora no quiere, definitivamente se niega. Entonces designan a Inés, quien disimula enojo, pero accede a jugar. El marcador final es cinco besos a dos cachetadas. Gonzalo le da tímidamente los besos en el cachete a Cora, que cierra los ojos al recibirlos. Luego ésta le da dos cachetadas muy suaves a Gonzalo.

−No, no, no ¡Tienes que dárselas fuertes!, corean todos. Cora se pone roja y le vuelve a dar dos cachetadas con un poco más de fuerza. Gonzalo la mira con agradecimiento.

Entonces viene de nuevo la discusión por quién será la siguiente pareja. Todos opinan menos Jesús, que ha estado muy tímido, extrañamente.

−Que juegue Manuel con Frida. Unos afirman y otros rechazan la opción.

−Que sea Aníbal con Yazmín. Nadie acepta. Entonces Gonzalo inventa un disparate:

−Bueno que sea más emocionante, ¿qué tal Daniel con Jesús? Jesús se pone muy serio, pero no dice nada, solo los mira. Todos ríen. Yo me ruborizo rápidamente y digo que no, que no lo haré. Gonzalo que es un líder natural convence a todos y no nos deja salida. Con gran pena y temor me pongo de espaldas a Jesús.

−¡Lunes! Volteamos a distinto lado. Cachetada.

−¡Martes! Volteamos ambos al frente. Beso.

−¡Miércoles! Otra vez al mismo lado. Beso.

−¡Jueves! Mismo lado. Beeeso.

−¡Viernes! Cada uno mira a un lado. ¡Cachetada!

−¡Sábado! Mismo lado. Otro beso.

−¡Domingo! Cada uno por su lado. Otra cachetada.

El mismo Gonzalo dice cuál fue el marcador: tres cachetadas y cuatro besos uuuy. Se ríe con malicia. Todos preguntan:

−Pero ¿quién dará los besos y quién las cachetadas? -Ríen otra vez, un poco nerviosos, expectantes. Jesús me mira de soslayo.

−Las cachetadas las dará Daniel y los besos Jesús, por obvias razones (esto implica que yo soy una niña). ¡Ya!, no se vale rajarse. ¡Empiecen! 

Yo me envalentono y me acerco a Jesús. Le doy tres cachetadas más o menos fuertes. Esto lo hace enrojecer y quizás también le enfurezca un poco, entonces todos empiezan a corear:

−Beso, beso, beso. Jesús me mira como queriendo saber que va a pasar. 

−¿Es en serio? Pregunta y todos contestan:

−Claro, ahora cumple. 

−Bésalo, dice Aníbal con emoción. 

Jesús que no quiere discutir más, se acerca a mí lentamente y se dispone a darme un beso en el cachete. Entonces yo, entre los nervios y que quería ver si Jesús se acercaba a mí, giré la cabeza en el justo momento del beso y terminó propinándomelo en la boca. No fue un beso largo, pero si fue húmedo, tierno, fue un instante, pero para mí fue maravilloso. Lo recibí como en cámara lenta, viendo los ojos cerrados de Jesús frente a mí y alcancé a observar las caras de asombro de todos al ver que me había besado en la boca. Un segundo después reaccionamos los dos para oír que todos saltaban, reían y gritaban.

−Son nooovios, se beeesan, son nooovios; cantaban. 

Entonces yo solo pude quedarme inmóvil y agachar la cabeza. Jesús por su parte no sabía cómo reaccionar hasta que decidió hacerlo de la peor forma: me tiró un golpe directo a la nariz, tan fuerte que me hizo sangrar. Yo caí al suelo atolondrado y él me miro con una cara que era de arrepentimiento y de enojo y se fue dejando a todos conmocionados. Primero el beso en la boca y después la trompada. Yo hubiera preferido que fuera en el orden contrario. Entonces tuve una epifanía: Yo no iba a ser como los demás, estaba marcado de alguna manera

Luis G Torres Bustillos

Nació en la CDMX en 1961. Hace algunos años participó en el taller de cuento dirigido por Hernán Lara Zavala, dependiente del Instituto Estatal de Bellas Artes Morelos. Participó también en el taller de Literatura dirigido por Frida Varinia, de la UAEM, Cuernavaca, Mor. de 2019 a 2020 y en el taller ¡Ahora o nunca! De Daniel Zetina en 2020.  Actualmente participa de un taller online de análisis y escritura de cuentos con Manu Ruffa, de Argentina y es alumno del primer semestre de Creación Literaria en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, de Morelos. Recientemente publicó sus cuentos electrónicamente en ZOMPANTLE, PERRO NEGRO DE LA CALLE, REVISTA LITERARIA PLUMA, KATABASIS, TABAQUERIAS, ALMICIDIO,  KARKINOS,  EL MORADOR DEL UMBRAL, MURIDAE, APOFENICOS, LA LETRA DESCONOCIDA, PUROS CUENTOS y MARGINALEES. Acaba de publicar su primer libro de cuentos: Pequeños Paraísos Perdidos, en INFINITA.

Alumbramiento

Por Flor García Rufino

—Mami, ¿cuándo vas a tener otro bebé? –preguntó la niñita de cinco años desde el asiento trasero del carro.

—No mi amor, ya no voy a tener más hijos. –respondió la madre mirándola brevemente por el espejo retrovisor.

—¿Por qué no?, yo quiero tener un hermanito bebé.

—Pues es que ya tuve los hijos que quería tener.

—Pero, ¿qué no dijiste que te gustan mucho los bebés?

—Claro que me gustan, por eso tuve tres hijos.

—Pero entonces puedes tener otro, yo lo puedo cuidar también. –insistió la niña suavizando la voz.

—No, ya no puedo, ya tuve los hijos que decidí tener, y ya no me puedo embarazar.

—Pues, ¿qué se necesita para embarazarse? –cuestionó la pequeña frunciendo el ceño.

—¡Ay niña!, pues se requieren varias cosas…–contestó la madre incómoda.

—Pues dime, ¿cuáles cosas se necesitan?

La mujer hizo un gesto de impaciencia y trató de zafarse del tema.

—Ahorita en la casa te enseño en un libro que tengo, para explicarte bien.

—¡No, dime ya!, ¿qué necesitas para embarazarte? –presionó la chiquilla inclinándose en el asiento para acercarse más a su mamá.

—¡Qué muchachita tan desesperada! –exclamó la mujer mientras movía la cabeza de un lado a otro y daba vuelta al volante para pasar una curva.  Respiró profundo y se resignó a intentar saciar la curiosidad de su hija–. Pues mira, se necesita un papá y una mamá; cada uno tiene en su cuerpo algo muy pequeñito que cuando se juntan, se empieza a formar poco a poco un bebé.

—¿O sea que tienen que estar juntos el papá y la mamá?, ¡Ah bueno, entonces sí pueden embarazarse!  –dijo la niña satisfecha, regresando a una posición cómoda en su asiento–.  ¿Podríamos tener al bebé para mi cumpleaños?, quiero llevarlo a mi fiesta y que lo vean mis amigos.

—Nooo, un bebé tarda nueve meses en formarse, para tu cumpleaños faltan cuatro; pero, además ya te dije que yo no puedo embarazarme otra vez, porque cuando ya tienes los hijos que quieres, el médico te hace una operación para que no te vuelvas a embarazar.

—¡Pues que te la quiten, la operación! –exclamó la pequeña levantando la voz.

—No está tan fácil.

—¡Qué tiene! ¡Qué te la quiten! –concluyó la niña de manera rotunda.

DOS DÍAS DESPUÉS

—Si dices que se necesita una mamá y un papá, ¿cómo le hizo Julia para tener a su hija?, dijiste que ella no tiene esposo –volvió la chiquilla a la carga con el tema.

—Es que dije que se necesita un papá y una mamá, no un esposo y una esposa.  Nada tiene que ver estar casado con tener hijos.

—Pero entonces ¿no necesitan vivir juntos?

—No.

—…

SIGUIENTE DÍA

—Mami, ¿duele mucho tener un hijo? –se escuchó nuevamente la voz de la niñita desde el asiento trasero del coche.

—Sí, sí duele.

—Pero ¿mucho?

—Pues sí, duele mucho, pero sólo durante el parto, en cuanto el bebé sale, se calma el dolor como si fuera magia.

—Pero ¿cómo es el dolor?, ya sé que mucho, pero ¿cómo duele?

—Pues imagínate, se le tiene que abrir a la mamá el cuerpo hasta que quepa el bebé y pueda salir.

—¡Ayyy! –exclamó la pequeña tapándose instintivamente con las manos el rostro–.  ¿Y sale por el pipí verdad? –agregó mientras se descubría la carita asustada.

—Sale por otro agujerito que está junto al del pipí, se llama vagina –precisó la mamá un poco divertida de observar las reacciones de la niña.

—¡Qué doloroso!

—Ya te dije que sí duele mucho, pero es sólo un rato, y cuando el bebé sale, el dolor tan fuerte se quita, y cuando ves a tu bebé, no te importa que te haya dolido, de lo bonito que se siente ver y tocar a tu hijo.

TRES DÍAS DESPUÉS

—Mami, ¿te digo una cosa?

—Dime.

—Ya vi en el libro cómo nacen los bebés y todo lo que me dijiste, y aunque duela mucho mucho, yo si voy a tener una hija, porque al cabo el dolor se quita ¿verdad?

—Sí, se quita.  Pero sólo puedes tener hijos cuando eres grande, cuando el cuerpo creció y se desarrolló, cuando ya eres una mujer.  

—¡Ya sé que cuando sea grande!  ¿Cómo cuánto dura el dolor, cómo un minuto?

—No, dura más tiempo, a veces todo el día, pero empieza de poco y luego va aumentando hasta que ya es el nacimiento.

—Y luego ya se quita, ¿verdad?

—Sí.  Duele todavía poquito unos días, pero poquito, mientras se vuelve a acomodar en el cuerpo todo lo que se movió y estiró para que el bebé naciera.

—¡Entonces sí, voy a tener a mi hija cuando crezca! –expresó la niñita muy convencida, aunque unos segundos después su carita se puso seria y preguntó precavida– ¿Pero dijiste que no me tengo que casar verdad?

—No, si no quieres no.

—Es que todas mis amigas me dicen que sí me tengo que casar y yo no quiero…y no quiero hacer una boda, ¡no quiero! –dijo levantando la voz y con un gesto de decisión en el rostro.

—No tienes que hacer nada de eso, ya te dije, ni siquiera vivir con el papá.

—Bueno, tú diles eso a las niñas cuando me molesten con lo de la boda.

—Sí yo les digo –la tranquilizó la madre mientras sonreía divertida.

La pequeña, complacida y con una mirada soñadora, puso punto final a la conversación:

—¡Quiero que sea una hija, porque quiero que sea igual a mí!

Flor García Rufino

(10 de marzo de 1975), es originaria de Chihuahua, México.  Estudió la licenciatura en Ciencias de la Información de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Chihuahua.  Es coautora de la biografía Nellie Campobello. Mujer de manos rojas. 

Vuelos

Por Marta Teresita Tarifa Falcón

MARIPOSAS

Con su paleta de colores

pintan el arco iris, 

los pétalos de la primavera, 

las gotas de lluvia cuando besan al sol, 

los tonos rosáceos y violetas del crepúsculo.

Luego se maquillan unas a otras 

y salen juntas de paseo.

PRIMAVERA

La primavera se anuncia

con vuelos de mariposas

y una fragancia de rosas 

en el aire la denuncia.

El Sol sus rayos pronuncia.

La tierra viste de verde.

El cielo sus grises pierde.

Todo es música y canción.

Una alegría muy suave

con el trino de algún ave

nos renueva la ilusión.

Lluvia

Viene la nube.

Llega a mi cuento.

La fresca lluvia.

El rudo viento.

¿Vendrán de veras?

¿Será un invento?

LA PROMESA

Por Santiago Garcés Moncada

Recuerdo aquella fiesta familiar en casa de los abuelos, mis tíos y sus familias habían venido desde todas partes de la ciudad a celebrar el día del padre, aprovechando para homenajear los setenta años que había cumplido el abuelo Juan hacía poco.

Todos en la familia estaban ya muy grandes, mis tíos entraban resignados a los cincuenta y mis primos ya tenían más de quince y se vestían muy diferente a como yo lo recordaba, ya no querían jugar conmigo, según ellos ya no estaban para juegos de niños de ocho años y aseguraban que aún me faltaba mucho para hablar de asuntos de niños grandes.

Me la pasé muy aburrido, sentado junto a la mesa sin nada que pudiera hacer, lo único que me mantenía distraído era comer de aquellos pasabocas de limón y tomar vasitos de gaseosa. Todos hablaban a mi alrededor sobre temas que no me importaban, comentaban lo difícil del trabajo, lo aplicados en el estudio que eran sus hijos o lo rico que habían pasado en sus vacaciones pasadas, traería algún juguete para la próxima para no tener que volver a pasar por esa soledad.

Mi mamá no quiso prestarme su celular para jugar y aunque estaba algo molesto por eso sabía que no debía hacer un berrinche, a ella no le gustaba que hiciera dramas en público y yo no quería llegar castigado a la casa, así que tan solo me quedé en silencio, tomando otro pasaboca sin mucho ánimo. La abuela me miraba constantemente, todos los niños se habían ido al balcón a hablar de niñas y yo no era bienvenido, tenían cerrada la reja. Ella volvió a mirarme y me sonrió, se levantó llamándome con la mirada, fui tras ella caminando despacio aún dudoso, cuando la alcancé me tomó de la mano en el corredor donde nadie nos veía y me llevó a su habitación, revisó en un bolso de cuero que sacó del armario pero al parecer no encontró lo que buscaba allí, así que tomo de la silla un pantalón elegante y sacó una billetera café.

Era la primera vez que la abuela me daba un billete de los grandes, me dijo que era para que me comprara un juguete al volver a casa, y en especial para que fuera por un helado y dejara de estar tan aburrido, la única condición fue que tenía que prometerle que no le diría a nadie.

Ella salió primero y se dirigió a la cocina, yo salí después y volví a la fiesta para pedir permiso de ir por un helado. En el corredor me encontré con el abuelo, apreté con fuerza el billete en mi mano y solo le sonreí sin decirle nada, cuando llegué a la sala más contento  todos lo notaron, mi mamá me llamó para abrazarme al verme tan feliz, pero su cara sonriente cambió por una cara curiosa al verme apretar la mano con fuerza.

El abuelo regresó y se sentó en el sofá, mi madre me preguntó por lo que tenía en mi mano y yo me asusté mucho, no podía decirle, se lo había prometido a la abuela. Ella trató de hacerme abrir la mano al no encontrar respuesta y ver mi cara de pavor, traté de resistirme pero sin mucho esfuerzo logró abrirme la mano y el billete arrugado cayó al suelo.

—¿De dónde sacaste ese billete?—, me dijo con seriedad y algo de enojo. No sabía qué responder, le hice saber, bajando la voz, que no podía decirle cómo lo había obtenido y ella se quedó en silencio.

Todo el mundo calló al escuchar a mi madre, y disimuladamente comenzaron a hurgar en sus bolsillos. Me sentí horrible, sus ojos me juzgaban, el abuelo pareció dudar de algo y se marchó rápidamente, al regresar con el pantalón en el hombro y la billetera en la mano dijo: —¡Ese billete es mío, me hace falta en la billetera!—, y mi rostro de asombro fue suficiente prueba.

Todos seguían mirándome, mi mamá tenía la cara roja de la vergüenza, le entregó el billete a mi abuelo y me tomó del brazo, me levantó, jaló con una mano hasta estar cerca de ella y con la palma de la otra me golpeó los brazos con fuerza.

—Pa-ra – que – a-pren-da – a – no – co-ger – lo – que – no – es – su-yo—, decía mientras me golpeaba, una palmada por cada sílaba del regaño. Comencé a llorar cuando paró, me sentó bruscamente en una silla a su lado, y me dijo que en la casa definiría el castigo que me había ganado.

La abuela escuchó la algarabía desde la cocina y se apresuró a llevar los primeros platos para ver qué pasaba, los puso sobre la mesa y me vio llorando en la silla, se me acercó y se arrodilló, sus ojos quedaron a la altura de mi rostro pero yo no quería mirarla, me habían golpeado por su culpa.

—¿Qué le pasó a mi niño?—, dijo la abuela algo triste.

—Pasó que tuve que darle unas palmadas para que aprendiera a no coger las cosas ajenas—, la abuela no entendía muy bien lo que había escuchado y mi madre lo notó, así que continuó contándole lo ocurrido, —lo que pasa es que le encontré un billete muy grande y no me quiso decir de dónde lo sacó, pero al final resultó que era del abuelo, se lo había sacado de la billetera—

La abuela se acercó a mí y me tomó en sus brazos cargado. —¡Yo le di ese billete!—,  gritó muy enojada, —se lo di para que no estuviera tan triste…—

A mi mamá no le gustó el grito y le respondió también con tono agresivo: —Entonces, ¿por qué no me dijo que se lo diste tú?—, en ese momento abracé a la abuela con fuerza, ella miró a los niños en el balcón y luego volvió la mirada. —Como no tenía para todos yo le hice prometer que no le diría a nadie que yo se lo di—, mi madre se calló, la abuela miró al abuelo extendiendo su mano con enojo, él, cabizbajo, puso el billete en la mano de la abuela, su dinero había sido dinero de ambos desde siempre, así se lo había prometido desde que se casaron y está vez no sería distinto.

La abuela me devolvió el billete poniéndolo en mi bolsillo, pero yo seguía triste sentado junto a la mesa. Sirvió los platos que faltaban y a mí me dio el postre más grande, pero apenas y probé bocado, la fiesta duró poco después de eso, los tíos se fueron despidiendo de los abuelos y mis primos ni siquiera me dijeron adiós, seguro estaban celosos por el regalo de la abuela. Cuando comenzaron a irse, todos los adultos me llamaban a un lado y me regalaban algo de dinero, se les notaba la culpa en la cara, sabía que no lo hacían con gusto, solo era una forma de pedir perdón, pero así me dieran dinero no cambiaría el hecho de que en su mirada fui juzgado y humillado como si fuera un vil ladrón.

Santiago Garcés Moncada

Nació en Itagüí el 3 de junio de 1999,  ha sido galardonado en diferentes concursos nacionales e internacionales, resaltando que ganó el primer lugar en el primer y el tercer Premio municipal de poesía y cuento corto de Itagüí (2018 y 2020), siendo co-autor de los libros con las obras ganadoras de estos certámenes, es co-autor del libro “Deshielos de tinta” (2019), su cuento fue publicado en “Medellín en 100 palabras” (2019), participó del Festival internacional de poesía de Medellín como poeta del territorio (2018 y 2019). Abriéndose fronteras fue seleccionado para publicar sus cuentos y poemas en diferentes medios de Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Estados Unidos y México (2019-2021), participó de la antología de cuentos “Antes del 2020” publicada por la editorial mexicana DINKreaders. Actualmente estudia ingeniería electrónica en la Universidad de Antioquia, es miembro del taller literario Letra-Tinta y es cronista de la revista Bohemia.

Tres poemas de Irlanda Asunción Hernández Sosa

BAILO CON EL CORAZÓN EN EL MAR

Hoy nada me detiene,

el sueño es verdadero.

Es el viento que me hace girar,

 a la luz de la luna que me refleja

a donde voy  y  acompaña mis sueños.

Bailo con el corazón en el mar,

las olas bailarinas me ayudan,

su corazón y el mío son estrellas que danzan

 bajo la luz de la luna.

Soy una sirena porque mis sueños se hacen realidad.

MI PRIMAVERA

La primavera a llegado,

las flores están en los árboles,

entre muchas mariposas

busco mi pequeña flor.

  LA LAGUNA EN EL CIELO

El cielo azul del mar,

es el azul de mi laguna.

Un gato navega con sus hermosas garras,

es una nube, que atraviesa el firmamento

Mi laguna brilla, esplendorosa

y se refleja en el cielo,

los rayos del sol acompañan este edén,

mientras mi gato contempla extasiado tan belleza.

                         Es la laguna en el cielo.

IRLANDA ASUNCION HERNANDEZ SOSA

Irlanda Asunción  Hernández Sosa  tiene 10 años  es de Bacalar Q. Roo, estudia en la escuela  Rafael Ramírez Castañeda, le gusta escribir poesía  y cuentos. 

Su  gusto por la poesía  empezó  a los  4 años  de edad al acompañar a su hermana  a los  talleres  donde participaba, como no sabía escribir  le dictaba  a la hermana los poemas , actualmente forma parte del taller literario  Sian-Kan que dirige  el maestro Ramón  Iván Suarez Camal que escribió el himno a Q Roo.

También ha tomado talleres  de cuento actualmente algunos de sus cuentos  son leídos  en la radio de la Casa de la Cultura  de Quito Ecuador en el programa  Ritmo cuentos . De igual manera  participó en el taller Pequeños  Imaginarios del cual se creó una  antología donde participa con su cuento “Los animales superhéroes”

TRES POEMAS DE José de Jesús Camacho Medina

Anticipación Al Futuro

Alguna vez la arena habrá de cubrirlo todo, no habrá conjuro para la borrasca que traerá consigo silencio y ceniza.

Quisiera decir que la luz
no se desvanecerá del cielo, y que la columna será inmutable ante el tiempo porque perpetuo es su perdón, que mi verbo será un eco resonando en la concha del por siempre, porque soy perenne, eterno; morador indeleble de la cúspide.

Pero alguna vez mi voz no bastará;
seré un fragmento atravesando los umbrales, una roca varada entre los siglos,
un brillo que no tarda en volverse obscuridad.

Seré parte de ese polvo que lo cubrirá todo, durante años y centurias,
para luego,
aspirar a ser de nuevo:


columna.

Si Llega La Noche

Cuando llega la noche
no marcho despavorido
tampoco
desvanezco mis pasos
mi rúbrica es un gorrión
intentando rasgar las tinieblas,
una mariposa con impermeabilizante para sus alas; cuando la lluvia no tiene remedio.

Intuyendo Al Universo

En días plomizos suelo caminar por los pasillos más solitarios
donde subyacen teorías; que me regurgitan esta realidad.

A veces el universo me parece un espectro superfluo, un sofisma invisible,
un montaje con aspiraciones de real.

Mis sueños son extraños como las bifurcaciones del destino
y no siempre distingo entre existencia y fantasía.

A veces, también, me es evidente
que a un guiño le cabe eternidad, y que la verdad se oculta tras las apariencias de este mundo postizo.

Me dicen osado por buscar anomalías en el aire, por intuir cosas lejanas, pero después de todo, quizás Dios esté viendo mi tesis y lo haga sonriente por detrás de una ventana.

José de Jesús Camacho Medina

 Fresnillo, Zacatecas, México (1984).

           Profesor de Matemáticas, Ingeniero, Divulgador Científico. Es poeta. Ha publicado en diversas revistas de literatura: Fábula, Monolito, Sinestesia, Íkaro, De sur a sur: Poesía y Artes Literarias, Cisne, El Guardatextos, Efecto Antabus, Piedra de Sol, El Ojo De Uk, Free Lit Magazine, Tipealia, Poesía-Recitada, Poetalia, Almas Divergentes, La Poesía Alcanza Para Todos, Alcorcon, Mis Repoelas, Espacio Ulises, Desencuentro, Poesía Matemática, Cuentos y Leyendas de Fresnillo, Barrios Aledaños Al Refugio, Poemas del Alma, Poematrix, Poémame y Teoría Omicrón. Es autor de la antología virtual de Compositores y Poetas Fresnillenses (2017) y autor del poemario: “Las Mariposas Esconden Dioses Bajo Sus Alas”(2020, Ebook: Amazon Kindle & Google Play). Escribe artículos académicos y de divulgación científica para diversos espacios y revistas: MasScience, Fraxinus, Acerca-Ciencia y Vinculando. Dirige el grupo Poetas de Plata (Desde 2017), y la revista digital de poesía: “Poetas de Plata”(2020). Es ganador de los concursos de poesía XXIV (marzo, 2019) y XXVII (diciembre, 2019) con las temáticas: “Futuro” y “Cuando llega la noche” de la Red de Poetas: SoyPoeta.com.

Ariché

Por Sarhay Algravez Espinoza

Bajo la espesa opacidad del cielo, entre los pinos, por entre las piedras, haciendo tronar las ramas secas, se escucha el paso veloz de Ariché. Lleva consigo la tierra curtida pegada a los talones y la punta de sus dedos. Arrastra su invisible sombra entre las capas de falda ahora ensangrentadas. La niña no llora. La niña no grita. Ella sólo corre, sólo corre. 

La noche la arrastró hasta la carretera, tan silenciosa que su respirar agitado se escucha a kilómetros, y los conductores nocturnos la creen fantasma. Apoya las manos sobre sus rodillas y encorva la espalda, el aire no es suficiente en el abismo.  Dos horas le tomará llegar a Norogachi, otra hora más encontrar a alguien. Tiene que regresar antes del amanecer.

Sigue la línea de la carretera, pero desde las hierbas como los coyotes, por eso cuando corre no se le ve, sólo se le escucha. Va susurrando alguna canción para aguantar el paso, para mantenerse en el camino. Para llegar.

Fue durante la noche más larga, cuando la música del cerro y del río cesó; no hubiera escuchado el canto de Ariché del otro lado de la puerta si no hubiese sido así. Me despertó el silencio, más no temí, si algo he aprendido de los hombres y mujeres de la Sierra Tarahumara, es a enfrentar el silencio como se enfrenta a la muerte. Hay un silencio aplastante entre quien está muriendo y el que nace, tan espeso, tan impactante, que el todo se detienen para escucharlo. 

Vengo desde la matriz de la tierra

en donde me espera mi madre.

Vengo desde el corazón del cerro

desde donde llora un niño.

Acelera el paso para subir por los pinos,

déjate guiar por mis pies desnudos 

que la sangre de mi cuerpo te marque el camino.

Allá en la cima nace un niño,

allá en la cima muere la madre. 

Si volviera otro día, a la misma hora, no podría seguir sobre los pasos dados aquella noche, no podría decir desde donde regresé. Pero el sonido de la corredora me infiltró por la celosa sierra, como si yo mismo fuese la tierra que levantaban sus pies; mientras mi andar inexperto tropezaba con mis ansias. Me dejé guiar por un sentimiento de urgencia. Conforme avanzamos nos fue alcanzando la mañana y el silencio agotador comenzaba a perderse bajo el augurio del gorrión.

Como si todo el tiempo hubiese seguido a un espectro, apenas vislumbraba entre el claro de la mañana los colores del dobladillo de una falda, la figura se fue desdibujando como recuerdo de hoguera. El camino terminó ante una puerta abierta, donde desde dentro me aclamaba el eco de un llanto ya disperso. Un calor de lucha envolvía la habitación y se podía respirar el aliento de la chicura. 

Me ha traído el viento, le dije a la madre. Lo ha traído Ariché, doctor. Ella es quien ayuda a las que mal paren. Mi towi no estaba bien acomodado y no podía salir, así que le pedí a Ariché que me ayudara, no piense mal, que no es una santa, ni un alma en pena, es la procreadora de todos nosotros, la tierra fértil.

Al atardecer, la mukira me mostró cómo enterrar la placenta, purificar la tierra y devolver el favor. Desde entonces cada que el silencio se torna insoportable espero junto a la carretera, para escuchar de nuevo el canto de Ariché. 

Sarhay Algravez Espinoza

Originaria de la ciudad de Chihuahua. Es licenciada en Teatro por la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha dirigido: El general (Permanente de teatro Facultad de Artes, UACH 2019) Insomnes (FAN 2020, Permanente de teatro Facultad de Artes, UACH, Red de teatros, Panorama Arte, Foro Cuatro) Cuando seamos artistas (Muestra Municipal de Teatro 2018, Permanente de Teatro, Facultad de Artes, 2016) Nosotros, (Teatro 7 Lurvik, segunda temporada 2017), todas de su autoría. Ópera La cenicienta (Temporada OSUACH 2017), Dios (Festival de Facultad de Artes, 2015), participó como directora de escena en las óperas Los cuentos de Hoffmann, La cenerentola (Taller de la ópera, Facultad de Artes, 2016). Participó en el Taller Emergencia Escénica (Javier Díaz Dalannais 2019) Técnica Alexander (Claudia Montero 2018), dirección de Marcelo Mangone (2017), De la mesa al escenario (Víctor Parra 2017), Taller de Clown (Javier López Ríos 2016), Teatro musical (Mario Cortés 2016). Como actriz participa en la obra Insomnes (CONTRAPESO TEATRO 2019) El Face que todos usamos (Colectivo La grilla, 2017), en la obra Apoplejía de los héroes, (2016) bajo la dirección de Raúl Valles. Ha trabajado como asistente de arte en la ópera prima La paloma y el lobo (CUEC, Carlos Lenin, 2018) y en la realización de cortometrajes en la Ciudad de México y la ciudad de Chihuahua.   En radio participó en la radio leyenda La leyenda de la planchada (Radio Arte 2018/PACMYC), como locutora en Enlace con el arte (Facultad de Artes/RU 2016-19), así como en la estación Radio Efímera (FONCA 2013). Participó como tallerista (Actuación para el canto) en el Primer Encuentro Nacional de canto, Parral 2018.

Actualmente funge como Editora de la revista digital CONTRAPESO Teatro y como fundadora productora/directora del Colectivo CONTRAPESO Teatro.

TERESITA

Por Miriam Marlem Saucedo Alonso

En cada pueblo hay una mujer a la que alguna vez se le ha acusado de brujería, tal era el caso de una vieja mujer que vivía en un pueblo olvidado de Chalchihuites y a quien siempre se le atribuyó el mal de ojo. Se llamaba Micaela, el apellido lo olvidé con el paso de los años, pero su rostro era inconfundible: moreno, cejas espesas y oscuras, nariz chata, labios largos y delgados, sus dientes amarillos y chuecos. Sus ojos… ¿Cómo describirlos?… Quizá parecidos a los de un coyote… Casi naranjas… Sí, así eran, un par de aros matutinos. 

Recuerdo que tenía una voz pastosa que arrastraba las palabras y siempre cambiaba el tono para resaltar alguna frase. Viene, también, a mi memoria ese rebozo que nunca se quitaba: corto, de un color oscuro, tal vez sería negro o azul marino; siempre lo usaba para cubrirse la cabeza y de paso ese negro y lacio cabello grasiento que tenía.

-Bien, y ¿a qué viene tanto detalle hija?

Es indispensable que yo le cuente Padre. Como se imaginará, Micaela era una mujer fea, ella parecía una persona bondadosa y sencilla, pero creo que tenía el alma podrida.

En aquel tiempo yo era una maestra de una escuela primaria, daba clases de tercer año y mi marido de sexto. Ninguno de los dos, como bien sabe, éramos de allí, él era de Durango y yo de aquí. No teníamos ningún amigo en aquel pueblo que maldito por tres veces sea.

-Que el Señor no lo quiera… Hija ¿por qué dices esas cosas?

Padre, déjeme continuar… Como sabe, en los pueblos, los maestros siempre estamos rodeados de gente, padres de familia por lo general, porque somos una figura importante para la comunidad, somos quienes llevan el conocimiento a las jóvenes mentes, el camino iniciático por el que, tal vez, una chiquilla polvosa llegue a ser doctora, abogada o maestra; por lo cual, las personas del pueblo nos dan su respeto y confianza. Así que no resulta raro que un día, mientras compraba lo de la comida en el tianguis que se ponía cada sábado, la esposa del carnicero me platicara una serie de chismes sobre las mamás de otros compañeritos de su hijo, nada realmente interesante, sin embargo, me llamó la atención que mencionara a una anciana que sólo había visto al salir de misa. Me contó que doña Micaela le había dicho que su cabello era muy bonito, por mucho el mejor cuidado de toda la zona, todo esto en el momento que tomaba un mechón de su rubia cabellera, doña Isabel añadió que desde entonces sentía cada hebra de pelo como una aguja enterrada en su cuero cabelludo, que había noches que no podía dormir por el dolor. Ella creía que todo era por culpa de esa señora. Yo, totalmente segura, le dije que eso no podía ser porque esas cosas no pasan y que lo más probable es que sólo fuera una migraña. Le aconsejé a doña Isabel que fuera a visitar al médico del pueblo. La mujer me miró como si no creyera lo que acababa de decirle y sólo respondió: 

“-Dios la oiga y que sólo sea eso, pero por si acaso haré lo que doña Lupita, a ella, la Micaela le dijo que si su perro no sería malo por ser negro y al día siguiente el animal se enfermó y casi se le muere a la pobre doña Lupita, no más que buscó a la Micaela y le dijo que si podía hacerle el favor de limpiarle a su perrito con algo suyo, como las limpias con pirul, para que se le curara su animalito, la Micaela fue a limpiar al perro y ¡santo remedio! Se le curó ese mismo día.”

De inmediato me sentí intrigada porque esa mujer dijo que el mal de ojo que echaba la señora Micaela era tan fuerte que sólo podía quitarse con una limpia como la del perro, según se decía. A pesar de los comentarios, yo no lo creía, simplemente no podía, eso era imposible.

Algunos días más tarde volví a ver a doña Isabel dijo que Micaela la había limpiado con su rebozo y que fue el modo en que se le quitó el dolor. Le seguí la corriente pero sin ponerle mucha atención. Le comenté aquello a mi marido y él me dijo que esos chismes eran puras supersticiones de la gente. Dijo que no podía creer que yo comentara esas cosas. No volví a tocar el tema…

…Hasta una calurosa tarde, cuando estaba lavando ropa en el patio, le había puesto un cazo con agua a Rodriguito y a mi niñita la dejé acostadita en su canasta bajo la sombra de mi granado. Rodriguito jugaba a gusto, reía y chapoteaba, mientras su hermanita dormía tranquilamente. El sol brillaba como nunca y el calor era abochornante. Jesús salió al patio para decirme que me buscaba una señora, pero ella ya estaba ahí, preguntaba si no tenía tantito chile mirasol que le regalara, le dije que sí, que ahorita se los ponía. Me sequé las manos y fui a buscar el costal del chile. Le puse unos cuantos en una bolsa de camiseta y se la di a Micaela. Me dio las gracias, se acomodó el rebozo y miró a mi niño que seguía jugando en el agua, después a mi bebita. Se acercó a la canasta de mi chiquita, le acarició su cabecita y dijo:

“-¡Qué bonita! Ojalá no te nos vayas a morir pronto y dures mucho tiempo, pa’que le des nietos bonitos a tu mamá.” Lo que dijo sonó a sarcasmo, le sonrió maliciosamente a mi bebé y se fue. 

Apenas cerré la puerta y mi chiquita empezó a llorar y a arder en fiebre, Rodriguito también lloraba pero sólo de ver a su hermanita a la llore y llore. Con nada le podía bajar la temperatura por lo que pronto fui a buscar al doctor Rodríguez, pero estaba. Se había ido a atender a don no sé quién y no iba a volver hasta en la noche. Me sentía impotente. La vecina me preguntó si mi hija ya estaba bautizada y que, si no, me diera prisa, por si acaso. Tomé mal el comentario, sin embargo, lo creí oportuno porque es lo que una siempre escucha decir a la gente mayor cuando los bebés se enferman de gravedad. Le hice caso y fui a buscar a doña Juventina, a su esposo don Carmelo y al Padre Ramiro, para que bautizaran a mi niña. La llamamos Teresa.

Por la premura de todo, en menos de una hora ya volvíamos de la iglesia y llegamos a la casa del doctor Rodríguez para esperarlo ahí por si volvía antes. Doña Herminia, esposa del médico, viendo mi desesperación dijo que ella era buena como curandera y que atendía gente cuando su marido no estaba, a pesar de la incredulidad de Jesús, mi esposo, dejamos que lo intentara, pero todo resultaba inútil. Mi desesperación crecía y crecía, pensé que tal vez el relato de doña Isabel era cierto, que Micaela le había hecho mal de ojo a mi bebita y que a lo mejor una limpia podía funcionar y curarla.

Le pregunté a doña Herminia que, si sabía hacer limpias, respondió que sí y rápido fue a la cocina por un huevo, acosté a mi bebé en la cama. Pronto, doña Herminia estaba haciéndole la cruz en la frente, con el huevo y un rosario en la mano, recitó los tres credos y rezó: -Creo en Dios padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra… Padre nuestro que estás en el cielo… Ave María ruega por nosotros… Santa María madre de Dios… Rompió el huevo y lo vació en un vaso con agua. La yema estaba roja y apestaba a podrido, mi marido dijo que olía a azufre… La cara de doña Herminia se desfiguró, como si hubiese visto algo aterrador en ese recipiente, no dijo nada, pero sabíamos es que era un mal augurio y muy a pesar de nuestras incredulidades, desesperados, fuimos a buscar a Micaela y no apareció por ningún lado. 

Regresamos desconsolados a casa. Tomé en brazos a mi bebita, quien ya no berreaba sino que estaba en una extraña quietud, la mecí y le canté una canción sobre pajarillos. La sentía como una braza contra mi pecho. La miraba toda colorada. Mis lágrimas silenciosas le mojaban el pañuelo ya seco de su frente. No pude cantar más. Ella me miró con sus ojitos negros como preguntando qué le estaba pasando. Me sonrió, como quien dice “no te preocupes” y sus ojos comenzaron a cerrarse, una pequeña gotita rodó y se extinguió en su mejilla y exhaló… 

Murió con una sonrisita, sí, ella murió en mis brazos ¡mi hijita!: inocente, pequeña y frágil. Estoy segura de que mi llanto pudo escucharse hasta el más lejano rincón del pueblo.

-Pero… ¿A qué viene esta historia hija? No entiendo a dónde quieres llegar.

Padre, debo confesar mis pecados.

-Sufrir una perdida no es un pecado. La María sufrió cuando su vástago fue crucificado…

No Padre, mi pecado es el asesinato. Yo… Yo… Yo maté a Micaela. Cuando por fin encontré a esa vieja bruja, le enredé ese maldito rebozo en el cuello hasta que dejó de respirar, su piel se amorató y los ojos se saltaron de sus cuencas.

-La María que purísima dicen que fue te ayude, hija.

Micaela no me negó su crimen y, aun antes de morir, con su último aliento me maldijo: afirmó que yo jamás volvería a parir un ser vivo. No lo creí, pero aquí estoy, más seca que el río de Arroyo de en medio. 

A los pocos meses de mi crimen, mi marido se accidentó y murió. Los paramédicos dijeron que sus últimas palabras fueron: “-Ella nos observa, cuídate… ojos…”

Al principio no le encontré sentido, después creí que se refería a que mi pequeña fallecida que nos cuidaba del mal… Pero… Después lo supe… Esos inconfundibles ojos animalescos brillando en la oscuridad, que me observan a lo lejos y entre las sombras, están por todos lados.

Rodriguito dice que estoy loca que no cree nada de eso, que seguro fue muerte de cuna y yo se lo atribuyo a brujería, pero él era tan pequeño, no se acuerda.

-Siempre creí que era mucho mayor que aquella niña bonita, es una lástima que no haya sido agraciado de ninguna manera, de haberlo sido también se lo hubiese ofrecido a mi Señor.

Respondió una conocida voz pastosa que resaltaba las palabras “niña bonita”. Ángeles, quien se encontraba con la cabeza agachada, en señal de arrepentimiento, levantó la mirada hacía la ventanilla del confesionario y allí, en la penumbra, estaban los ojos que la perseguían, ese par de refulgentes llamas que penetraban en los traslucidos ojos de doña Ángeles, quemando desde la oscuridad el alma de la anciana mujer que confesaba por primera vez su culpa y su dolor.

Miriam Marlem Saucedo Alonso

Miriam Saucedo es una cuentista aficionada y Licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas, hizo los diplomados en Literatura europea contemporánea por el INBA y en Metodología para la enseñanza del idioma ruso como lengua extranjera por la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos (RUDN). Actualmente estudia la Maestría en Investigaciones humanísticas y educativas (UAZ).

Nada importante

Por Mariana Reskala

Despierta. O ya voy en camino. No recuerdo bien las palabras en el mensaje de Olivia, fue algo parecido a: «Te he estado llamando y no contestas. No puedo creer que sigas dormida. Te veo en veinte minutos afuera de tu casa». Vi el reloj que estaba sobre mi buró para confirmar la hora. Estaba descompuesto. Las cortinas de mi cuarto estaban cerradas y era difícil adivinar la hora de esa manera. Miré por un rato las paredes de mi cuarto. Estaban impecables. Las paredes de mi cuarto son iguales a todas las paredes de los cuartos de las casas en este condominio de clase media en el que vivo con mis papás. Al igual que en todos los condominios de clase media de esta colonia y de esta ciudad. 

A lo lejos empecé a escuchar a mi mamá quejarse y gritar por toda la casa, aventando la decoración de su cuarto hacia las paredes, como es su costumbre. Gracias a la actitud de mi madre, supuse que eran alrededor de las nueve o diez de la noche. Minutos después, mi mamá entró a mi cuarto. Tenía la cara hinchada, su olor era desagradable, su camisa estaba desabotonada, no traía zapatos y enunciaba un montón de cosas sin sentido, no sin antes decir: «En lugar de estar acostada todo el día, deberías defenderme. Un día me voy a ir de esta casa. No sé que vas a hacer sin mí. No sirves para nada. Eres un parásito». Siguió enunciando más frases, ahora eran en contra de mi papá. Prendí la televisión, recorrí los quinientos canales, no había nada que llamara mi atención. Mi mamá seguía vociferando. Al sentirse ignorada, se salió. El control se quedó sin pilas. Me quedé viendo un canal de cocina que conducía un chef chino o japonés. 

La voz del chef me empezó a adormilar de nuevo entre mis cobijas y la envoltura de comida chatarra que había comido hace un par de días. Mi celular sonó, era Olivia. No contesté. Intenté volver a dormir. Volvió a llamar Olivia, apagué el teléfono. Me cubrí la cara con las cobijas y dormí. Después de veinte o treinta minutos, Olivia entró hasta mi cuarto. Apagó la televisión de manera manual. Me quitó las cobijas y empezó a hablar sin parar con su voz aguda y chillona. Prendí mi celular, vi unos cuantos mensajes que tenía sin leer, intenté componer el control de la televisión y me amarré el cabello en un chongo. 

No pude componer el control de la tele. Al momento en que Olivia guardó silencio después de emitir una serie de regaños hacia mi persona, que la verdad ignoré, me dijo: «Vámonos, ya es hora». Cómo Olivia no se iba a ir de mi casa y la televisión se había atascado en un sólo canal, me levanté de la cama. Tomé una chamarra que estaba tirada en el piso y aprovechando que dormí con la ropa puesta, salí de casa sin necesidad de cambiarme.  

Nos subimos al auto. No dije mucho. Recliné el asiento, bajé la ventana y observé las luces de la ciudad mientras escuchábamos The Strokes, o tal vez eran los Artic Monkeys. No sé. Durante todo el camino Olivia me platicó todos los problemas que tuvo en el día y necesitaba desahogar. No le puse atención, de vez en cuando emitía frases cómo: «Sí. No. No sé». Olivia era una de las personas que conocía desde que éramos niñas y que al igual que todos, siempre en algún momento me decía frases cómo: «Deberías de hacer algo con tu vida. Estás desperdiciando tu talento, tu juventud». Cruzamos la mitad de la ciudad en su coche hasta llegar al centro . Cuándo estábamos a punto de llegar a un estacionamiento público, tomó una blusa de su bolsa y dijo: «Póntela. Apestas». Cómo no tenía ganas de discutir y Olivia es experta en discusiones, me la puse. 

Llegamos a un lugar que se me hacía conocido. Seguro ya habíamos estado ahí antes. Era una especie de bodega muy grande, con los muros de ladrillos decorados por fotografías y cuadros de pintura, la mayoría de desnudos femeninos. La luz era tenue, costaba trabajo distinguir los cuerpos que había en aquel lugar. Había miles de personas jóvenes en plena euforia. No estaba segura si era miércoles o jueves. Nunca he distinguido la diferencia entre los días, para mí todos son iguales. Olivia empezó a saludar a todo el mundo. Me dio  sed. Me dirigí a la barra. Tenía calor. Antes de decir algo el bar-tender sonrió y dijo: «Sólo tenemos la bebida de la casa. Después de las doce venderemos más bebidas». La sirvió. La bebí hasta el fondo sin saber qué era. Su sabor no era tan desagradable como creía, tenía un ligero sabor a cítricos, así que pedí otra. Y otra. 

La barra se empezó a saturar de gente. Caminé por todo el lugar buscando a Olivia. Entre las luces, el humo y el zumbido que sentía en todo el cuerpo por la música, una silueta me jaló. No puse resistencia. No podía distinguir quién era, si se trataba de Olivia o de algún hombre o alguna mujer desconocida. Cuando mi vista se aclaró entre el humo, me di cuenta que se trataba de un hombre joven, tendría más o menos mi edad, unos veinticuatro. Tenía una figura espigada y pómulos marcados. Parecía uno de esos modelos que anuncian ropa de marcas alternativas e innovadoras para jóvenes. Sería un hombre por el que Olivia seguro se sentiría atraída. A mí la verdad me parecía igual que todos. 

Bailamos durante horas. Sin decirle nada comencé a buscar a Olivia, al no encontrarla salí del lugar. Tampoco estaba afuera. Traté de llamarla, pero mi celular se había quedado sin pila. Busqué mi cartera dentro de la bolsa de mi chamarra y no estaba. Lo más seguro es que la había dejado en la barra. Le pedí un cigarro a una chica de cabello rubio que estaba justo en la entrada y empecé a fumar. El tipo con quien estaba salió a los pocos minutos y dijo: «De repente te perdí. No sabía en dónde estabas. ¿Todo está bien?». Asentí con la cabeza y comencé a caminar en dirección a mi casa. El tipo me siguió diciendo: «¿A dónde vas? ¿Necesitas que te lleve?». Respondí: «Si quieres». Caminamos hacia dónde estaba su carro. «Me llamo Carlos», me dijo. Creo que sí se llamaba así. O Daniel. Da igual, los dos son nombres masculinos y genéricos. Para fines prácticos lo llamaré Carlos.  Llegamos a su coche. Era muy evidente que su automóvil había sido un regalo de alguno de sus padres por haber entrado a la universidad o por haber egresado. Alguno de esos logros mediocres que la gente celebra. Nos subimos a el. Tomé otro cigarro que estaba sobre mi asiento. Lo prendí. Carlos me platicaba cada una de sus teorías sobre la humanidad y la existencia, creo que había estudiado filosofía o tal vez ciencias políticas. Alguna carrera que no le había permitido encontrar un trabajo y seguía siendo dependiente de sus padres. 

Llegamos a mi casa. Carlos estaba nervioso. Le temblaban las manos y tenía un ligero tartamudeo al hablar. No sabía de qué manera comportarse. Yo tenía hambre. Bajé del coche rápido sin despedirme y él me siguió hasta la cocina de mi casa. Abrí el refrigerador. Carlos tartamudeaba y decía cosas que seguro había leído de un libro o había escuchado en alguna entrevista de algún filosofo. Tomé el litro de leche que estaba en el refrigerador y lo bebí hasta la mitad, acompañado de una rebanada fría de pizza que había sobrado del fin de semana pasado. El no quiso nada de comer. Subimos las escaleras al piso en donde se encuentran las recámaras. La luz del pasillo seguía encendida y Carlos no sabía qué hacer. Le dije: «Puedes entrar. Espérame ahí un rato. No me tardo». Fui a la habitación de mis papás. Entré. Era obvio que habían tomado una serie de narcóticos los cuales los habían tumbado y hacían que durmieran como dos bebés. Tenían la televisión y la luz del cuarto encendida. Mi papá se había quedado dormido con un libro en las manos y mi mamá dormía con la cabeza chueca y los puños apretados. Salí del cuarto. 

Entré a mi habitación, Carlos observaba cada fotografía y decorado que había en él y dijo: «Me gusta tu cuarto. Tiene un aire aniñado». Tenía razón, desde la preparatoria había dejado de re decorar mi cuarto. Suspiré y nos quedamos viendo en silencio. Lo besé. Lo hice no porque lo deseara, sino porque supuse que era lo que se tiene que hacer cuándo hay una persona del sexo puesto en tu cuarto durante la madrugada. El volvió a besarme de una manera tierna y hasta se podría decir que cariñosa. No supe qué hacer. Prendí las bocinas, conecté mi Ipod y escuchamos la primera canción que se puso, era una canción de rock. La dejé. Carlos se acercó a mí y buscó una canción con música suave. Apagó la luz. Se empezó a desnudar e hice lo mismo por inercia. No pude verlo bien, ni él a mí. Tuvimos sexo mientras pensaba lo que iba a comprar por Amazon, que nueva serie en Netflix iba a ver, si le había devuelto su sudadera a mi vecina y cuál era el nombre de la canción que mi mamá tararea constantemente. Terminamos. Él se acurrucó a mi lado, mientras acariciaba mi cabello. Yo me quité, quería ver caricaturas y como aun no funcionaba el control, fui por mi computadora. 

Abrí una plataforma en línea en donde pasan las caricaturas de cuando éramos niños. Sin apagar las bocinas, puse la primera de la lista mientras platicábamos de lo que queríamos hacer. Sabemos que no somos el futuro de nuestro país, ni el futuro del mundo. No queremos ser héroes, las clases de historia nos han enseñado que eso no funciona. Preferimos ver como la vida pasa frente a nuestros ojos, ignorando el futuro, haciendo nada. Nada es lo que esperábamos. El sigue platicando y cuando se da cuenta que me ha contado lo mismo desde que nos subimos a su coche, deja de hablar. Nos quedamos en silencio un largo rato. Pude percibir su incomodidad. Escuchamos música y fumamos, tratando de reanudar una conversación que no tiene sentido. Está a punto de amanecer. Prendo otro cigarro y miro el techo tratando de acordarme de lo que tengo qué hacer, nada importante. 

Ninguno de los dos queremos que amanezca, no porque queramos estar el uno con el otrosino porque siempre es incómodo salir de la cama. Carlos toma aire para poder vestirse, yo veo las caricaturas. Cierra la ventana y se acerca a mí. Mientras lo veo, pienso que tal vez podría ser el amor de mi vida, lo más probable es que no. Se pone su sudadera y se abrocha las agujetas de sus tenis. Nos quedamos viendo sin saber qué hacer. Nos despedimos sin tocarnos y sale de mi cuarto. Vuelvo a dormir sin apagar las bocinas, ni la computadora. 

Me despierta el timbre de mi celular. Abro los ojos y busco torpemente el teléfono. Está sobre mi buró conectado del cargador. Seguro mi mamá lo puso a cargar en la mañana. En la pantalla del celular veo la hora, son las cinco de la tarde del día siguiente. Hay un mensaje sin leer que es de Olivia. Prefiero no abrirlo y vuelvo a dormir. Después de veinte o treinta minutos, Olivia entró hasta mi cuarto. Me quitó las cobijas y empezó a hablar sin parar con su voz aguda y chillona. No hago ningún contacto visual con ella, miro hacia el techo mientras pienso lo que nos espera, sé que probablemente nada. Ya ha pasado todo y hemos sobrevivido, lo peor es que seguiremos sobreviviendo y estando igual, haciendo nada esperando a que pase todo y ese todo nunca llegará.

Mariana Reskala

Egresada de la licenciatura en Teatro por la Universidad Veracruzana en el 2017, y del Máster en Guion y Dramaturgia por CasAzul en el 2020. Ha complementado su formación como dramaturga y guionista en UCLA y The Kenyon Institute. Ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Hugo Salcedo 2016, publicada por Tramoya, cuaderno de teatro, por Paso de Gato y por la revista Fron//tera Vol.2  Ha sido seleccionada para el Festival Internacional de Teatro Universitario de la UNAM (FITU 2017), el Festival Urgen Musas 2019, y para el Festival de la Joven Dramaturgia 2018 y 2020. Ha trabajado para BlueCat Screenplay Competition, en Los Ángeles, California y como coordinadora de contenido para PUNTA FINA FACTORÍA DE CONTENIDOS, en producciones para Amazon, MedioPro y HBO.