LA SOLEDAD DE LA SELVA

Por Arquimedes Alonso Ameijeiras

Un vehículo militar parecido a un tanque, pero con neumáticos, avanza despacio en esta noche insondable, huyendo de la muerte, lentamente. La oscuridad semeja la boca negra de una cueva. El cielo y la tierra han desaparecido por completo,  hasta nuestras manos mismas. El silencio es total. Somos diecisiete hombres aquí abajo y un orate sentado allá afuera donde los arbustos chocan con su escuálida espalda. Un ruso sale a guiarlo para que no choque tanto con los arbustos más grandes. Luego, desciende.

Ni el motor del carro de guerra se oye. Estamos escapando del escenario de lucha después de 18 horas de hostigamiento. De un intenso y demoledor, para el espíritu, de los bombardeos impíos. Hastaver aparecer en fila india, la inmensa hilera de los negros carros blindados que hacen su aparición por un sendero abrupto de la selva. Estamos siendo copados en nuestras posiciones. Y todavía no se ordena la retirada. 

Un grupo observa estupefacto y otro con espanto, la proximidad del avance inevitable, fatal, de muerte. Varios extraen sus cantimploras y beben el agua casi tibia.  ¡Están ahí! Con un RPG 7, se les puede detener. Pero, los magníficos proyectiles y el arma, fueron lanzados al río Cuito. Así, no se puede. 

De pronto sucede un milagro.  Algunos carros vuelan hacia el cielo. Dos, tres. Cien metros hacia arriba, envueltos en un círculo de fuego rojo y amarrillo. La vanguardia disminuye su velocidad. Y, sorpresivamente, toma rumbo izquierdo.  Hacia la BIL-59 donde hará un vil destrozo e impondrá un precipitado retroceso a sus integrantes. 

Lo peor de la guerra es el silencio. Al ruido de los aviones te acostumbras, para adivinar donde están bombardeando. A la artillería para conocer sus intenciones. Y esperas desde bien temprano, pues están al sonar. Al silencio, no. Y, no es que el ruido no espante y aterre, es que a todo se acostumbra uno. Se puede soportar un amor difícil durante años. Está probado. Las separaciones son dolorosas. Parece que tenemos que llevar una cruz.

Nuestro carro blindado sale a la chana. Y el cielo se ha puesto rojo. No total, pues, aquí y allá, vetas gigantes se dibujan aún.  Un blanco marmoleo sirve de fondo.

De todos los arbustos salen los hombres de la BIL- 21. Persiguen a nuestro carro, pero no pueden montar. De pronto se detiene. Un ruso trae una tanqueta con agua. Abre la rejilla del motor, destapa el radiador y lanza el agua. A los pocos segundos ruge, exhala un humo negro y sale en marcha. Ha soportado más de 15 kilómetros en marcha lenta y eso le ha afectado. Son buenas.  

Marchamos a buena velocidad. La selva rápidamente se aleja. Hemos llegado y con nosotros la rabiosa aviación sululú que nos quiere dar caza y muerte. A correr a los refugios. Hemos salvado el pellejo, mas estaremos siempre heridos en muchas partes del cuerpo por las huellas de la guerra. Las incomprensiones. Los dolorosos olvidos. Las injusticias con muchos.

En fin… lo que todos sabemos.

El Cerro, 17 diciembre, 2019

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