Cómo matar a una criatura mitológica

 Es fácil comprender que los 

problemas de tres pequeños seres

no cuentan nada en este loco mundo.

Casablanca, 1942

Para Diana

Por Lupe del Mar

Fue despertando poco a poco, como cuando lo haces naturalmente de un sueño tranquilo: primero con sonidos vagos, luego con manchones de luz y finalmente las sombras tomaron nitidez. Abrió los ojos y volvió a cerrarlos en ese momento perfecto en el cual no sabes nada, ni de ti ni del mundo.

La noticia de su hallazgo recorrió rápido el globo, pasando de ser una especie de broma a convertirse en trending topic con el hashtag #DeNuevoAlaVida, lo cual fue ―por un tiempo― la sensación en las redes. Por supuesto que muchos dudaron de su veracidad porque ¿en qué realidad una criatura mitológica sobreviviría miles de años en perfecto estado? Y, sobre todo, ¿en qué realidad existiría un ser como él? 

Al principio no lo creyeron posible. Incrédulos, supusieron ―como es obvio― que era víctima de algún inhumano experimento y, mientras Estados Unidos culpaba a Rusia y Rusia a Japón, quienes lo hallaron (luego de la sorpresa inicial) decidieron a llevarlo al hospital, aunque en la confusión mencionaron una clínica veterinaria.

Ni uno ni otro. Sí se quedó en un hospital, pero atendido por una prestigiosa doctora especializada en fauna salvaje. Una mujer de unos 43 años quien movió todas sus investigaciones a aquel lugar para no apartarse ni un segundo de su paciente. Médicos, genetistas, neurólogos, historiadores, antropólogos y un experto en literatura antigua fungieron como enfermeros y se dedicaron, cada uno, a brindar todo tipo de conocimiento, entre útil y no, para averiguar qué era… ¿Tal vez era un quién? Los estudios realizados no llegaron a ninguna conclusión, por lo cual pudieron darse el lujo de crear sus propias teorías, expectantes al momento cuando recuperara la conciencia y diera su propia declaración, si es que acaso de su boca-hocico podía salir algún sonido coherente. 

La veterinaria, por su parte, frustrada del camino sin salida en donde se encontraba, buscó entre sus conocidos a algún experto ―desde biólogos especialistas en evolución, hasta uno que otro científico loco cuyos estudios se basaban en mezclar genes para hacer un perro mitad pez―, sin encontrar respuesta o una verdadera razón de tan peculiar espécimen y de su supervivencia.

El monstruo, ser, o ente, como decidieron llamarlo (algún gracioso sugirió Carlos, pero lo descartaron), abría los ojos de vez en cuando para caer dormido al poco tiempo. Al hacerlo, enfocaba con la mirada triste de bestia herida a la veterinaria, quien le recordaba el seno materno que disfrutó poco, pues no bien nació, fue llevado lejos y sólo le quedó en la frente un beso mezcla de tristeza y alivio.

Sus sueños, si se nos perdona fisgonear en ellos, estaban llenos de miedos entretejidos con claustrofobia: se sentía atrapado independientemente de las paredes que lo rodearan, porque el cuerpo que tenía le quedaba grande y nunca lo había sentido por completo suyo. Pese a que el mundo onírico se mostraba horrible, sin duda era mejor que la realidad, donde (para colmo y a la postre) tampoco se sentía bienvenido.

Luego de un tiempo más largo de lo acostumbrado en la modernidad, aunque poco para un evento de esta trascendencia, se fue enfriando la noticia. Muchos prefirieron buscar en sus celulares al gato de cara aplastada que maullaba la novena de Beethoven, e incluso si veces se escurría su nombre en alguna conversación de Twitter, se convirtió más en un ser de culto, un mito, que otra cosa.

Por su puesto que la comunidad científica continuó tratándolo, el mórbido deseo de ser considerado “padre” de una nueva especie hacía que sus miembros se retorcieran de gusto y hasta les permitía imaginar un nombre (mezcla de latín con su apellido) gracias al cual pasarían a la posteridad. En defensa de la especialista, parecía más preocupada por el bienestar físico del ser postrado que por sus orígenes, tal vez en el fondo suponía que cuando despertara él mismo explicaría su llegada al mundo o su razón para continuar en él. 

Los días pasaron y, aunque pocos, había avances en su condición. Dicho espécimen comenzó a despertar cada vez más a menudo. Cuando lo hacía, ajeno a la realidad, fijaba su vista en la experta y volvía a dormir, como si su imaginación se nutriera de su imagen y quizá de su aroma. La doctora, con su débil conocimiento mitológico recién adquirido por pláticas con filósofos perdidos, se preguntaba por la mirada triste de la bestia frente a ella.

Sin embargo, el mundo tiene pequeños detonantes, conocidos también como la fuerza dada a un objeto para cambiar su dirección ―pensaría Newton― y el de ella fue la próxima boda de su exesposo, quien solicitó de la manera más atenta (muy acorde con su estilo) que cuidara de su hijo mientras llevaba a cabo el sagrado ejercicio de la luna de miel. Invitada a la ceremonia y ausente por motivos laborales, su amado hizo gala de los mismos recursos que había utilizado para llevarla al altar hacía años y ella, fiel a su cariño por él (aunque siempre más amorosa con su labor, motivo de su divorcio), aceptó porque en el fondo sólo sentía amor por esos dos hombres.

Así, su hijo de ocho años llegó a su casa y, con esa energía propia de los niños hizo de su rutina un torbellino, al grado de que para la tercera jornada decidió llevarlo con ella, en vista de la poca capacidad de la ayuda que contrató. El infante, sin conciencia de males o idea de lo que su presencia causaría, se dedicó a deambular por el lugar de la mano de su madre, ignorante de la presencia de cualquier ente mitológico quien pudiera despertar.

Me gustaría decir que la bestia murió mientras dormía, sin ver jamás al muchacho, me gustaría explicar que nunca se encontraron y ningún acto llevó al deceso de un inocente más allá de la fatalidad misma; sin embargo, hacerlo sería deshonrar su memoria y tal vez reducir la participación de uno de ellos a un simple observador. Además, no haría el honor merecido a las tragedias griegas de acuerdo con las cuales no es posible escapar del destino.

Ese día ―reclamemos a los dioses por su egoísmo ―su corazón, débil por el infortunio y el olvido, dejó de latir un momento. No quiero adelantarme a los hechos, me limitaré a mencionar que esto no fue la causa de su muerte ya que el monitoreo de rutina le valió para salvar su vida y pronto atrajo toda la atención del hospital.

Apuesto a que la bestia sabía de su muerte o al menos la presentía, como todos los animales. Tal vez ese descanso fue más para preparar a sus captores ante lo inevitable, pues su respiración cansada y sus jadeos no dejaron lugar a dudas que agonizaba.

La doctora volcó todo su esfuerzo en estabilizarlo, llegando al punto de mezclar la medicina animal y humana (como así lo exigía la anatomía del paciente) y, en un supremo acto de valor y estupidez, enzarzó tubo tras tubo en el brazo de la bestia hasta que su corazón latió con calma de nuevo.

La casualidad quiso que todo se conjuntara y los esfuerzos de la especialista, quien estaba en la dura tarea de encontrar un donador, fueran en vano cuando su hijo, cansado de jugar con los 206 huesos del modelo anatómico de la oficina, salió a la máquina expendedora y terminó perdido entre los pasillos.

Luego de un rato, el pequeño se negó a volver a la habitación sin recorrer el sitio donde con obviedad desencajaba. Ocultándose de los doctores y de toda figura de autoridad ―a su edad era cualquiera más alto― llegó sin evitarlo al cuarto del ente, donde la curiosidad le ganó y entró con pasos ligeros, como ninja, según decía su padre. 

La noción de miedo, que tantas veces nos hace sobrevivir, no existe en los más jóvenes, parece ser un hecho aprendido y, sin embargo, es increíblemente útil. El niño, acostumbrado a videojuegos, videos y películas más sorprendentes que la realidad, no tuvo sentimiento alguno de rechazo para el ser en la camilla o los tubos que lo mantenían con vida, por lo cual se acercó con la convicción de que nada podía pasarle. 

El monstruo recostado sintió un aroma familiar y al mismo tiempo distinto; su olfato percibió promesas pasadas y de un futuro nuevo. El sonido de las campanas de sus sueños, que no era más que el pitido del soporte vital, le recordó cuando del pueblo le llevaban 14 jóvenes silenciosos para aliviar su soledad.

Mientras tanto, la doctora buscó en su oficina al niño, tanto para asegurarse de su bienestar como para ir a comer algo juntos. Al no hallarlo, avisó a los guardias de seguridad, informó a jefes de área para estar alerta y comenzó con paso cansado su andar por los corredores, en espera de que apareciera. En una de esas rondas decidió revisar a su paciente favorito, y el único, sólo para asegurarse de que todo estuviera en orden. Lo vio sano y despierto tratando de tocar a su hijo.

Cuando el ser abrió los ojos pensó que seguía atrapado en su enorme jaula confusa, aunque la visión del pequeño resultaba extraña, pues era muy joven para lo que acostumbraban enviarle. Fueron sus iris, castaños como los suyos, los que lo devolvieron a la realidad “¿así es cómo me vería…” se preguntó “…como un niño normal si mi madre no hubiera deseado a un animal más que a mi padre?” y trató de tocarlo un poco para ver lo que nunca sería su piel.

En ese momento fue cuando la doctora apareció y, por primera vez, reaccionó como una madre lo haría. Al ver a su cría en peligro corrió hacia él, lo apartó de esa mano-garra que a lo lejos parecía amenazar más que acariciar y después miró con horror, de nuevo, por primera vez, a la bestia como peligro.

― ¿Mamá? ―pronunció el pequeño sorprendido, porque en el fondo entendía un poco el lenguaje de quien estaba frente a él.

En ese momento, la bestia-hombre abrió la boca por primera vez y pronunció unas últimas palabras que tristemente no significaron nada para la especialista.

―Tuviste otro hijo…

Luego de eso, las máquinas indicaron que su vida había acabado. Pese al esfuerzo de todos en el hospital, no fue posible reanimarlo y se declaró muerto el 27 de mayo de 20** a las 15:26 horas. En su registro se informó que fue una insuficiencia cardiaca y respiratoria mezclada con la falta de cuidados necesarios. En realidad, su corazón se rompió, pero ¿cuál es la diferencia?

Tania Guadalupe Saldivar Mares

Maestra de preparatoria de tiempo completo, escritora freelance por temporadas (cuando hay tiempo) y catadora oficial de tacos en la Ciudad de México, el miedo y la culpa son los catalizadores de sus obras. Le gusta la cerveza oscura, los animales y perder el tiempo con algunas personas; no ha publicado en muchos lugares porque suele postergar el envío de sus textos y cuando se percata ya pasó la fecha límite… o tal vez no es tan buena, es difícil decidirlo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: