Un juego muy especial

Por Luis G Torres Bustillos

A kiss is just a kiss; a sigh is just a sigh.

Para Cori

Asistí a dos jardines de infantes distintos, en diferentes ciudades. Estudié la primaria en dos escuelas, la secundaria y la preparatoria también en dos instituciones distintas, finalmente la carrera si la hice en el mismo lugar, por fortuna. Siempre estuvimos moviéndonos de un lugar a otro, siguiendo a mi padre. La dinámica era así: Nos mudábamos de ciudad cuando eran vacaciones, para no tener que cortar un ciclo escolar mío o de mi hermano Joaquín. Llegábamos a una casa y a una escuela de emergencia y entonces al año, nos instalábamos en una casa más adecuada, más bonita y consecuentemente cambiábamos de escuela. Cuando se acababa el ciclo de primaria o secundaria, venía un nuevo cambio. De esa manera aprendí un concepto que ahora comprendo, pero en ese entonces no: no arraigarse. Si en unos meses o años hay que cambiar de amigos, de vecinos y de instituciones, pues es mejor no arraigarse demasiado, para que llegado el cambio no sea tan abrupto, tan cruel.

Aun ahora resiento los resultados de esa forma de vivir, porque a pesar de que oigo a mis amigos hablando de cómo se reúnen con su generación de la primaria, la secundara o la escuela preparatoria, yo no sé qué significado tiene esa acción, pues siempre dejé atrás a todos esos amigos y compañeros. Mis más viejas amistades son dos o tres compañeros que conservé de la época de la licenciatura, a pesar de que ya no vivo en la ciudad donde los conocí.

Mis mejores recuerdos están en la época de la primaria. Entonces vivíamos en la ciudad de Toluca y éramos una familia unida, mi papá, mi mamá Joaquín y yo. Ambos asistíamos a la escuela Anexa a la Normal, previo paso por la escuela primaria Lázaro Cárdenas que era solo para hombres. Ahí curse primer año y Joaquín el segundo. En ese entonces los niños no recibíamos explicaciones de muchas cosas, así que solo recuerdo que nos cambiaron a la Anexa. Era una escuela muy moderna, donde las nuevas teorías educativas eran probadas. Por supuesto que eso era una ganancia. Siempre teníamos maestros practicantes de visita y además los de sexto eran los elegidos para los exámenes profesionales de los futuros maestros, que consistían en un día completo de clases por el maestro sustentante, donde los alumnos gozaban de todo tipo de actividades y regalitos. La escuela tenía incorporadas muchas prácticas modernas como el que las bancas no fueran acomodadas en aburridas hileras, sino que se hacían diferentes formaciones como un cuadrado, una U, o varias isletas, cambiando según el día y las actividades a realizar. También teníamos el sistema de hoja de calificaciones. Cada alumno tenía una hoja donde anotaba su asistencia, los resultados de las tareas, pequeñas pruebas diarias y aún de los exámenes. Al final de mes, nosotros mismos participábamos en los promedios y ¡sabíamos nuestras calificaciones finales antes que nadie!

Otras políticas de la escuela era la incursión en talleres de tejido, pintura, alfarería, pero de manera muy profesional, porque todo lo que hacíamos se exponía y se vendía en una actividad de fin de semestre. Con el dinero se invertía en necesidades de la escuela, como un horno para el taller de barro. 

Los deportes también eran importantes, teníamos una serie de canchas deportivas atrás de los edificios de salones y un gran auditorio-cancha donde se jugaba basquetbol y fútbol de salón en duela, además de que ahí se realizaban las gigantes tablas gimnásticas en que participábamos cada semestre todos los alumnos.

Fui muy feliz en esos cinco años. Siempre fui un buen estudiante y peleaba tener el mejor promedio. Ese último año de primaria competí contra Alfredo, que siempre me peleaba esa distinción. Era un poco ñoño, digamos, razón por la que muchos me querían, especialmente la maestra de 6º, la Maestra Lupita Amarillas. También por la fama que tenía, varias mamás de compañero me decían, Dani ¿cuándo vas a comer a la casa con fulanito?, así por la tarde hacen la tarea juntos.

Si bien era un chico normal, feliz y despreocupado, ya se empezaban a gestar ciertas ideas en mi cabeza. Sabía que no era como todos, por detalles mínimos. No era un aficionado del futbol, ni me interesaba darme de golpes con nadie, aunque me provocaran o me insultaran. Era trabajador, animoso, pero creo que ya se notaba que era frágil y eso es muy peligroso. Si eres delicado, educado y frágil, eres el blanco de burlas y bromas de los otros.

Mi grupo de amigos lo formaban Gonzalo, que era dominante, despreocupado y mal estudiante; Aníbal, muy serio y a veces ocurrente; Manuel, un empedernido futbolista; y Jesús, el niño bonito de la clase, rubio y de buenos modales. También tenía buenas relaciones con las chicas, a pesar de que en esa edad los encuentros niño-niña son aun de pleitos y jalones de pelo. Había un grupo de niñas que me hablaban bien y con quienes trabajaba algunas tareas y trabajos extraescolares: Diana, la más bonita, Cora, Laura, Yazmín y Frida.

Alguna tarde, íbamos a la escuela por los talleres, por ensayos del coro o preparativos de alguna fiesta de fin de cursos. Después de los ensayos o las actividades manuales nos quedábamos un rato, jugando en los patios o bien explorando las zonas más recónditas de la escuela. Nos gustaba irnos al fondo de la escuela, tras de los talleres, donde había un pequeño espacio que considerábamos nuestro refugio. Allí se hacían las cosas que no debían ver los demás, como aquella vez que llevaron unos cigarros y los prendimos para ver que se sentía fumar, o como la vez que solo el grupo de hombres se quedó para mirar un folleto que llevó Abel, que no tenía nada de pornográfico, pero eran noticias de muchas cosas que aún no sabíamos ni entendíamos. El folleto se titulaba “Ya eres una señorita” y estaba profusamente ilustrado con dibujos que mostraban la anatomía interna y externa de las mujeres.

En la ocasión que ahora recuerdo, estábamos un poco aburridos y sin que hacer esa tarde después de los talleres, así que nos reunimos allá atrás unos diez o doce del grupo. Todos tenían ganas de hacer algo divertido y alguien propuso:

−Jugamos a la botella?

−No, no, al burro castigado.

−No, no, no, ni madres, corearon. Entonces Gonzalo dio en el clavo: 

−Juguemos a la semana inglesa. Y todo mundo acordó que sí.

Todos estaban muy entusiasmados. Los primeros en jugar fueron Carlos y Dianita. Tienen la misma altura, ambos son muy bonitos.

−Pónganse de espaldas. Dice Raúl.

−No se muevan de ahí, ¿eh? Advierte Gonzalo. Todos dicen los días de la semana al unísono. La pareja reacciona girando la cabeza a izquierda o derecha.

−¡lunes! Voltean a distinto lado. Cachetada.

−¡martes! Voltean ambos al frente. Beso.

−¡miércoles! Otra vez al mismo lado. Beeeso.

−¡jueves! Fallan. Cachetada.

−¡viernes! Mismo lado. Beso.

−¡sábado! Mismo lado. Otro beso.

−¡domingo! Cada uno por su lado. ¡Cachetada! Corean todos.

−Cuatro besos y tres cachetadas, dice Inés, que llevaba muy bien la cuenta.

Como de costumbre, los besos los dio Carlitos (el hombre) muy leves y en la mejilla de Diana (la mujer), quien por su parte propinó unas fuertes cachetadas a Carlos que enrojeció, pero no se quejó, solo se sobaba los cachetes. Todos ríen del castigo. Después viene una discusión sobre quién sigue. Proponen a Gonzalo y a Cora. Cora no quiere, definitivamente se niega. Entonces designan a Inés, quien disimula enojo, pero accede a jugar. El marcador final es cinco besos a dos cachetadas. Gonzalo le da tímidamente los besos en el cachete a Cora, que cierra los ojos al recibirlos. Luego ésta le da dos cachetadas muy suaves a Gonzalo.

−No, no, no ¡Tienes que dárselas fuertes!, corean todos. Cora se pone roja y le vuelve a dar dos cachetadas con un poco más de fuerza. Gonzalo la mira con agradecimiento.

Entonces viene de nuevo la discusión por quién será la siguiente pareja. Todos opinan menos Jesús, que ha estado muy tímido, extrañamente.

−Que juegue Manuel con Frida. Unos afirman y otros rechazan la opción.

−Que sea Aníbal con Yazmín. Nadie acepta. Entonces Gonzalo inventa un disparate:

−Bueno que sea más emocionante, ¿qué tal Daniel con Jesús? Jesús se pone muy serio, pero no dice nada, solo los mira. Todos ríen. Yo me ruborizo rápidamente y digo que no, que no lo haré. Gonzalo que es un líder natural convence a todos y no nos deja salida. Con gran pena y temor me pongo de espaldas a Jesús.

−¡Lunes! Volteamos a distinto lado. Cachetada.

−¡Martes! Volteamos ambos al frente. Beso.

−¡Miércoles! Otra vez al mismo lado. Beso.

−¡Jueves! Mismo lado. Beeeso.

−¡Viernes! Cada uno mira a un lado. ¡Cachetada!

−¡Sábado! Mismo lado. Otro beso.

−¡Domingo! Cada uno por su lado. Otra cachetada.

El mismo Gonzalo dice cuál fue el marcador: tres cachetadas y cuatro besos uuuy. Se ríe con malicia. Todos preguntan:

−Pero ¿quién dará los besos y quién las cachetadas? -Ríen otra vez, un poco nerviosos, expectantes. Jesús me mira de soslayo.

−Las cachetadas las dará Daniel y los besos Jesús, por obvias razones (esto implica que yo soy una niña). ¡Ya!, no se vale rajarse. ¡Empiecen! 

Yo me envalentono y me acerco a Jesús. Le doy tres cachetadas más o menos fuertes. Esto lo hace enrojecer y quizás también le enfurezca un poco, entonces todos empiezan a corear:

−Beso, beso, beso. Jesús me mira como queriendo saber que va a pasar. 

−¿Es en serio? Pregunta y todos contestan:

−Claro, ahora cumple. 

−Bésalo, dice Aníbal con emoción. 

Jesús que no quiere discutir más, se acerca a mí lentamente y se dispone a darme un beso en el cachete. Entonces yo, entre los nervios y que quería ver si Jesús se acercaba a mí, giré la cabeza en el justo momento del beso y terminó propinándomelo en la boca. No fue un beso largo, pero si fue húmedo, tierno, fue un instante, pero para mí fue maravilloso. Lo recibí como en cámara lenta, viendo los ojos cerrados de Jesús frente a mí y alcancé a observar las caras de asombro de todos al ver que me había besado en la boca. Un segundo después reaccionamos los dos para oír que todos saltaban, reían y gritaban.

−Son nooovios, se beeesan, son nooovios; cantaban. 

Entonces yo solo pude quedarme inmóvil y agachar la cabeza. Jesús por su parte no sabía cómo reaccionar hasta que decidió hacerlo de la peor forma: me tiró un golpe directo a la nariz, tan fuerte que me hizo sangrar. Yo caí al suelo atolondrado y él me miro con una cara que era de arrepentimiento y de enojo y se fue dejando a todos conmocionados. Primero el beso en la boca y después la trompada. Yo hubiera preferido que fuera en el orden contrario. Entonces tuve una epifanía: Yo no iba a ser como los demás, estaba marcado de alguna manera

Luis G Torres Bustillos

Nació en la CDMX en 1961. Hace algunos años participó en el taller de cuento dirigido por Hernán Lara Zavala, dependiente del Instituto Estatal de Bellas Artes Morelos. Participó también en el taller de Literatura dirigido por Frida Varinia, de la UAEM, Cuernavaca, Mor. de 2019 a 2020 y en el taller ¡Ahora o nunca! De Daniel Zetina en 2020.  Actualmente participa de un taller online de análisis y escritura de cuentos con Manu Ruffa, de Argentina y es alumno del primer semestre de Creación Literaria en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, de Morelos. Recientemente publicó sus cuentos electrónicamente en ZOMPANTLE, PERRO NEGRO DE LA CALLE, REVISTA LITERARIA PLUMA, KATABASIS, TABAQUERIAS, ALMICIDIO,  KARKINOS,  EL MORADOR DEL UMBRAL, MURIDAE, APOFENICOS, LA LETRA DESCONOCIDA, PUROS CUENTOS y MARGINALEES. Acaba de publicar su primer libro de cuentos: Pequeños Paraísos Perdidos, en INFINITA.

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