A todas nos pasa

Por Nidia Sosa

Meto la mano en mi bolsillo. No encuentro más que mis 7 pesos para la combi, ya no puedo comprarme mi jugo. Hay mucha fila con doña Lety, yo creo que le digo cuando salga que me lo fie.

Entro a mate, no entendí nada la verdad. Tengo mucha sed.

Guardo mis cosas y busco mis 7 pesos. Cuando me despido de la profe Lupita, pregunta por mi hermanito “es que está enfermo”, le digo y ella responde que me vaya con cuidado.

Camino mucho más, siempre que paso por las papitas me peleo con mi hermano sobre comprar unas. Sin él, sigo mi camino sin hacer mucho ruido.

Me siento en la banca de la parada. Estoy frente a un super, pasan muchas personas con carritos de ahí y el ruido casi nunca se detenía. Entre los coches y el semáforo es imposible escuchar silencio.

Llegan unos chicos con uniforme verde, son muchos y sus gritos son más. Se ríen raro.

Se van de uno en uno en diferentes combis. Nunca he entendido porque son de colores, pero las azules se ven muy grandes. Cuando pienso eso, me imagino a mi mamá diciéndome “tú solo te puedes subir a la roja, no te vayas a perder”.

Pasa mi combi roja, me subo, pago y el chofer me da mi ticket. La combi casi no lleva a nadie, 3 o 4 señoras de un lado y un señor en la orilla izquierda. Sentí mi mochila como caerse, no me paso nada, pero me la puse por enfrente.  Me siento en el segundo asiento en la línea  derecha al lado de la ventana porque también me imagino a mi mamá diciéndome que no me sentará hasta atrás. No sé por qué, yo digo que es por los saltos feos. Saltos toscos y más de una montaña rusa sin cinturón. Igual no lo hago.

Luego de avanzar, me siento muy extraña en mi asiento. Tengo como algo encima. Me reviso, y miro a todos lados hasta que veo al señor volteado con los ojos muy abiertos.

No entendí hasta que al verle los ojos me di cuenta que me estaba viendo él a mí. Miro para otro lado. Qué pena que viera que yo lo veía a él.

Veo por la ventana el edificio de la Presidencia. La combi para muy feo y me agarra del asiento de enfrente. Ahí vi de reojo al señor recorrerse de lugar, dos frente de mí. Miro para otro lado.

El señor me hablo. “¿Güerita, para dónde vas?”

No le digo nada, solo vi su boca moverse.

“Ohhh, ¿me vas a ignorar?”

Escucho eso, pero no podía verle a los ojos. Siento que me iban a regañar y a mí no me gusta que me griten.

“Mira, chiquita, a mí no me puedes ignorar”.

No puedo voltear, abrazo más fuerte mi mochila.

“¿Eres muda, güerita? A ver, vamos a ver si eres”. El señor rápidamente se cambió a los asientos justo frente a mí.

De repente, siento sus dedos en mis cachetes.

“¿Quieres ver como si hablas? Te voy a meter tantas cosas que te vas a poner a gritar”.

El señor no suelta mi cara, su mano está caliente. Me dan muchas ganas de llorar. No puedo abrir la boca. No sé por qué. Mis manos se sienten duras.

Escucho a lo lejos a una señora hablando. Luego, escucho como se paró. Escucho los sonidos de las voces difuminadas. La voz del señor y luego de la señora.

Dejé de sentir sus manos. El señor se para y se va hasta los primeros asientos.

Siento agua en mi cara. La señora se sienta a mi lado y me pregunta si estaba bien.

La miro y me duele la cara. Pero no me puedo mover.

La señora me pregunta como me llamo, donde me bajo, si estoy bien y si conozco al señor. Yo solo puedo mover la cabeza para decirle que no a la última pregunta.

Comienzo a llorar. Veo lágrimas caerle a mi mochila, siempre me gritan cuando la ensució, entonces, también la limpio.

La señora me dice que no mire, que me agache. Yo no entiendo por qué, ahí veo al señor por el espejo gigante de la combi mandándome besos y haciendo cosas con sus manos. No deja de mover su dedo adentro de su mano cerrada.

A lo lejos, se escucha un “te voy a robar, güerita, tú ya eres mía, ya te marqué”,

Sigo llorando. Volteo hacía la ventana y veo la casa donde me bajaba. Le digo a la señora que muchas gracias, pero ya tenía que irme. Se para conmigo y le pica al botón. Me dice adiós desde las escaleras.

Me bajo y me limpio la cara. Volteo la mochila y estaba segura de que tenía que limpiarla.

Camino hacia mi casa. Las miradas y gestos del señor se repetían en mi cabeza. Siento mucha tristeza. No puedo dejar de sentirme extraña. Sucia. Me siento mal.

Llego y abro la puerta, entro con mi abuela y le digo lo que me pasó. Cuando empiezo, ya no puedo dejar de llorar.  Mi abuela me dice que no hiciera borlote.

No sé cuanto tiempo pasó, pero mi mamá entró justo cuando yo sigo llorando.  Mi abuela le acercó el plato de comida y le dijo “un señor toco a la niña en la combi, no ha dejado de llorar, ya dile algo”. Mi mamá me agarra, me sienta a su lado.

“A todas nos pasa, deja de llorar que no te sirve de nada y come”.

No dejo de llorar. Recuerdo que no me permitían levantarme de la mesa hasta que terminara, ahí estoy las siguientes 4 horas.

Al día siguiente, con mi hermano agarrado de la mano le dije a la maestra que iban a venir por mi y que tenía que marcarle a mi mamá. Ella me dijo que no le habían dicho nada, que nos esperáramos.

Mi mamá llegó por nosotros 3 horas después de nuestra salida. Se enojó y me gritó.

No me gusta que me griten, pero ¿y si me topaba otra vez al señor? ¿y si la señora no se sube a esa combi? Yo tenía miedo.

Me dijeron que era normal, pero mi cabeza no dejaba de repetir las miradas y sus palabras. Eso no era normal.

No usé combis hasta los 13 años. Duré 4 años de mi vida teniendo miedo de toparme otra vez a ese señor. El horario del preescolar de mi hermanito se ajustó mejor. Pasaban por él antes de que mi mamá entrará a trabajar.

Hasta mi último año de primaria, me llevaba mi profe a mi casa. Siempre me quedaba hasta que cerraban la escuela. Me daba igual.

Después, en mis salidas de secundaria, camine horas y horas a mi casa, inclusive tuve amigos que me acompañaban porque no creían que yo tuviera que caminar.

Nunca supe cómo decirles.

Entré a mi último grado de secundaria, me tocaba apoyar a mi mamá para ir a recoger a mi hermano. Caminaba, pero llegaba tarde. Después de varios regaños, tome mi primer combi, otra vez, en años. Me costaba mirar a las personas a los ojos.

Me subí e inmediatamente pensé en buscar a una señora como la de esa vez. No había, pero me senté al lado de otra. Esperando que ella fuese como esa señora y no me dejara sola si pasaba algo así.

Pasé por él, nos fuimos en otra combi a casa.

Y sé que nadie más lo vio como un logro, pero yo sí. Ahí me pregunté por qué.

¿Por qué estoy viendo como un logro que no me pase nada al subirme al transporte público? ¿Por qué no se sentía normal, pero todas me decían que sí?


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