DEPARTAMENTO

Por Ingrid De la luz Bastida

El día que anunciaron la existencia de la Peste Diamantina fue el mismo en que Rodrigo me dejó. No me sentía destrozada, ni siquiera me sentí triste. Estaba furiosa —¿Cómo es que el imbécil se me adelantó? — Nuestra relación había terminado un año atrás cuando decidimos mudarnos a este horrible departamento.

Digo que lo “decidimos” por puro orgullo porque en realidad lo decidió él.  Durante los meses previos a la mudanza yo le insistí fervientemente en que abandonáramos esta ciudad embustera. Estaba harta de la mafia de la especulación inmobiliaria, de las largas horas perdidas en el transporte público, de los lugares atiborrados de gente idiota que se siente superior por tomar mezcal a precios altísimos. Mi mirada se pintaba de blanco cada vez que Rodrigo recurría a sus argumentos pseudo intelectuales: “es una ciudad cargada de historia”,” aquí hay cultura en todas partes”, “¿en qué otro lugar vas a encontrar una cineteca?”. La disputa terminó casi en un soborno. Me hicieron quedar su lengua labiosa, su sexo erecto y la imposibilidad financiera de mudarme sola.

Comenzamos a engañarnos apenas un mes después de vivir juntos. No me refiero a las incontables veces en que ambos mantuvimos relaciones eróticas con otros hombres y mujeres. Lo insoportable eran las sonrisas incómodas que nos regalábamos cada mañana después del desayuno. Ninguno de los dos era feliz. Nada había resultado como lo imaginábamos. Yo odiaba la suciedad que lo acompañaba a todas partes y que dejaba huella en cada rincón de la casa. Él odiaba mi mal humor de las tardes, mi mirada triste y los pelos dorados que tiraba Flavio mi gato. 

Cuando terminó conmigo tuvo el cinismo de “cederme el departamento”. Él se mudaría con “Santi”, un hombre que era casi un niño y del que juraba estar profundamente enamorado. Recuerdo el sonido de la carcajada que solté al escuchar su historia, recuerdo también la mirada de odio que me dirigió antes de cerrar la puerta. El cabrón me dejó con la deuda de un departamento en el que jamás quise vivir. Admito que, aunque me jodió, los días siguientes a su ausencia fueron los más felices que pasé en este lugar. 

Para entonces el gobierno ya había decretado estado de emergencia ante la expansión masiva de la peste. Pese a lo horrible de la situación, a mí me parecía gracioso ver a tantas personas serias hablando de manera tan formal sobre una enfermedad con un nombre así de simpático. Éste se le había ocurrido a un médico después de constatar el efecto luminoso que el virus dejaba en la piel de sus víctimas mortales. Durante varios días fantaseé con la enfermedad, con una muerte luminosa, con la extinción de mis deudas y la culpa que tal vez sentiría Rodrigo por haberme dejado morir sola con los gastos del departamento. Luego comenzaron a reportarse los dolorosos síntomas de la enfermedad y el idilio romántico de una muerte repentina se esfumó de mi mente. 

Decidí no pagar la próxima mensualidad del departamento. Los del crédito tenían el número de Rodrigo y me parecía justo que lo molestaran a él mientras yo acomodaba mis gastos. Habían pasado apenas dos días después de la fecha límite de pago, cuando en mi celular se amontonaron veinte mensajes furiosos. Mi querida ex pareja me acusaba de irresponsable, vividora, amargada, resentida, lo peor que le pudo pasar.  Exigía, y me lo imaginé gritando, que por una vez en mi vida fuera responsable, que dejara de hacerme la niña y afrontara la realidad.

Desearía que sus palabras no me hubiesen afectado ni un poco, desearía poder regresar el tiempo e ignorarlo, desearía haberlo dejado enviar y enviar mensajes de odio, pero la cólera se apoderó de mí. Sentí que había mancillado mi orgullo, que me escupía a través de cada mensaje y me restregaba la incapacidad de vivir sin él. Inundada de rabia tomé mi tarjeta de débito y realicé la transacción del pago con todo y el monto de los intereses generados meses atrás. 

Con el dinero que sobró apenas pude pagar la luz y el internet, esos recursos indispensables para poder trabajar y seguir generando ingresos. Para la comida del mes me quedaron míseros 150 pesos que dividí en comprar frijoles, lentejas y croquetas. Una ráfaga de optimismo se apoderó de mí. De verdad pensé que lograría llegar al mes siguiente con mi dignidad a flote. Fui la más grande de las ilusas. 

La dieta del pobre Flavio también se vio afectada por nuestras restricciones. Además de reducir la cantidad de croquetas que le daba diariamente, dejé de comprarle premios o consentir sus antojos. Me daba una lástima enorme verlo tirado junto a la cocina esperando ansioso la llegada de tiempos mejores. Mi Flavio que siempre había presumido un pelo dorado y radiante como el sol, ahora se veía pardo y sin muchos ánimos. La tristeza se me convertía en rabia contra Rodrigo y un poco también contra mí misma.

La situación empeoró a mitad de mes. El gas se terminó repentinamente, por supuesto me sentí una idiota ¿cómo me olvidé de algo tan fundamental? Debí haber llamado a alguno de mis amigos o a mis padres para pedir prestado, pero todos sabían lo que había pasado con Rodrigo.  No quería ser la pobrecita a la que dejaron y no le alcanza ni para el gas. Racioné aún más los frijoles que ya había cocinado y puse a germinar un puño de lentejas. A la semana siguiente de ejecutar este plan empecé a padecer de estreñimiento. La comida casi se agotaba así que me pareció buena idea comer un día sí y un día no para librar mi condición lastimera.  

Faltaban tres días para el fin de mes. Flavio y yo apenas podíamos levantarnos de la cama. El hambre es una sensación terrible, el estómago vacío desprende ciertos olores que el olfato humano apenas puede soportar. Terminé mi trabajo tan pronto como pude y me senté en el piso a llorar mi miseria. Flavio se acomodó entre mis piernas y me regaló un ronroneo débil. 

De pronto recordé que hace meses había comprado un Anís del mico con la única intención de ponerlo en el bar para hacer quedar mal a Rodrigo. Con sus amigos presumía tener un gusto exquisito para las bebidas alcohólicas y eso me sacaba de quicio. Estaba segura que la botella seguía en el departamento, probablemente Rodrigo la abandonó con el mismo resentimiento con el que me dejó a mí. La encontré arrumbada en el mueble de la despensa, a traguitos me fui tomando toda la botella hasta que se hizo de noche y caí desmayada por la ebriedad.

Me desperté casi a medio día con un dolor de cabeza indescriptible. El piso sobre el que me había quedado dormida estaba húmedo y la boca me sabía a sangre. Cuando me vi las manos descubrí un marrón rojizo impregnado en ellas. Traté de racionalizar la situación. Seguramente, había menstruado mientras estaba dormida y sin querer había manchado mis manos y el piso. Toqué mi pubis para comprobar la teoría, pero sólo encontré vellos largos y secos. Cuando levanté la mirada vi a Flavio en el piso con los órganos de fuera y atado a los palos de una silla rota.  —¿Qué mierda pasó? — pregunté a la nada cuando conseguí levantarme. Las lágrimas brotaban de mis ojos y el corazón me latía tan rápido que sentí que podía dejar de respirar. 

 Corrí por una sábana para tapar a Flavio, ver sus ojos sin brillo me producía un dolor insoportable. Cuando entré a mi recámara encontré el celular en el piso. Desbloqueé el teléfono tímidamente, esperando encontrar alguna pista de lo que había sucedido. Lo que descubrí fue terriblemente revelador. Apenas prendí la pantalla, se desplegó la interfaz de mi correo electrónico. Le había escrito un mensaje a Rodrigo, qué estúpida pero afortunadamente me había enviado a mí misma. Entre frases mal formuladas y palabras sin sentido, podían leerse cosas como “te odio, eres una mierda”, “ojalá te enfermes con la peste esa”, “por tu culpa me comí a mi gato”. Regresé a la cocina a contemplar mi crimen, toda la ira que acumulé contra Rodrigo no se acercó a la ira que sentí contra mí misma. Cómo explicar que como el Saturno de Goya me devoré a Flavio que era como mi hijo. 

Tres semanas después recibí una llamada del banco. Al parecer Rodrigo había muerto víctima de la Peste Diamantina y yo era la única beneficiaria de su seguro de vida. No puedo negar que me dio gusto saberlo. El dinero fue algo reconfortante. Con lo que me dieron terminé de pagar el departamento y me quedé viviendo aquí como un castigo autoimpuesto por haberle arrancado las tripas a mi pobre Flavio. 

Ingrid De la luz Bastida

Estudié la licenciatura en Historia. Desde hace un par de años dibujo y escribo en mis tiempos libres.

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