LA PROMESA

Por Santiago Garcés Moncada

Recuerdo aquella fiesta familiar en casa de los abuelos, mis tíos y sus familias habían venido desde todas partes de la ciudad a celebrar el día del padre, aprovechando para homenajear los setenta años que había cumplido el abuelo Juan hacía poco.

Todos en la familia estaban ya muy grandes, mis tíos entraban resignados a los cincuenta y mis primos ya tenían más de quince y se vestían muy diferente a como yo lo recordaba, ya no querían jugar conmigo, según ellos ya no estaban para juegos de niños de ocho años y aseguraban que aún me faltaba mucho para hablar de asuntos de niños grandes.

Me la pasé muy aburrido, sentado junto a la mesa sin nada que pudiera hacer, lo único que me mantenía distraído era comer de aquellos pasabocas de limón y tomar vasitos de gaseosa. Todos hablaban a mi alrededor sobre temas que no me importaban, comentaban lo difícil del trabajo, lo aplicados en el estudio que eran sus hijos o lo rico que habían pasado en sus vacaciones pasadas, traería algún juguete para la próxima para no tener que volver a pasar por esa soledad.

Mi mamá no quiso prestarme su celular para jugar y aunque estaba algo molesto por eso sabía que no debía hacer un berrinche, a ella no le gustaba que hiciera dramas en público y yo no quería llegar castigado a la casa, así que tan solo me quedé en silencio, tomando otro pasaboca sin mucho ánimo. La abuela me miraba constantemente, todos los niños se habían ido al balcón a hablar de niñas y yo no era bienvenido, tenían cerrada la reja. Ella volvió a mirarme y me sonrió, se levantó llamándome con la mirada, fui tras ella caminando despacio aún dudoso, cuando la alcancé me tomó de la mano en el corredor donde nadie nos veía y me llevó a su habitación, revisó en un bolso de cuero que sacó del armario pero al parecer no encontró lo que buscaba allí, así que tomo de la silla un pantalón elegante y sacó una billetera café.

Era la primera vez que la abuela me daba un billete de los grandes, me dijo que era para que me comprara un juguete al volver a casa, y en especial para que fuera por un helado y dejara de estar tan aburrido, la única condición fue que tenía que prometerle que no le diría a nadie.

Ella salió primero y se dirigió a la cocina, yo salí después y volví a la fiesta para pedir permiso de ir por un helado. En el corredor me encontré con el abuelo, apreté con fuerza el billete en mi mano y solo le sonreí sin decirle nada, cuando llegué a la sala más contento  todos lo notaron, mi mamá me llamó para abrazarme al verme tan feliz, pero su cara sonriente cambió por una cara curiosa al verme apretar la mano con fuerza.

El abuelo regresó y se sentó en el sofá, mi madre me preguntó por lo que tenía en mi mano y yo me asusté mucho, no podía decirle, se lo había prometido a la abuela. Ella trató de hacerme abrir la mano al no encontrar respuesta y ver mi cara de pavor, traté de resistirme pero sin mucho esfuerzo logró abrirme la mano y el billete arrugado cayó al suelo.

—¿De dónde sacaste ese billete?—, me dijo con seriedad y algo de enojo. No sabía qué responder, le hice saber, bajando la voz, que no podía decirle cómo lo había obtenido y ella se quedó en silencio.

Todo el mundo calló al escuchar a mi madre, y disimuladamente comenzaron a hurgar en sus bolsillos. Me sentí horrible, sus ojos me juzgaban, el abuelo pareció dudar de algo y se marchó rápidamente, al regresar con el pantalón en el hombro y la billetera en la mano dijo: —¡Ese billete es mío, me hace falta en la billetera!—, y mi rostro de asombro fue suficiente prueba.

Todos seguían mirándome, mi mamá tenía la cara roja de la vergüenza, le entregó el billete a mi abuelo y me tomó del brazo, me levantó, jaló con una mano hasta estar cerca de ella y con la palma de la otra me golpeó los brazos con fuerza.

—Pa-ra – que – a-pren-da – a – no – co-ger – lo – que – no – es – su-yo—, decía mientras me golpeaba, una palmada por cada sílaba del regaño. Comencé a llorar cuando paró, me sentó bruscamente en una silla a su lado, y me dijo que en la casa definiría el castigo que me había ganado.

La abuela escuchó la algarabía desde la cocina y se apresuró a llevar los primeros platos para ver qué pasaba, los puso sobre la mesa y me vio llorando en la silla, se me acercó y se arrodilló, sus ojos quedaron a la altura de mi rostro pero yo no quería mirarla, me habían golpeado por su culpa.

—¿Qué le pasó a mi niño?—, dijo la abuela algo triste.

—Pasó que tuve que darle unas palmadas para que aprendiera a no coger las cosas ajenas—, la abuela no entendía muy bien lo que había escuchado y mi madre lo notó, así que continuó contándole lo ocurrido, —lo que pasa es que le encontré un billete muy grande y no me quiso decir de dónde lo sacó, pero al final resultó que era del abuelo, se lo había sacado de la billetera—

La abuela se acercó a mí y me tomó en sus brazos cargado. —¡Yo le di ese billete!—,  gritó muy enojada, —se lo di para que no estuviera tan triste…—

A mi mamá no le gustó el grito y le respondió también con tono agresivo: —Entonces, ¿por qué no me dijo que se lo diste tú?—, en ese momento abracé a la abuela con fuerza, ella miró a los niños en el balcón y luego volvió la mirada. —Como no tenía para todos yo le hice prometer que no le diría a nadie que yo se lo di—, mi madre se calló, la abuela miró al abuelo extendiendo su mano con enojo, él, cabizbajo, puso el billete en la mano de la abuela, su dinero había sido dinero de ambos desde siempre, así se lo había prometido desde que se casaron y está vez no sería distinto.

La abuela me devolvió el billete poniéndolo en mi bolsillo, pero yo seguía triste sentado junto a la mesa. Sirvió los platos que faltaban y a mí me dio el postre más grande, pero apenas y probé bocado, la fiesta duró poco después de eso, los tíos se fueron despidiendo de los abuelos y mis primos ni siquiera me dijeron adiós, seguro estaban celosos por el regalo de la abuela. Cuando comenzaron a irse, todos los adultos me llamaban a un lado y me regalaban algo de dinero, se les notaba la culpa en la cara, sabía que no lo hacían con gusto, solo era una forma de pedir perdón, pero así me dieran dinero no cambiaría el hecho de que en su mirada fui juzgado y humillado como si fuera un vil ladrón.

Santiago Garcés Moncada

Nació en Itagüí el 3 de junio de 1999,  ha sido galardonado en diferentes concursos nacionales e internacionales, resaltando que ganó el primer lugar en el primer y el tercer Premio municipal de poesía y cuento corto de Itagüí (2018 y 2020), siendo co-autor de los libros con las obras ganadoras de estos certámenes, es co-autor del libro “Deshielos de tinta” (2019), su cuento fue publicado en “Medellín en 100 palabras” (2019), participó del Festival internacional de poesía de Medellín como poeta del territorio (2018 y 2019). Abriéndose fronteras fue seleccionado para publicar sus cuentos y poemas en diferentes medios de Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, Colombia, Ecuador, Estados Unidos y México (2019-2021), participó de la antología de cuentos “Antes del 2020” publicada por la editorial mexicana DINKreaders. Actualmente estudia ingeniería electrónica en la Universidad de Antioquia, es miembro del taller literario Letra-Tinta y es cronista de la revista Bohemia.

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