Nada importante

Por Mariana Reskala

Despierta. O ya voy en camino. No recuerdo bien las palabras en el mensaje de Olivia, fue algo parecido a: «Te he estado llamando y no contestas. No puedo creer que sigas dormida. Te veo en veinte minutos afuera de tu casa». Vi el reloj que estaba sobre mi buró para confirmar la hora. Estaba descompuesto. Las cortinas de mi cuarto estaban cerradas y era difícil adivinar la hora de esa manera. Miré por un rato las paredes de mi cuarto. Estaban impecables. Las paredes de mi cuarto son iguales a todas las paredes de los cuartos de las casas en este condominio de clase media en el que vivo con mis papás. Al igual que en todos los condominios de clase media de esta colonia y de esta ciudad. 

A lo lejos empecé a escuchar a mi mamá quejarse y gritar por toda la casa, aventando la decoración de su cuarto hacia las paredes, como es su costumbre. Gracias a la actitud de mi madre, supuse que eran alrededor de las nueve o diez de la noche. Minutos después, mi mamá entró a mi cuarto. Tenía la cara hinchada, su olor era desagradable, su camisa estaba desabotonada, no traía zapatos y enunciaba un montón de cosas sin sentido, no sin antes decir: «En lugar de estar acostada todo el día, deberías defenderme. Un día me voy a ir de esta casa. No sé que vas a hacer sin mí. No sirves para nada. Eres un parásito». Siguió enunciando más frases, ahora eran en contra de mi papá. Prendí la televisión, recorrí los quinientos canales, no había nada que llamara mi atención. Mi mamá seguía vociferando. Al sentirse ignorada, se salió. El control se quedó sin pilas. Me quedé viendo un canal de cocina que conducía un chef chino o japonés. 

La voz del chef me empezó a adormilar de nuevo entre mis cobijas y la envoltura de comida chatarra que había comido hace un par de días. Mi celular sonó, era Olivia. No contesté. Intenté volver a dormir. Volvió a llamar Olivia, apagué el teléfono. Me cubrí la cara con las cobijas y dormí. Después de veinte o treinta minutos, Olivia entró hasta mi cuarto. Apagó la televisión de manera manual. Me quitó las cobijas y empezó a hablar sin parar con su voz aguda y chillona. Prendí mi celular, vi unos cuantos mensajes que tenía sin leer, intenté componer el control de la televisión y me amarré el cabello en un chongo. 

No pude componer el control de la tele. Al momento en que Olivia guardó silencio después de emitir una serie de regaños hacia mi persona, que la verdad ignoré, me dijo: «Vámonos, ya es hora». Cómo Olivia no se iba a ir de mi casa y la televisión se había atascado en un sólo canal, me levanté de la cama. Tomé una chamarra que estaba tirada en el piso y aprovechando que dormí con la ropa puesta, salí de casa sin necesidad de cambiarme.  

Nos subimos al auto. No dije mucho. Recliné el asiento, bajé la ventana y observé las luces de la ciudad mientras escuchábamos The Strokes, o tal vez eran los Artic Monkeys. No sé. Durante todo el camino Olivia me platicó todos los problemas que tuvo en el día y necesitaba desahogar. No le puse atención, de vez en cuando emitía frases cómo: «Sí. No. No sé». Olivia era una de las personas que conocía desde que éramos niñas y que al igual que todos, siempre en algún momento me decía frases cómo: «Deberías de hacer algo con tu vida. Estás desperdiciando tu talento, tu juventud». Cruzamos la mitad de la ciudad en su coche hasta llegar al centro . Cuándo estábamos a punto de llegar a un estacionamiento público, tomó una blusa de su bolsa y dijo: «Póntela. Apestas». Cómo no tenía ganas de discutir y Olivia es experta en discusiones, me la puse. 

Llegamos a un lugar que se me hacía conocido. Seguro ya habíamos estado ahí antes. Era una especie de bodega muy grande, con los muros de ladrillos decorados por fotografías y cuadros de pintura, la mayoría de desnudos femeninos. La luz era tenue, costaba trabajo distinguir los cuerpos que había en aquel lugar. Había miles de personas jóvenes en plena euforia. No estaba segura si era miércoles o jueves. Nunca he distinguido la diferencia entre los días, para mí todos son iguales. Olivia empezó a saludar a todo el mundo. Me dio  sed. Me dirigí a la barra. Tenía calor. Antes de decir algo el bar-tender sonrió y dijo: «Sólo tenemos la bebida de la casa. Después de las doce venderemos más bebidas». La sirvió. La bebí hasta el fondo sin saber qué era. Su sabor no era tan desagradable como creía, tenía un ligero sabor a cítricos, así que pedí otra. Y otra. 

La barra se empezó a saturar de gente. Caminé por todo el lugar buscando a Olivia. Entre las luces, el humo y el zumbido que sentía en todo el cuerpo por la música, una silueta me jaló. No puse resistencia. No podía distinguir quién era, si se trataba de Olivia o de algún hombre o alguna mujer desconocida. Cuando mi vista se aclaró entre el humo, me di cuenta que se trataba de un hombre joven, tendría más o menos mi edad, unos veinticuatro. Tenía una figura espigada y pómulos marcados. Parecía uno de esos modelos que anuncian ropa de marcas alternativas e innovadoras para jóvenes. Sería un hombre por el que Olivia seguro se sentiría atraída. A mí la verdad me parecía igual que todos. 

Bailamos durante horas. Sin decirle nada comencé a buscar a Olivia, al no encontrarla salí del lugar. Tampoco estaba afuera. Traté de llamarla, pero mi celular se había quedado sin pila. Busqué mi cartera dentro de la bolsa de mi chamarra y no estaba. Lo más seguro es que la había dejado en la barra. Le pedí un cigarro a una chica de cabello rubio que estaba justo en la entrada y empecé a fumar. El tipo con quien estaba salió a los pocos minutos y dijo: «De repente te perdí. No sabía en dónde estabas. ¿Todo está bien?». Asentí con la cabeza y comencé a caminar en dirección a mi casa. El tipo me siguió diciendo: «¿A dónde vas? ¿Necesitas que te lleve?». Respondí: «Si quieres». Caminamos hacia dónde estaba su carro. «Me llamo Carlos», me dijo. Creo que sí se llamaba así. O Daniel. Da igual, los dos son nombres masculinos y genéricos. Para fines prácticos lo llamaré Carlos.  Llegamos a su coche. Era muy evidente que su automóvil había sido un regalo de alguno de sus padres por haber entrado a la universidad o por haber egresado. Alguno de esos logros mediocres que la gente celebra. Nos subimos a el. Tomé otro cigarro que estaba sobre mi asiento. Lo prendí. Carlos me platicaba cada una de sus teorías sobre la humanidad y la existencia, creo que había estudiado filosofía o tal vez ciencias políticas. Alguna carrera que no le había permitido encontrar un trabajo y seguía siendo dependiente de sus padres. 

Llegamos a mi casa. Carlos estaba nervioso. Le temblaban las manos y tenía un ligero tartamudeo al hablar. No sabía de qué manera comportarse. Yo tenía hambre. Bajé del coche rápido sin despedirme y él me siguió hasta la cocina de mi casa. Abrí el refrigerador. Carlos tartamudeaba y decía cosas que seguro había leído de un libro o había escuchado en alguna entrevista de algún filosofo. Tomé el litro de leche que estaba en el refrigerador y lo bebí hasta la mitad, acompañado de una rebanada fría de pizza que había sobrado del fin de semana pasado. El no quiso nada de comer. Subimos las escaleras al piso en donde se encuentran las recámaras. La luz del pasillo seguía encendida y Carlos no sabía qué hacer. Le dije: «Puedes entrar. Espérame ahí un rato. No me tardo». Fui a la habitación de mis papás. Entré. Era obvio que habían tomado una serie de narcóticos los cuales los habían tumbado y hacían que durmieran como dos bebés. Tenían la televisión y la luz del cuarto encendida. Mi papá se había quedado dormido con un libro en las manos y mi mamá dormía con la cabeza chueca y los puños apretados. Salí del cuarto. 

Entré a mi habitación, Carlos observaba cada fotografía y decorado que había en él y dijo: «Me gusta tu cuarto. Tiene un aire aniñado». Tenía razón, desde la preparatoria había dejado de re decorar mi cuarto. Suspiré y nos quedamos viendo en silencio. Lo besé. Lo hice no porque lo deseara, sino porque supuse que era lo que se tiene que hacer cuándo hay una persona del sexo puesto en tu cuarto durante la madrugada. El volvió a besarme de una manera tierna y hasta se podría decir que cariñosa. No supe qué hacer. Prendí las bocinas, conecté mi Ipod y escuchamos la primera canción que se puso, era una canción de rock. La dejé. Carlos se acercó a mí y buscó una canción con música suave. Apagó la luz. Se empezó a desnudar e hice lo mismo por inercia. No pude verlo bien, ni él a mí. Tuvimos sexo mientras pensaba lo que iba a comprar por Amazon, que nueva serie en Netflix iba a ver, si le había devuelto su sudadera a mi vecina y cuál era el nombre de la canción que mi mamá tararea constantemente. Terminamos. Él se acurrucó a mi lado, mientras acariciaba mi cabello. Yo me quité, quería ver caricaturas y como aun no funcionaba el control, fui por mi computadora. 

Abrí una plataforma en línea en donde pasan las caricaturas de cuando éramos niños. Sin apagar las bocinas, puse la primera de la lista mientras platicábamos de lo que queríamos hacer. Sabemos que no somos el futuro de nuestro país, ni el futuro del mundo. No queremos ser héroes, las clases de historia nos han enseñado que eso no funciona. Preferimos ver como la vida pasa frente a nuestros ojos, ignorando el futuro, haciendo nada. Nada es lo que esperábamos. El sigue platicando y cuando se da cuenta que me ha contado lo mismo desde que nos subimos a su coche, deja de hablar. Nos quedamos en silencio un largo rato. Pude percibir su incomodidad. Escuchamos música y fumamos, tratando de reanudar una conversación que no tiene sentido. Está a punto de amanecer. Prendo otro cigarro y miro el techo tratando de acordarme de lo que tengo qué hacer, nada importante. 

Ninguno de los dos queremos que amanezca, no porque queramos estar el uno con el otrosino porque siempre es incómodo salir de la cama. Carlos toma aire para poder vestirse, yo veo las caricaturas. Cierra la ventana y se acerca a mí. Mientras lo veo, pienso que tal vez podría ser el amor de mi vida, lo más probable es que no. Se pone su sudadera y se abrocha las agujetas de sus tenis. Nos quedamos viendo sin saber qué hacer. Nos despedimos sin tocarnos y sale de mi cuarto. Vuelvo a dormir sin apagar las bocinas, ni la computadora. 

Me despierta el timbre de mi celular. Abro los ojos y busco torpemente el teléfono. Está sobre mi buró conectado del cargador. Seguro mi mamá lo puso a cargar en la mañana. En la pantalla del celular veo la hora, son las cinco de la tarde del día siguiente. Hay un mensaje sin leer que es de Olivia. Prefiero no abrirlo y vuelvo a dormir. Después de veinte o treinta minutos, Olivia entró hasta mi cuarto. Me quitó las cobijas y empezó a hablar sin parar con su voz aguda y chillona. No hago ningún contacto visual con ella, miro hacia el techo mientras pienso lo que nos espera, sé que probablemente nada. Ya ha pasado todo y hemos sobrevivido, lo peor es que seguiremos sobreviviendo y estando igual, haciendo nada esperando a que pase todo y ese todo nunca llegará.

Mariana Reskala

Egresada de la licenciatura en Teatro por la Universidad Veracruzana en el 2017, y del Máster en Guion y Dramaturgia por CasAzul en el 2020. Ha complementado su formación como dramaturga y guionista en UCLA y The Kenyon Institute. Ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia Hugo Salcedo 2016, publicada por Tramoya, cuaderno de teatro, por Paso de Gato y por la revista Fron//tera Vol.2  Ha sido seleccionada para el Festival Internacional de Teatro Universitario de la UNAM (FITU 2017), el Festival Urgen Musas 2019, y para el Festival de la Joven Dramaturgia 2018 y 2020. Ha trabajado para BlueCat Screenplay Competition, en Los Ángeles, California y como coordinadora de contenido para PUNTA FINA FACTORÍA DE CONTENIDOS, en producciones para Amazon, MedioPro y HBO.

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