TERESITA

Por Miriam Marlem Saucedo Alonso

En cada pueblo hay una mujer a la que alguna vez se le ha acusado de brujería, tal era el caso de una vieja mujer que vivía en un pueblo olvidado de Chalchihuites y a quien siempre se le atribuyó el mal de ojo. Se llamaba Micaela, el apellido lo olvidé con el paso de los años, pero su rostro era inconfundible: moreno, cejas espesas y oscuras, nariz chata, labios largos y delgados, sus dientes amarillos y chuecos. Sus ojos… ¿Cómo describirlos?… Quizá parecidos a los de un coyote… Casi naranjas… Sí, así eran, un par de aros matutinos. 

Recuerdo que tenía una voz pastosa que arrastraba las palabras y siempre cambiaba el tono para resaltar alguna frase. Viene, también, a mi memoria ese rebozo que nunca se quitaba: corto, de un color oscuro, tal vez sería negro o azul marino; siempre lo usaba para cubrirse la cabeza y de paso ese negro y lacio cabello grasiento que tenía.

-Bien, y ¿a qué viene tanto detalle hija?

Es indispensable que yo le cuente Padre. Como se imaginará, Micaela era una mujer fea, ella parecía una persona bondadosa y sencilla, pero creo que tenía el alma podrida.

En aquel tiempo yo era una maestra de una escuela primaria, daba clases de tercer año y mi marido de sexto. Ninguno de los dos, como bien sabe, éramos de allí, él era de Durango y yo de aquí. No teníamos ningún amigo en aquel pueblo que maldito por tres veces sea.

-Que el Señor no lo quiera… Hija ¿por qué dices esas cosas?

Padre, déjeme continuar… Como sabe, en los pueblos, los maestros siempre estamos rodeados de gente, padres de familia por lo general, porque somos una figura importante para la comunidad, somos quienes llevan el conocimiento a las jóvenes mentes, el camino iniciático por el que, tal vez, una chiquilla polvosa llegue a ser doctora, abogada o maestra; por lo cual, las personas del pueblo nos dan su respeto y confianza. Así que no resulta raro que un día, mientras compraba lo de la comida en el tianguis que se ponía cada sábado, la esposa del carnicero me platicara una serie de chismes sobre las mamás de otros compañeritos de su hijo, nada realmente interesante, sin embargo, me llamó la atención que mencionara a una anciana que sólo había visto al salir de misa. Me contó que doña Micaela le había dicho que su cabello era muy bonito, por mucho el mejor cuidado de toda la zona, todo esto en el momento que tomaba un mechón de su rubia cabellera, doña Isabel añadió que desde entonces sentía cada hebra de pelo como una aguja enterrada en su cuero cabelludo, que había noches que no podía dormir por el dolor. Ella creía que todo era por culpa de esa señora. Yo, totalmente segura, le dije que eso no podía ser porque esas cosas no pasan y que lo más probable es que sólo fuera una migraña. Le aconsejé a doña Isabel que fuera a visitar al médico del pueblo. La mujer me miró como si no creyera lo que acababa de decirle y sólo respondió: 

“-Dios la oiga y que sólo sea eso, pero por si acaso haré lo que doña Lupita, a ella, la Micaela le dijo que si su perro no sería malo por ser negro y al día siguiente el animal se enfermó y casi se le muere a la pobre doña Lupita, no más que buscó a la Micaela y le dijo que si podía hacerle el favor de limpiarle a su perrito con algo suyo, como las limpias con pirul, para que se le curara su animalito, la Micaela fue a limpiar al perro y ¡santo remedio! Se le curó ese mismo día.”

De inmediato me sentí intrigada porque esa mujer dijo que el mal de ojo que echaba la señora Micaela era tan fuerte que sólo podía quitarse con una limpia como la del perro, según se decía. A pesar de los comentarios, yo no lo creía, simplemente no podía, eso era imposible.

Algunos días más tarde volví a ver a doña Isabel dijo que Micaela la había limpiado con su rebozo y que fue el modo en que se le quitó el dolor. Le seguí la corriente pero sin ponerle mucha atención. Le comenté aquello a mi marido y él me dijo que esos chismes eran puras supersticiones de la gente. Dijo que no podía creer que yo comentara esas cosas. No volví a tocar el tema…

…Hasta una calurosa tarde, cuando estaba lavando ropa en el patio, le había puesto un cazo con agua a Rodriguito y a mi niñita la dejé acostadita en su canasta bajo la sombra de mi granado. Rodriguito jugaba a gusto, reía y chapoteaba, mientras su hermanita dormía tranquilamente. El sol brillaba como nunca y el calor era abochornante. Jesús salió al patio para decirme que me buscaba una señora, pero ella ya estaba ahí, preguntaba si no tenía tantito chile mirasol que le regalara, le dije que sí, que ahorita se los ponía. Me sequé las manos y fui a buscar el costal del chile. Le puse unos cuantos en una bolsa de camiseta y se la di a Micaela. Me dio las gracias, se acomodó el rebozo y miró a mi niño que seguía jugando en el agua, después a mi bebita. Se acercó a la canasta de mi chiquita, le acarició su cabecita y dijo:

“-¡Qué bonita! Ojalá no te nos vayas a morir pronto y dures mucho tiempo, pa’que le des nietos bonitos a tu mamá.” Lo que dijo sonó a sarcasmo, le sonrió maliciosamente a mi bebé y se fue. 

Apenas cerré la puerta y mi chiquita empezó a llorar y a arder en fiebre, Rodriguito también lloraba pero sólo de ver a su hermanita a la llore y llore. Con nada le podía bajar la temperatura por lo que pronto fui a buscar al doctor Rodríguez, pero estaba. Se había ido a atender a don no sé quién y no iba a volver hasta en la noche. Me sentía impotente. La vecina me preguntó si mi hija ya estaba bautizada y que, si no, me diera prisa, por si acaso. Tomé mal el comentario, sin embargo, lo creí oportuno porque es lo que una siempre escucha decir a la gente mayor cuando los bebés se enferman de gravedad. Le hice caso y fui a buscar a doña Juventina, a su esposo don Carmelo y al Padre Ramiro, para que bautizaran a mi niña. La llamamos Teresa.

Por la premura de todo, en menos de una hora ya volvíamos de la iglesia y llegamos a la casa del doctor Rodríguez para esperarlo ahí por si volvía antes. Doña Herminia, esposa del médico, viendo mi desesperación dijo que ella era buena como curandera y que atendía gente cuando su marido no estaba, a pesar de la incredulidad de Jesús, mi esposo, dejamos que lo intentara, pero todo resultaba inútil. Mi desesperación crecía y crecía, pensé que tal vez el relato de doña Isabel era cierto, que Micaela le había hecho mal de ojo a mi bebita y que a lo mejor una limpia podía funcionar y curarla.

Le pregunté a doña Herminia que, si sabía hacer limpias, respondió que sí y rápido fue a la cocina por un huevo, acosté a mi bebé en la cama. Pronto, doña Herminia estaba haciéndole la cruz en la frente, con el huevo y un rosario en la mano, recitó los tres credos y rezó: -Creo en Dios padre todo poderoso, creador del cielo y de la tierra… Padre nuestro que estás en el cielo… Ave María ruega por nosotros… Santa María madre de Dios… Rompió el huevo y lo vació en un vaso con agua. La yema estaba roja y apestaba a podrido, mi marido dijo que olía a azufre… La cara de doña Herminia se desfiguró, como si hubiese visto algo aterrador en ese recipiente, no dijo nada, pero sabíamos es que era un mal augurio y muy a pesar de nuestras incredulidades, desesperados, fuimos a buscar a Micaela y no apareció por ningún lado. 

Regresamos desconsolados a casa. Tomé en brazos a mi bebita, quien ya no berreaba sino que estaba en una extraña quietud, la mecí y le canté una canción sobre pajarillos. La sentía como una braza contra mi pecho. La miraba toda colorada. Mis lágrimas silenciosas le mojaban el pañuelo ya seco de su frente. No pude cantar más. Ella me miró con sus ojitos negros como preguntando qué le estaba pasando. Me sonrió, como quien dice “no te preocupes” y sus ojos comenzaron a cerrarse, una pequeña gotita rodó y se extinguió en su mejilla y exhaló… 

Murió con una sonrisita, sí, ella murió en mis brazos ¡mi hijita!: inocente, pequeña y frágil. Estoy segura de que mi llanto pudo escucharse hasta el más lejano rincón del pueblo.

-Pero… ¿A qué viene esta historia hija? No entiendo a dónde quieres llegar.

Padre, debo confesar mis pecados.

-Sufrir una perdida no es un pecado. La María sufrió cuando su vástago fue crucificado…

No Padre, mi pecado es el asesinato. Yo… Yo… Yo maté a Micaela. Cuando por fin encontré a esa vieja bruja, le enredé ese maldito rebozo en el cuello hasta que dejó de respirar, su piel se amorató y los ojos se saltaron de sus cuencas.

-La María que purísima dicen que fue te ayude, hija.

Micaela no me negó su crimen y, aun antes de morir, con su último aliento me maldijo: afirmó que yo jamás volvería a parir un ser vivo. No lo creí, pero aquí estoy, más seca que el río de Arroyo de en medio. 

A los pocos meses de mi crimen, mi marido se accidentó y murió. Los paramédicos dijeron que sus últimas palabras fueron: “-Ella nos observa, cuídate… ojos…”

Al principio no le encontré sentido, después creí que se refería a que mi pequeña fallecida que nos cuidaba del mal… Pero… Después lo supe… Esos inconfundibles ojos animalescos brillando en la oscuridad, que me observan a lo lejos y entre las sombras, están por todos lados.

Rodriguito dice que estoy loca que no cree nada de eso, que seguro fue muerte de cuna y yo se lo atribuyo a brujería, pero él era tan pequeño, no se acuerda.

-Siempre creí que era mucho mayor que aquella niña bonita, es una lástima que no haya sido agraciado de ninguna manera, de haberlo sido también se lo hubiese ofrecido a mi Señor.

Respondió una conocida voz pastosa que resaltaba las palabras “niña bonita”. Ángeles, quien se encontraba con la cabeza agachada, en señal de arrepentimiento, levantó la mirada hacía la ventanilla del confesionario y allí, en la penumbra, estaban los ojos que la perseguían, ese par de refulgentes llamas que penetraban en los traslucidos ojos de doña Ángeles, quemando desde la oscuridad el alma de la anciana mujer que confesaba por primera vez su culpa y su dolor.

Miriam Marlem Saucedo Alonso

Miriam Saucedo es una cuentista aficionada y Licenciada en Letras por la Universidad Autónoma de Zacatecas, hizo los diplomados en Literatura europea contemporánea por el INBA y en Metodología para la enseñanza del idioma ruso como lengua extranjera por la Universidad Rusa de la Amistad de los Pueblos (RUDN). Actualmente estudia la Maestría en Investigaciones humanísticas y educativas (UAZ).

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