Piezas

Por Maribel Castillo

Abrí los ojos, sentí un tenue rayo de sol penetrar en mi habitación y resbalarse con presunción por mi lecho. Hacía muchos días que la tormenta no lo había dejado asomarse por los huecos del techo, en donde las gotas de lluvia entraban con ímpetu y se deshacían al besar el asfalto de aquella pequeña morada cuyos días se estrellaban sin piedad, sin traer buenas noticias. 

Sin trabajo desde hace casi tres meses, mi supervivencia se volvió cada vez más crítica, como crítico era también el estado en que se encontraba la economía del país, por no decir del mundo entero. Sólo contábamos con la esperanza de que poco a poco todo volvería, sino a la normalidad, al menos a un estado donde pensar no fuera tan doloroso; sin embargo, al menos nos quedaba el consuelo de seguir con vida.

Saqué aquella vieja agenda que había encontrado unos meses atrás, mucho antes de que comenzaran los rumores de pasar una cuarentena debido a la pandemia que tenía de rodillas al mundo entero. Volví a leer su contenido y una tristeza se apoderó de mí, en todo el tiempo que llevaba encerrado no podía pensar en nada más.

Podría decir que la locura de un encierro consigo mismo lograría llegar a extenderse por mucho más tiempo, aún cuando llega a tu puerta la anhelada libertad. Sin embargo, mi estado lamentable no se debía a los estragos de mi propia mente o de diversos recuerdos dolorosos que he tratado de olvidar, más bien se debían a la imposibilidad de hacer absolutamente nada por mí mismo.

Una mañana, hace ya varios años, encontré debajo de mi puerta un sobre sellado que contenía en su interior una carta, donde se me notificaba que era heredero de una colección de carros a control remoto antiguos. Súbitamente recordé la primera vez que mis ojos se maravillaron al ver en un apolillado estante todos los carros en donde mi imaginación no me había permitido llegar hasta ese momento. Rememoré el Toyota Land Crusier de 1980, el Tandy de 1982; el Mercedes Benz de 1969 serie A, su carcasa  hecha de acero fundido en escala 1/16; y así, cada uno de ellos traía a mi mente un pedacito de añoranza de aquella infancia que se me escurría tras el velo de la madurez. 

Como un rayo que traspasara mi corazón, pensé en aquel hombre cuyas canas eran mecidas por recuerdos que jamás pudo desempolvarse. Había muerto sin duda, ya su alma reposaba junto a la mujer que tanto amó y cuya vida fue prematuramente cortada. 

Su entierro había trascurrido hacía unos meses. Unas semanas después  me presenté en aquella enorme casa, en donde fui recibido por un fuerte eco, por las pisadas de evocaciones y pesadumbres que caminaban por doquier. La casa estaba totalmente vacía, en sus inicios de destrucción. La familia a la que fue heredada había decidido venderla, por lo cual me apresuraron para ir a recoger lo que ellos llamaban “juguetes viejos”. 

La casa estaba construida en dos plantas, pensada para albergar en ella a una enorme familia, pero  sólo pudo albergar una enorme colección de carros a control remoto antiguos y piezas.  Ahí estaba en la parte de arriba en todo su esplendor, los muchos “juguetes viejos” que hasta hoy aún me parecen lo más fantástico e inigualable que se pudo crear. 

– La mayoría de estos carros –decía Allan- fueron vendidos por amor. Mis pequeños ojos se clavaban en su rostro mientras esperaba más explicaciones, pero él callaba. 

– Ellos llevan una parte de mí, son como mis hijos, consumen mi tiempo, esfuerzo y dinero. Me causan heridas al repararlos, todos llevan una pieza de mí.

– Este modelo Flashback –continuaba mientras me mostraba un carro de color negro- tiene una característica especial, salió a la venta en 1984, el año en que naciste.

Lo vi durante horas, días, semanas y meses reparando aquellos carros. El motor arrancando era uno de los arpegios que más colgaban de la pared. 

-¿Por qué repara esos carros si no juega con ellos? 

-Son para mi hijo. –contestó con cansancio. 

En realidad Allan nunca tuvo hijos y después de la muerte de su esposa no volvió a casarse, por lo que las personas pensaban que no estaba muy bien de la mente.

El viejo estante estaba más viejo y más apolillado que nunca, con sus últimas fuerzas sostenía los sueños y anhelos de aquel viejo que cumplió con reparar todos los carros de su colección. En uno de los cajones donde guardaba las piezas me topé con una vieja agenda de 1994, estaba forrada de cuero de un color café oscuro y sus orillas brillaban como el oro.

No quise deshacerme de aquellos carros que contenían muchas de mis más grandes impresiones infantiles y, puesto que la infancia es aquella etapa que más define el resto de tu vida, decidí conservarlos. Todos funcionaban;aunque los olvidé por muchos años en una vieja habitación y volvieron a llenarse de polvo. Como uno de esos momentos en que el destino confabula para que el orden de lo imposible se restablezca, recordé aquella agenda vieja que no me atreví a abrir en su momento por creer que no contenía nada, pero una fuerza inexplicable me impulsaba a ella, así que, una tarde en que las aves perseguían la noche, fui a buscarla.

Era una especie de diario de muchos años atrás, incluso antes de mi nacimiento. Eran las memorias más importantes de Allan y, aunque algunas páginas no se podían descifrar, llegó un momento en que deseé nunca haber leído aquellas letras que ahora, en plena soledad y encierro, me atormentan.

«No recuerdo con exactitud en qué momento mis palabras produjeron eco en sus oídos y fueron guardados en su memoria. Tampoco recuerdo si fue la luz de su mirada lo que me enamoró, me incitó a hablarle y continuar con una conversación que, aunque he olvidado por completo, me temo que no fue para nada coherente. Lo cierto es que sin proponérmelo, me enamoré de aquella frágil mujer que los dioses verían con enorme placer, y que yo fui el afortunado de encontrarla en mi destino. El cual también permitió que, poco tiempo después, se convirtiera en la esposa y la mujer de mi vida.

»Pasábamos las noches contemplándonos, al resplandor de una luna llena, en sus ojos vivían las más fuertes impresiones de dicha y felicidad que yo le brindaba. Adquirimos una casa grande, en donde las alas de su amor se extendían por todo nuestro paraíso. Aunque el lugar era demasiado grande para dos personas, disfrutábamos únicamente del piso de arriba.

»Recuerdo también con mucha impresión el primer carro a control remoto antiguo que me llamó la atención y cuyo precio era demasiado elevado para la economía familiar. No recuerdo  que mi padre haya gastado ni un centavo en comprarme ningún juguete, mucho menos uno de esos que con aquel precio comería una familia entera por un mes.

»Meses después de mi matrimonio, me encontré con el mismo carro que añoraba en mi infancia y lo adquirí por un precio casi de burla. Me dediqué a repararlo. Mi esposa era un susurro entre aquel rechinar de piezas y motores cuyo aliento se evaporaba al instante, pero su perfume me seguía a cada paso que daba.

»Fui adquiriendo muchos más carros, sentía placer arreglarlos y pensar que serían para mis hijos. Los ojos de mi mujer resplandecían a la luz del soplete y me daba un largo beso en los labios.

»Todos los meses presentía el milagro de la concepción, sin embargo, no sucedía y sus ojos cada vez se apagaban más. Al principio no noté ese hecho, fue hasta que también su sonrisa comenzaba a extinguirse y sus manos se tornaban más frágiles que de costumbre. Era estéril. El deseo de que yo diera los carros a nuestros hijos se alzó en su memoria como un mandamiento, un mandamiento que ella no podía cumplir así que, su hundimiento se iba marcando en cada vena de su cuerpo, en cada aliento que lanzaba a la fatalidad.

»Sin sospechar, cada pieza que colocaba en uno de los carros se robaba un día de la mujer que tanto amaba, cada motor que funcionaba iba acabando paulatinamente con los días de mi compañera y fue entonces cuando me sugirió la idea de alquilar un vientre para que mis deseos se vieran completos, pero no era esa mi idea. Tal vez nunca le expresé con las mejores palabras que lo mejor para mí había sido amarla y tenerla mientras Dios quiso.

»El retrato de aquellas noches de desvelo, en que el silencio era sólo interrumpido por sus sollozos, por las quejas de un dolor que cada vez se incrustaba en su pecho, perforaban las paredes de aquella enorme casa donde el frío se había instalado con petulancia y se apoderaba hasta de nuestros cuerpos.

»La naturaleza de mi amada siempre fue de una fragilidad que temía romperla con cada beso de aquellas noches que se perdían para siempre entre nuestros miles de recuerdos. Sus manos astillaban y producían un sonido que lastimaba, el áureo de sus ojos se había evaporado entre la nada; sin embargo, su corazón seguía latiendo y seguía amándome desde lo más profundo de muchas vidas atrás.

»Murió entre aquellas sábanas que una vez fueron testigos de nuestra prosperidad, murió en aquel lecho donde nuestras almas se cruzaron y juraron amarse más allá de la muerte. Ahora aquel designio se formaba entre el último aliento de mi amada, cuyos ojos ya no volverían a verme reparar uno de aquellos carros que tanto fue mi deleite. ¡Oh deseos de la vida!, justo cuando mi mujer exhalaba un suspiro, nacía en otro vientre un hijo que se engendró a cambio de la vida de la mujer que aún después de la muerte amaré. Su cuerpo yacía inerte entre mis brazos y mis sollozos no alcanzaron a despertarla.

»Al transcurrir los años de la infancia de mi único hijo, fui reparando los carros que me faltaban, fui haciéndolo despacio para poder verlo crecer. Aunque nunca lo reconocí como mi hijo, tenía los mismos ojos que mi amada, cuyos restos reposaban en un lúgubre sepulcro, esperando a que repare el último de los carros y, posteriormente, se los deje como herencia a mi hijo, nuestro hijo.

Maribel Nohemy Castillo Guevara (Ciudad Barrios, 1994). Miembro del Taller Literario Zarza y Taller Literario Apenas la Voz. Licenciada en Letras de la Universidad de El Salvador.  Poeta y cuentista. Sus primeros escritos fueron publicados en la revista Laberinto. Le es otorgada la mención honorífica de cuento en el V Certamen Literario de mujeres “La flauta de los Pétalos” (noviembre de 2016).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: