RETRATO DE UNA OLA (FRAGMENTO)

Por Dalila R. Tienda

(…)

Domingo 01 de julio, 2018. Una playa muy lejana a Milpillas, Nuevo León.

Tú gritabas y el mar rugía con fuerza, dichoso porque estabas ahí. Las olas te tiraban al suelo, te sacudían y tú reías. Saborear la sal en el aire era felicidad. La espuma de las olas hicieron que tu estómago se llenara de mariposas y el cosquilleo de emoción lo sentiste en todo tu cuerpo. Ni tú ni el mar se sintieron nunca tan a gusto. Eras de él y él era tuyo. Si hubieras llegado antes al mar —pensé — el dolor te habría sido ajeno. Pero caíste en las manos equivocadas. Él, a quién el mar odia profundamente, fue la tempestad que te agitó durante muchos años. Pero tú, a quien el mar esperó mucho tiempo, eres ola arrasadora. Cada día de tormenta te hacías más y más grande. Por eso el mar rugía, porque tú llegaste a él. 

***

(…)

—Tuve como seis, siete abortos… pos casi seguidos. Ya después hasta que jue un doctor al rancho, como era un ejido muy entre la sierra, y me dio unas pastillas que se —se ríe —se llamaban cuerpo amarillo las pastillas —se ríe —y ya después con esas encargué a mija Francis y ya no se me vino. Luego a Adrián y luego fue Carlos.

—¿Y usted si quería tener hijos?

Pos yo si quería porque ya después él me decía que él iba a buscar a una mujer que fuera… que tuviera… que pariera. No quería mulas, porque las mulas no tienen familia. Decía que él iba a buscar mujeres que no fueran mulas y pos si tuvo, si las tuvo.

Los recuerdos son una herida punzante. A Basilia el dolor le brilla en los ojos. En ocasiones su mirada se desplaza al techo o baja la mirada, su mente viaja a aquellos años. En alguna playa muy lejana a Milpillas, Nuevo León, el mar ruge desesperado. La herida quema. 

—¿Cómo decidió los nombres de sus hijos?

Pos porque… pos no. Yo nomás porque me gustaban. Bueno a mija Francis, pos porque yo estaba gustosa porque ya no se me vino y por el Señor San Francisco, no por otra cosa.

—¿Y a su esposo le dio gusto cuando nació su primera hija?

—No, no le dio gusto. Él le preguntó —porque de ella me alivié con su mamá —y él le preguntó “qué es” y le dijeron “niña” y él dijo “ahórquenla”. Bueno yo digo nomás lo que es… No, no le daba gusto.

—¿Él quería tener un niño?

Pos… a lo mejor no quería nada… no quería nada. Pos no sé, no quería compromiso… la verdad yo no sé ni qué. A lo mejor no quería familia o quién sabe.

A la niña no la ahorcaron. De hecho, cuando Basilia no puede contestar una pregunta, me dice que le pregunte a ella. Porque esa niña creció tan viva junto al Hombre Tempestad que fue su padre y a la ola arrasadora que es Basilia, y es la única que puede hablar del jacal, de Adrián y de las aguas rojas que corrían frente al jacal. De todo lo que pasó antes de que fueran ocho hijos  y catorce nietos. Todo lo que hay antes de que Basilia se encuentre con el mar. 

(…)

“¡Un hogar sólido, Muni! Eso mismo quería yo… Y ya sabes,

me llevaron a una casa extraña y en ella no hallé sino relojes y unos

ojos sin párpados, que miraron durante años.” 

(Elena Garro, Un hogar sólido)

Iba en busca de un lugar seguro. Dejó todo lo que conocía para llegar a aquel Hombre Tempestad del que no pudo escapar nunca. Ella tenía una grieta pequeñita, una fisura que pudo haber sanado sin él a su lado, pero Basilia se lo encontró y parecía que en sus ojos cafés iba a encontrar la ternura y el calor que siempre le faltó. 

¿Qué habrá visto él en ella? Ella, una ola cuya fragilidad se formaba en el aire y se deshacía al tacto para descubrir una mujer firme, una mujer resistente al dolor. Y así, como la espuma de las olas deja un rastro apenas perceptible en la arena, la fragilidad con la que él la conoció se fue. 

—Era un señor muy agrio, yo creo muy agrio. Nomás con el sombrero hacia abajo. Muy codo. Muy cuidadoso. Quería mucho a mamá porque como que mamá lo vio como un papá a mi abuelo y porque como papá le hacía muchas cosas a mamá, mejor mi abuelito ayudaba a mamá.

Estoy con la hija mayor. Frente al caracol de mar —que no tiene ninguna respuesta sobre Basilia, sólo el sonido desesperado del mar que espera su regreso. —Hablamos sobre su abuelo. El padre del Hombre Tempestad. Dice que si comía tortillas, sólo comía las que hacía Basilia, unas tortillas grandes y redondas. Dicen, su hija y Basilia, que era muy bueno con ella. Todo lo contrario a su hijo, que trató de apagar la vivacidad de ella.

Pero nadie puede decir que ella se conformó. Su vida con él fue una lucha entre el mar y el aire. El encuentro de dos elementos poderosos en dirección contraria.

***

Pasan los días, pasan los años. El jacal en el que llegaron a vivir tenía un patio muy grande. Había un cerro y un árbol que daba sombra —¿era un nogal? —. Había, en algún lugar muy cercano al jacal, una tienda que perteneció al suegro de Basilia. Había una sequia que nunca detuvo su curso mientras Basilia vivió ahí. Había, también, ocasiones en las que llovía y bajaban aguas rojas que cruzaban frente al jacal, Basilia, el único esposo, la niña a la que no ahorcaron y el segundo hijo. Había. Hoy sólo quedan los recuerdos y las cicatrices. 

La muerte del segundo hijo, Adrián, es uno de esos sucesos inclasificables, probablemente es un recuerdo que no termina de cicatrizar nunca. 

—Él empezó a estar con temperatura y lo sacaba —tábanos en el rancho —y lo sacaba… como ahí en el rancho no había doctores ni nada, iban así cada mes, lo traíamos a La Chona. Yo me venía a La Chona, al Puerto Bajo, era una clínica como éstos —señala hacia su lado derecho, indicando la dirección del centro de salud de la colonia —y me daban medicamento y me lo llevaba y un día o dos estaba bien y luego empezaba con la temperatura, le salieron las paperas y yo medicina y medicina y lo llevaba de güelta y no pos no, pos es que las camionetas que me llevaban iban en la mañana y regresaban en la tarde y ya me tenía que regresar yo con Adrián y este… así y de las paperas se le jueron pasando aquí —señala sus axilas— que era gang… glang… ¿cómo?… ¡ganglios! Y de ahí se le pasaron aquí a las ingles y ya él tenía dos años.

—¿Su esposo no la acompañaba?

—No, él nunca quiso dejar el… pos que cuidando la casa y que cuidando la casa. Sí, él se quedaba pos en el rancho y ya pos en la mañana me iba en la camioneta y me regresaba en la camioneta. El Puerto Bajo era como un ejido y allí estaba la clínica.

Francis, que en ese momento tendría tres o cuatro años, nunca se quedaba con su padre a cuidar la casa. Siempre se quedaba con su abuelo o con su tía Dominga. Los recuerdos, para ella, son un poco borrosos.

—Se supone que nosotros teníamos un jacal con un patio muy muy grande. Adrián estaba sentado en una sillita y estaba así cruzado de pie y se rieron y él se cayó y yo me acuerdo que de ahí él ya no fue bueno. Yo me acuerdo que mucha gente decía que porque le habían hecho ojo.

Por razones que nadie recuerda, la familia se fue a Matehuala y Adrián estuvo internado en un hospital de San Luis Potosí, en donde murió.

—Cuando murió Adrián yo estaba con mi abuelo. Yo quería mucho a ese niño, mucho lo quería, pos era todo para mí él. Entons haz de cuenta que yo nomás me acuerdo que alguien dijo “llévensela al mercado, que se la lleven al mercado porque no va a querer que se lo lleven” o sea ellos se referían a que yo no iba a querer que se lo llevaran a enterrar. Yo no me acuerdo del funeral de él. Lo velaron en la casa de mi tía Josefina, que vivía en Matehuala.

Basilia, al no tener dinero para trasladar el cuerpo del niño a Matehuala, lo envuelve en una cobija que le habían regalado y finge que está dormido para poder subirse al camión. Durante dos horas y quince minutos, aproximadamente, Basilia llevó en brazos el cuerpo de su hijo. Sola. Completamente sola. 

Una foto muestra a un niño sobre lo que parece ser una mesa, sus manos están atadas y sostiene un pequeño ramo de flores. Parte de su cuerpo está cubierto por una manta blanca y flores de diferentes colores. Sus ojos están eternamente cerrados. Hay una mujer que le acaricia la cabeza. Tiene un vestido rosa, el cabello negro y es delgada. Su mirada está clavada en el niño. Es Basilia, la mujer que pretendió que estaba dormido, la mujer que sostuvo su cuerpo inerte. No hay milagro más cruel que éste (…) / Resisto. Tengo una herida. (…)/ Soy el centro de una atrocidad. / ¿Qué sufrimientos, qué tristezas / he de parir y amar?

***

(…)

Luego de la muerte de Adrián, vino Carlos, que nació en Matehuala; después, Alejandra, que nació en Galeana, Nuevo León. El último en nacer fuera de Saltillo fue Germán, él, al igual que Francis, nació en Milpillas, Nuevo León. Hasta ese momento ninguno tenía identidad, no estaban registrados.

—Sí había registro civil allí en Milpillas pero, vuelvo a lo mismo, como que él nunca quería hacerse responsable… digo, él nunca quería registrarlos. La verdad no enten… digo, nunca entendí, ya no entiendo ni entendí qué era lo que él…. él quería vivir su vida con una y con otra y no tener nunca compromisos, yo creo. 

La Tempestad que era su esposo no dejaba de sacudirla. Pasaban carencias muy seguido. La herida, en este punto, era muy profunda y la casa en la que ahora hablamos está muy lejana. Sin embargo, la ola que es Basilia, se hacía cada vez más grande, cada vez más fuerte y estaba lista para arrasar.

—Yo lo que no quise nunca era andar, pos sí, pa’ arriba y pa’ bajo. Si yo también me biera gustao me biera ido del rancho. Porque él también antes se trajo una señora de Matehuala y que la tuvo… no sé cuánto, pero que ya mejor se fue… no aguantó. Que es la que tiene una hija de él. Pos eso dicen, yo… a mí él nunca me dijo “sí, sí es mi hija”, yo le preguntaba. Güeno, eso decía Josefina.

Josefina, además de ser esposa del tío de Basilia, era hermana de la Tempestad.

La herida que lleva no la abrió ese Hombre Tempestad. No. En su corazón ya había una grieta pequeña que se hizo cada vez más grande. El abandono es lo que realmente pesaba, el abandono de sus padres y la ausencia de ese amor incondicional que ella les tuvo a sus hijos desde el primer momento. 

Registran a los niños cuando una brigada llega al rancho. A pesar de que el Hombre Tempestad no quería, su padre los hizo registrarlos. Al adquirir los tres niños una identidad, el padre de la Tempestad lo obliga a casarse con la Ola.

—Nos casamos el día que los registramos en el rancho, pero por mi suegro. Pos él —la Tempestad —como que no quería casarse pero fue un papelito nomás por mi suegro porque a falta de papá yo lo tenía a él, él me estaba dando todo lo que me faltaba… y mi papá como si nada… nombre, él como si no le importara. Entonces yo viéndolos a ellos —a sus hijos —y viendo la situación que yo viví, yo dije no, yo no voy a querer que se repita esto. Me aferré a verlos y a verlos y dije yo no voy a dejar que anden pa’ arriba y pa’ abajo, por eso. Ay no, fue… unas cosas muy… no, nunca acaba uno de platicar.

No, nunca acaba uno de platicar. Pero la voz se le quiebra y la herida le arde. En sus ojos se asoma un tsunami que ha sido contenido por años. Lagrimas no derramadas.

***

Domingo 1 de julio, 2018. Una playa muy lejana a Milpillas, Nuevo León.

Si pudiera guardar el recuerdo de tu risa, aquel día, en el mar, lo haría. Si pudiera abrazarte eternamente, ahí, frente al agua, lo haría. Pero tú, Mujer Ola, te escurres entre la memoria y tu sonrisa de mar en calma se va borrando lentamente.

Aquel día pudimos detener el curso de la corriente de agua roja que pasaba frente al jacal en el que viviste. Los recuerdos desaparecieron y no hubo otra vida antes del mar. Esos días abrazamos la liquidez de la vida. 

***

Dentro de la casa naranja grande, hay un hombre de 35 años con la mente de un niño. Sonríe y saluda a todos los que reconoce. Su aspecto mayor causa un poco desconcierto en los que no lo conocen. Va a la preparatoria y batalla al escribir. Él es Germán, hijo de Basilia y el Hombre Tempestad. Nació en Milpillas, Nuevo León. Lo recibió una partera. No es cualquier hombre, no es cualquier hijo. Es el que trajo a Basilia a Saltillo. 

A los cuatro meses de nacido empezó a presentar las mismas fiebres que aquejaban a Adrián. Parecía que la historia se volvía a repetir con la única excepción de la ausencia de paperas. No eran nuevas las visitas que hacía Basilia a Puerto Bajo, no eran nuevas las fiebres, ni siquiera eran nuevos esos días en los que el niño se despertaba bien porque luego volvería a decaer. Lo que sí fue nuevo fue la convulsión que lo atacó. El niño tenía meningitis.

—A mamá creo que la atendió una partera y no tuvo cuidado. Dicen que le entró aire, eso dicen, pero no sabemos. — me dice la hija mayor.

En Puerto Bajo no tenían los recursos necesarios para atenderlo y el niño sobrevivía conectado. Basilia habla en plural. 

—De ahí de Galeana nos dijieron que había unos especialistas para él en Monterrey y aquí en Saltillo, entons pos teníamos esos dos lados, pero que aquí en Saltillo estaban mejor los especialistas para él. Entons nos vinimos directamente para acá. A él lo trajieron en una canastita, en una ambulancia.

Sólo viajan Basilia, el Hombre Tempestad y el bebé; los niños se quedan con su abuelo. Se fueron sin nada y llegaron a Saltillo sin nada.

—Pedíamos por las calles, desde el hospital del niño hasta el centro, para el medicamento de Germán y para comer. Porque Germán siempre nos pedían un medicamento que ese no tenía que fallarle porque sin ese medicamento se nos iba y entons yo me puse a ayudarles ahí en el Hospital del niño, había un albergue. Les ayudaba a echar gorditas y pos ya nos dieron la comida ahí y nos estaban cobrando la comida pa’ los dos y nos dieron las camas y no nos cobraron, porque ahí cobraban. Nos ayudaron con eso.

Tres meses después de haber llegado, su esposo comenzó a conocer albañiles que lo contrataban como ayudante. El trabajo no lo podía ejercer plenamente porque tenían que ir a pedir a las calles. Basilia recuerda que una mujer les servía platos grandes de lechuga, pollo y arroz.

Hay que decirlo de una vez: ni Basilia ni su hija pueden darme pistas exactas o aproximadas acerca del tiempo. Pero las fechas y las edades exactas no importan, sólo basta con mencionar que los niños eran muy pequeños y que Basilia era muy joven. Cuando la situación es tan difícil, uno no mide el tiempo. No importa eso. La cronología sobra porque el resultado es el mismo: una casa naranja grande y el mar, el mar, el mar.

Lo que sí importa es que un día llegó el Hombre Tempestad por sus hijos para traerlos a Saltillo y dejaron atrás el rancho, el jacal, al abuelo que era muy bueno y su identidad. Las actas de nacimiento y de matrimonio se quedaron en aquel jacal y al llegar a la ciudad tuvieron que ser registrados nuevamente para poder incorporarse al seguro social. Un año después, su tío Seferino los visita y les entrega los papeles. Hay que decir que antes de eso pasaron muchas cosas y ni los niños ni Basilia eran los mismos. Ya no eran esos niños a los que habían registrado en el rancho. Ahora eran otros que, según papeles oficiales, habían nacido en la ciudad de Saltillo.

***

¿Por qué no nos atrevimos? ¿Por qué no lo hicimos? ¿Por qué dejamos que las aguas rojas siguieran su curso? ¿Por qué no nos atrevimos a detenerlas? Hay, en cada recuerdo, un remordimiento oculto. El problema no es que las aguas rojas no se detuvieran, el problema es el curso que siguieron y cuántos se ahogaron con ellas. El problema fue que Basilia de pronto se encontró en medio de toda esa agua roja y no era el mar. Esa agua era un estancamiento de tragedia, en el cual, ella y sus hijos se ahogaban.

Después de traer a los niños a Saltillo, después de darles una identidad saltillense, se quedó un poco más de tiempo en el albergue del Hospital del niño y luego se fueron a probar suerte por las calles.

—Andábamos de arrimados con una señora que se llamaba doña Luz. Que a veces pos ya no nos querían… ay no, una cosa muy triste que anduvimos, y luego eran cuatro. Duramos como una semana en Valle Escondido y ya las muchachas nos hacían el fuuchila, que ya no nos querían.

Germán seguía internado. Los doctores nunca les dieron esperanzas de que se recuperara, contrario a esto, les decían que si lo llegaban a desconectar podía morirse. Aun así, lo dieron de alta. 

—Ya estaba todo hinchado y ya nomás nos lo dieron de alta y se compuso… pos ya no se compuso, pero se compuso.

Germán sufrió un daño cerebral y más tarde, desarrolló epilepsia. No se compuso, pero se compuso. Es 2020 y él tiene 35 años cumplidos, va a la preparatoria, batalla para escribir y vive en la casa naranja grande. Vive. Y ahora es el dueño de la casa. 

***

(…)

Había días en que las aguas eran más rojas. El tiempo pasaba y pesaba, pero aquella Mujer Ola que llegó ingenua a una tempestad, ahora era más dura. El Hombre Tempestad ya trabajaba en la obra como albañil, le pagaban doscientos pesos y Basilia se encargaba de administrarlo.  

—Andábamos pos pa’ arriba y pa’ abajo. Y de ahí nos vinimos a pagar renta a los Virreyes, ahí buscamos un cuartito, nomás un cuartito nos rentó el señor y allí calentábamos y de un solo platito, nomás un platito, comíamos todos porque no nos rentaron con cocina, nos rentaron el puro cuarto, como no teníamos nada. 

Vivían en la colonia Virreyes, calle Matías de Gálvez. Rentaban un cuarto pequeño en una vecindad. La hija mayor, que en ese entonces tendría ocho o siete años, comienza a trabajar con la mamá de uno de los dueños de la vecindad y con una vecina de esa misma colonia.  

—A Asturias llegamos ya después de tiempo. De ahí de Matías de Gálvez nos fuimos a una casa de Vicente de Güemes, allá duramos rentando otro tiempo. De allí de Vicente de Güemes rentamos una casa y luego nos la quitaron y luego nos fuimos a rentar un cuartito y allí tenían que hacer mis criaturas en un botecito porque nomás era un puro cuarto el que nos rentó el señor.

Después de Germán, en algún punto, entre la transición de la calle Matías de Gálvez y la calle Vicente de Güemes, nació Margarita; después de Margarita nació Aracely; después de Aracely nació Javier y finalmente nació Baltazar. Así, Basilia fue madre de ocho y esposa de uno solo.

Llegaron a la casa —que ahora es grande y naranja — por recomendación de la mamá de unos compañeros de escuela de Francis y Carlos. No la compraron ni la rentaron. La colonia Asturias, en ese momento, estaba llena de casas solas a las que la gente llegaba para ocuparlas. Tenía sólo dos cuartos, espacio para una cocina y una sala-comedor. Todo era muy pequeño pero mucho más grande de lo que habían conocido.

***

Nooo, ¡olvídate! Papá tuvo muchas mujeres. Papá cobraba los sábados y se iba. O sea se daba su habilidad. Mamá nada más decía “es que tu papá se gastó todo el dinero” y cosas así, pero nada más. —Dice Francis.

El Hombre Tempestad era seco con Basilia. Aparte de sus problemas con el alcohol, tuvo amores por todos lados y no los ocultaba. 

—Sí pensaba en dejarlo. Pos él andaba muy mal y venía como muy triste, no sé, con mucho sentimiento y como que se le cerraban los ojos y yo lo corría y Carlos lo miraba, él tenía como doce años, y él me decía “eso lo hubiera pensado antes, mamá, ya ahorita ya tenemos que ver a papá” y ya me cerró la boca… Pero sí lo corría porque ya venía la mujer a buscarlo o lo estaba esperando en la esquina o lo estaba esperando en el carro, y le hablaba por teléfono y ya después fue la cosa que también quitamos el teléfono porque la mujer le hablaba mucho aquí. 

Después de un tiempo, dejó de darle dinero y no le permitía trabajar, pero la mujer que tengo en frente está pensionada porque se rebeló y trabajó durante muchos años. 

—Trabajé muchos años. Empecé a trabajar cuando Carlos iba a entrar a la secundaria. Mi esposo no quería que trabajara porque él decía que qué dirían y yo le dije “yo no voy a ver qué dirán, mi trabajo es mi trabajo”, y me aferré a trabajar. Es que era muy raro, hija… pero pos bueno, que en paz descanse ya. Dicen que habla uno de su vida menos de su muerte… pos bueno, pos a ver.

***

Lunes 22 de enero, 2018. Saltillo, Coahuila. Clínica Hospital del Magisterio.

Lleva cinco horas agonizando. Sus hijos, sus ocho hijos están ahí, rodeando su camilla. Ella está sentada en el pequeño sillón negro que está a un costado. Todos lloran. Josefina, su hermana, está en la sala de espera con una de sus nietas. Todos lloran. El calor de la habitación es sofocante. Afuera de esa habitación hay muy poco movimiento. Cuando la puerta de su habitación se abre, los gritos esporádicos de los ocho hijos invaden el pasillo y la sala de espera. El aliento se le va. 

Ella está cruzada de brazos. Algunas veces, las lágrimas escapan de sus ojos. Luego las limpia y clava su mirada en él, en la Tempestad, el Hombre Tempestad. ¿Qué es lo que piensa? Por un momento, él cierra sus ojos enfermos, cuando los vuelve a abrir su mirada cristalina se asemeja al reflejo del sol en el mar. Brillan. Observa a sus ocho hijos. La observa a ella, su única esposa, quien ve en él la misma mirada que le dio muchos años atrás, la que hizo que fuera en busca de un hogar sólido. Después de unos segundos, sus ojos se cierran para siempre. Los gritos son ensordecedores. Se fue la Tempestad. 

(…)

***

Jueves 09 de abril, 2020. Saltillo, Coahuila. Colonia Asturias, calle Tineo. 

“Soy mía de nuevo. Todo está en su lugar. (…)

Soy plana y virginal, esto quiere decir que

nada ha sucedido. (…)

Y esta mujer que me encuentra en los escaparates -está impecable.

Estuvo a punto de ser transparente

como un espíritu.”

(Sylvia Plath, Tres mujeres)

— La veo muy fuerte, muy fortalecida. Como que apenas ella empezó a vivir porque para ella, la vida con papá fue como tenerla amarrada. — Me dice Francis.

La casa, por dentro, también es naranja. Al entrar hay un amplio recibidor que funciona como depósito de lo que no se ocupa, unas escaleras a la derecha y un cuarto amplio en donde duermen Basilia y Germán. Después, detrás de una cortina blanca, hay una puerta café que está abierta. Ahí está Basilia esperándome, sentada en una mesa con forma de óvalo. Me sonríe.

—¿Le gustaría volver al rancho?

—No, yo ya ni de chiste. —Se ríe

—¿Por qué?

—Digo, porque yo tuve una concuña que… la pasé muy mal. — Sacude la cabeza —La pasé muy mal con ella. Es que yo viví muchas cosas. Entonces pos no, yo ya no. Él sí quería ir, pero yo le dije que no, es más que si él se quería ir, mejor yo lo ayudaba. Pero yo ya no. Al principio si pensaba en irme, hasta compré un molino y un aparatito de gas pa’ llevárnoslo porque pos allá realmente no teníamos nada y la que se nombraba rica era mi concuña porque pos ella tenía todo… baños y todo y yo… pos no, no teníamos nada

Felipa, así se llama su concuña. No habla de ella, ni siquiera pronuncia su nombre. Felipa era esposa de Seferino, el hermano del Hombre Tempestad. Se dicen muchas cosas de ella, pero lo único que vale la pena mencionar es que le tenía rencor profundo a Basilia por estar casada con la Tempestad. No era rica, pero tampoco le faltaba todo lo que a Basilia le faltaba.

No regresó al rancho hasta después de muchos años y sólo fue de visita. El Hombre Tempestad  tampoco regresó para quedarse. Algo tenía ella, algo que hizo que él nunca la dejara. Probablemente era un miedo terrible de encontrarse solo, de verse destruido sin esa mujer de fragilidad aparente.

—Intentó irse pero ya al último. Juntaba todos sus botes y cobijas y que se iba a ir pal rancho, pero yo creo que ya era su delirio.

Su delirio. Porque el Hombre Tempestad murió fuera de sí. La cirrosis lo consumió poco a poco y lo hacía delirar y perder la memoria. 

Miro a mi alrededor. Nada queda ya de aquella casa incompleta a la que llegaron. Ahí adentro sólo está el cuarto de Margarita y sus dos hijos. El otro ha desaparecido, ahora es una sala con tres sillones, un clóset, una pantalla y un altar a la virgen. Miro a Basilia y su sonrisa. Nada queda ya de aquella fragilidad aparente. Su expresión es suave, pero en sus ojos se asoma una fuerza incontenible. 

Basilia, la Mujer Ola que logró reconstruirse y reconstruir la casa grande y naranja. La mujer que construyó una familia.

—¿Un recuerdo muy bonito? Pos que tengo a todos mis hijos, eso es un recuerdo y un orgullo. Yo estoy rica porque tengo a mis hijos. No, si yo no hubiera tenido hijos hubiera estado bien pobre. Diosito me dio a manos llenas a mis hijos y yo estoy aquí por ellos, aunque no están aquí conmigo, pero yo sé que los tengo.

Es madre de ocho, abuela de catorce y fue esposa de uno solo. Me sonríe. Es madre y abuela incondicional. Me sonríe. El día en el que se fue el Hombre Tempestad creyó que estaría sola. Siete meses después se encontró con el mar junto a tres de sus hijos, su yerno, cuatro de sus nietas y su bisnieto. 

En sus ojos lo veo. No, nunca acaba uno de platicar. Hay mucho que no se dijo. Hay tanto que no se nombró, como la violencia psicológica de la que fue víctima. Hay, en sus ojos oscuros y fieros, lágrimas acumuladas por años. Hay una historia de dolor que nunca terminará de ser contada. No, nunca acaba uno de platicar. Pero también hay una sonrisa en sus labios. El mundo está amenazado por una pandemia, la cercanía está prohibida y un abrazo quema entre nosotros. Un abrazo que se quedará esperando a que todo pase.

Le pregunto su nombre completo, ese que es el mismo en Saltillo, en Matehuala y en Milpillas. Lo sé. Pero presiento que el sonido suave de su voz abrazando a esas palabras ásperas, agitará, en la distancia, al mar, que aún espera su regreso. Me sonríe.

—No pos… no sé. —Se ríe —Ponle abuelita. — Me responde Basilia Paredes Torres.

*

Este texto forma parte del libro “Cronopios, sonrisas y recuerdos” escrito por Dalila R. Tienda. Disponible próximamente.

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