El origen

Por Miguel Ruiz

“Existe una salida para los laberintos: la entrada”
-Anónimo

—¡En total son quinientos! ¡quinientos pesos en una semana!

Los gritos alertaron a Daniel, quien no pudo hacer nada antes de que Lucy entrara en su habitación. 

—Puedo dejar pasar cincuenta, cien pesos aún, pero ¿quinientos pesos en una semana? ¿Para qué necesitas tanto dinero?

—¡Yo no te agarre ni madres! —negó rotundamente Daniel.

Lucía, la madrastra de Daniel, no dudó en responderle con una cachetada,por lo soez de su defensa, porque a las madres no se les habla de esa forma, o porque estaba desesperada por encontrar ese dinero.Sin importar la razón, la solución para los problemas, en esa casa, siempre habían sido los golpes.

—¿Sabes qué es lo que más me estresa? —le preguntó Lucía —Por más que lo intento, nomás no puedo confiar en ti, cabrón. Siempre tienes que cagarla…

—Ya deja de chingar al muchacho con tus frustraciones personales. —interrumpió una voz fuerte y burlona  —El Dany te va a pagar de otra forma la lana, flaca. ¿verdad? —se quedó mirando fijamente a Daniel.

—Si, papá —contestó Daniel a José, su padre, con el semblante de impotencia.

 —Está bien, gordo —contestó Lucía, casi por obligación. 

—Me voy a ir Puebla con la Lucy unos tres días y, como no está su hermana, vas a echarle un ojo a su papá, ya ves que como que ya anda chocheando. 

—Pero pá, don Tomás está bien, además yo no agarr…

—Entonces paga el varo que agarraste o te me vas a la verga de esta casa. —dijo José, mientras le agarró la greña al joven de catorce años y se le quedó mirando fijamente a los ojos para intimidarlo.

 —Está bien, —aceptó Daniel bajando la mirada —me quedo con Don Tomás.

Esa misma noche, sentado sobre su cama, Daniel comenzó a mirar las cicatrices y moretones sobre su cuerpo. Durante esa noche calurosa y aburrida, Daniel pintó con un plumón las cicatrices de su antebrazo y contorneó sus moretones. Entrecerraba sus ojos y le parecía que estuviera frente un mapa. 

—Como un mapa de los piratas —dijo en voz alta.

 Mientras recorría sus brazos y sus piernas, el roce revivía los momentos en el que adquirió cada mancha, cada marca. Daniel se paró de su cama, dejó de pensar, apagó la luz y se metió entre las cobijas.

 Al acostarse para dormir, seguía pensando con fascinación sobre su cuerpo y su piel, con todas sus marcas y manchas, como un mapa pirata, como uno de esos mapas que llevan a un tesoro escondido. De pronto, el gesto de alegría se le borró de la cara y cerró sus ojos. No pudo evitar pensar en que sií su cuerpo era el mapa de su vida, entonces no trazaba ni trazaría el camino hacia ningún tesoro.

—El mapa de mi piel sería más bien como un laberinto. —susurró Daniel, derramando una lágrima sobre la almohada, quedándose profundamente dormido.

A la mañana siguiente, ni José ni Lucía estaban en la casa. La tele estaba a todo volumen en el noticiero matutino, y don Tomás se encontraba frente al sillón con el grueso y elegante libro de biología que llevaba leyendo durante toda la semana. La evolución y la cadena evolutiva del ser humano era su tema predilecto. Hace dos meses, don Tomás estaba fascinado con Nietzsche y su genealogía de la moral. Hace un mes fueron los Mayas y su repentina desaparición. 

Don Tomás quedó viudo muy joven y se jubiló muy joven. Nunca mostró tristeza por su esposa, pero Lucia y su hermana menor siempre supieron que perder a su amada le dolió hasta los huesos. Así transcurrió el tiempo para una familia rota: dos niñas con una vida por delante y un obrero ausente en casa, perdido en su jornada y su propio dolor. 

Su hija Julieta, la menor, se casó a los 18 años con un profesor. Casi nunca visita a su padre. Lucia nunca dejó a su padre ni la casa en donde creció. Don Tomás, ya jubilado y sin una hija, encontró tranquilidad en los viejos libros del puesto ambulante de afuera de su casa y en las atenciones de Lucia tan cotidianas , tan poco reconocidas por él mismo. Jamás tomó en cuenta las atenciones de su hija, devota a él, hasta que José y Lucia se enamoraron y José y Daniel se mudaron con ellos.

—Lo peor de estar viejo es que hasta tú creas que cuidas de mì —dijo don Tomás a Daniel, quien se lavaba los brazos pintarrajeados con jabón

—Nomás porque a veces se le cambia el canal, don Tomás.

—Como cualquier persona se le puede ir el avión, pinche Danielito. Por cierto, perdóname por dejar que te chingara tu jefe ayer, no pensé que mi hija se fuera a dar cuenta.

Daniel volteó sorprendido y le aventó la toalla con la que se secaba directo en la cara a don Tomás.

—No mame, don Tomás, ¡su hija la va a agarrar contra mí!

—Tanto pedo por agarrarle un poco del dinero que yo le doy. Además, le agarraba de poquito, el culero de tu papá le ha de dar baje también. —contestó don Tomás tranquilamente. —No contaba con que te quedarías, mano. Me quería ir en avión, pero pues como me tienes que acompañar, yo creo que nos vamos en camión.

—¿A dónde lo voy a acompañar?  —preguntó Daniel, más entusiasta que temeroso.

—A Mérida, donde conocí a la mamá de Lucía. Pero tenemos que irnos en chinga para no perder más tiempo.

No fue necesario decir más para que hicieran maletas y tomaran el metro rumbo a la central camionera.

—Pinche Don Tomás, sí está girito. — dijo Daniel en su cabeza, mientras veía a don Tomás comprar los boletos.

Abordaron el camión.Mientras don Tomás se quedaba inmerso en su libro de biología, Daniel veía una película en la pantalla del camión; les llegó la noche.

El ruido en la autopista no tardó en despertar a Daniel, quien, al abrir los ojos, se encontró con un don Tomás reflexivo, que veía con seriedad su reflejo en la ventana, a punto del llanto.

—Tanto he visto, tan fuerte fui, tanto caminé, tanta gente conocí y todo eso para terminar tan débil, que ni puedo meter las manos por mi hija o hacer algo al respecto con los abusos en mi propia casa. —Le dijo a Daniel, a quién veía por la ventana. —Mi papá era como el tuyo en muchas formas. También creía que con una buena chinga se me quitaría cualquier defecto,aunque las chingas también eran un buen remedio para quitar el estrés del trabajo, desahogarse de las deudas o bajarse la peda. El me crió para ser castigado y castigar, sabrán mis hijas que tan duro fui. Y hasta ahora me doy cuenta de lo grave de mi error.  —pausó don Tomás y después volteo a ver a Daniel.  —He visto lo que hace tu jefe y te pido perdón por no hacer nada por ti o por mi hija. He tenido mucho miedo… ¿Tanta vida para terminar viendo como sufre quién amo? ¿De verdad tanta vida termina con miedo? Si ese cabrón pez no tuvo miedo, entonces yo menos —Don Tomás dejó  de mirar a Daniel y se quedó dormido. Daniel fingió dormir hasta que finalmente pudo quedarse dormido.

Pasadas ya las horas suficientes para irritarse en un autobús, don Tomás y Daniel llegaron a Mérida. Fue cuestión de hacer una llamada y de conseguir un taxi para que llegaran a casa del compadre de don Tomás, Pedro. Don Pedro, hermano de doña Lucía, la difunta esposa de don Tomás, los recibió en su hogar , ya un poco pedo y desorientado.

—Entonces ¿este es el que le enjaretaron a tu hija? —dijo Pedro refiriéndose  a Daniel.

—Es a toda madre el chamaco—respondió don Tomás.

La casa que los acogió aquella noche era bastante amplia. En el cuarto en el que se hospedó Daniel había un enorme espejo. De entre su bolsa sacó el plumón con el que noches antes pintó el mapa de su vida. Lo vivido que le parecía ya una eternidad, le parecía ahora sólo una mínima parte en comparación de lo vivido por don Tomás. A pesar de ello, nuevamente el gesto de felicidad le cambió al de amargura porque se dio cuenta que el gran error de don Tomás fue no aprender de lo que le decía su propio mapa, ni del dolor que él mismo había sentido. De pronto ya no sintió miedo por las amenazas de su padre; sintió miedo porque nunca fueran a acabar los problemas en su hogar. Lo vivido por Daniel era sumamente doloroso y difícil, pero finalmente durmió con satisfacción, decidido hacer algo al respecto. Todos esos malos tratos acababan con él.

Don Tomás despertó a Daniel a eso de las seis de la mañana y emprendieron camino al Puerto Chicxulub. Somnoliento en el carro, se quedó mirando detenidamente que en el asiento de adelante entre sus piernas, don Tomás llevaba lo que parecía ser una urna. 

—Es mi amada esposa, Lucía, en paz descanse —dijo don Tomás mirando a través del retrovisor a Daniel.

Fueron casi 40 minutos de camino. Don Pedro esperó en el carro, tenía el rostro serio y reflexivo. Don Tomás se dirigió directamente a la playa con la urna entre brazos y Daniel lo siguió, pero prefirió darle su espacio.

Antes de llegar al agua, don Tomás se desnudó completamente. Se quitó los lentes, los puso en la arena, tomó la urna y se dirigió caminando tranquilamente a la playa mientras las olas apenas comenzaban a golpear sus pies.

—¡La culpa fue del chingado pez que se salió del agua, ese fue el principal problema de la humanidad, ese fue el origen de mi dolor y de mis penas! —gritaba don Tomás mientras seguía caminando. —¡El hombre siempre estará en disputas por banalidades y siempre va a herir a los demás indiferentemente!! ¡El ser humano solo complica su prop..prdfsfprffhsjk

Don Tomás quedó totalmente sumergido durante uno, dos, cinco, diez, treinta, cincuenta minutos. Seguía pasando el tiempo y seguía sin salir a superficie. Daniel estaba incrédulo ante lo que había presenciado. Luego de pasar algunas horas respirando tranquilamente, soltó una carcajada enorme, y, por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa genuina.

—Pinche Don Tomás, sí está girito. —dijo Daniel, mirando detenidamente las olas del mar, enjuagando la arena de sus pies.

Miguel Ángel Ruiz Sánchez

22 años

Escritor por necesidad y compromiso.

Hidalguense criado en el Estado de México. Egresado de la licenciatura en Trabajo Social por la Universidad Nacional Autónoma de México. 

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