El Chancla

Por Lydia Salinas García

Doña María lleva quince semanas de encierro, apenas. Su encierro no es total, pues sale a comprar la despensa y los sobrecitos para la bola de pelos que la ataca exigiendo su comida todas las mañanas. Esto no evita que caiga en una discreta locura. Los últimos días ha tenido problemas con su marido, porque al parecer no estaban acostumbrados a pasar tanto tiempo juntos, y en este rato se dio cuenta de que su hija ya había crecido. Aún en la casa su convivencia es mínima. A pesar de que no están en un ambiente familiar tóxico, adjetivo que se usa ocasionalmente para lo que no se adecúa a las expectativas de uno, Doña María tiene solo un pasatiempo que de verdad le llena en estos momentos de soledad: suele espiar a su vecino, El Chancla. 

Su vecino mecánico, conocido coloquialmente como el buen Chancla, es un joven no tan joven que arregla coches afuera de la casa de Doña María. Se lleva bien con su esposo y todas las mañanas le pide que le regale unas cuantas cubetas de agua para seguir chambeando. Doña María alguna vez cuestionó a su marido:

—¿Que no tiene a dónde ir?
—Uno debe seguir trabajando, María —contestó con cierta molestia. Doña María ocasionalmente vive en un mundo rosa. 

La obsesión de Doña María con El Chancla radica precisamente en esta vida rosa: El Chancla trabaja todos los días allá afuera, en medio de una pandemia; tiene un hijo, una esposa y bebe cinco días a la semana como si fuera el fin del mundo. O a lo mejor sí es el fin del mundo, pero sólo El Chancla lo sabe. 

A pesar de que lo observa a diario —de lejos, desde su ventana— y de que conoce su horario a la perfección, Doña María nunca ha hablado con El Chancla. Cuando trabajaba —y dice “cuando trabajaba” con una verdadera nostalgia, pues parece que fue hace décadas—, se limitaba a decirle “buenos días” o “buenas noches” al momento de salir de casa. El Chancla le contestaba lo mismo o sólo le hacía una seña con la cabeza. 

El Chancla no come más que tacos de canasta. Un señor pasa diariamente a mediodía, vendiendo de papa con queso, de chicharrón y de frijol. Trae un bote de salsa habanera y otro de salsa verde. Muy amable, el señor de los tacos siempre pregunta “¿de qué salsa quieres?” y te rellena generosamente una bolsa, hasta dice que puedes hacer enchiladas con eso. Doña María, probablemente desde que inició el encierro, tiene antojo de esos tacos. 

Un día que se asoma por la ventana y ve al señor echando chisme con El Chancla, Doña María se decide a probarlos. Le grita a su hija que tome dinero de su cartera y que baje corriendo. Porque los hijos nacieron para ir por los mandados, claro está. Doña María no recibe respuesta de su hija; se asoma a su cuarto y se da cuenta de que está aplastada en su silla, viendo en la computadora los rostros de otros treinta chamacos. María se horroriza porque ha desperdiciado segundos fundamentales para alcanzar al taquero. 

Doña María corre. Cabe aclarar que tiene unos diez años que no corre en lo absoluto, toma su monedero y baja las escaleras de escalón en escalón. Sus rodillas, ante todo. Cuando está a punto de llegar al zaguán, éste se abre y entra su marido (que ni sabía ella que andaba afuera) con una bolsa de plástico. Claramente trae un plato de unicel cubierto con papel de estraza. María huele la salsa, la grasa, los tacos, y queda maravillada. Le agradece de todo corazón a su esposo, quien le mira extrañado y le contesta:
—Te los disparó El Chancla. 

El gesto de encanto de Doña María se transforma instantáneamente en uno de sorpresa. Antes de que pueda cuestionar cómo es que pudo pasar eso, su marido se le adelanta:

—¿Tú crees que no se da cuenta que pasas todo el día pegada a la ventana?

María se apena un poco. Le da vergüenza que no tenga nada mejor que hacer en estos días aburridos y le da vergüenza que, por eso mismo, un extraño no tan extraño le haya comprado los tacos que lleva días anhelando. Sube las escaleras nuevamente, ya más tranquila, y deja la bolsa en la cocina, como si de verdad quisiera meditar qué hacer. Sin embargo, no tarda nada en abrir la bolsa con desesperación y destapar los tacos. Tampoco tardan en aparecer su marido, que desde que los recibió los estuvo saboreando, y su hija, en pijama todavía y completamente indiferente a lo que había pasado antes. 

A partir de este momento, la amistad entre Doña María y El Chancla evoluciona a través de los días de aislamiento y de una manera bastante accidentada. En otra ocasión, durante uno de los días lluviosos que solo sirvieron para empeorar el ánimo, Doña María está tomando un té mientras observa cómo se inunda la calle. El motivo de su consternación es que ha visto a un pequeño de unos seis años saltar por todos los charcos. La felicidad del niño es indescriptible, pero Doña María, como buena madre, está muy ocupada pensando en el resfriado que tendrá mañana. Peor aún: si ella fuera su madre, automáticamente pensaría que cachó coronavirus de manera inexplicable. 

El chiquillo es hijo de El Chancla, y ha permitido que esté salpicando el agua de los charcos porque ha estado afinando los detalles de un coche que le han encargado. Cuando termina, echa todas sus herramientas apresuradamente en una caja y, por primera vez en el día, frunce el ceño, mirando a su pequeño. Doña María no ha pasado por alto todos esos detalles y, con verdadera inocencia, le comenta a su marido:
—Mira, ya va a regañar a su escuincle. 

El problema está en que Doña María no ha notado que su ventana está abierta. También debe informarse que Doña María no se caracteriza por hablar muy bajito. Por estas obvias razones es que El Chancla escucha claramente los comentarios de Doña María y se ríe, sin siquiera disimularlo ya. Doña María quiere que se la trague la tierra, pero eso no la detiene para exclamar, por último:
—¡Sí me escuchó!

      La amistad se torna tierna cuando, un día, en lugar de que el cielo se esté cayendo, hace un calor infernal, clima que Doña María odia con todo su ser. Desde que inició la contingencia, y como acto probable de supervivencia, una pequeña familia pasa todos los días en un triciclo con tres hieleras, vendiendo “paletitas, paletitas, de a peso, de a peso, de a peso”. Como parte de las costumbres extrañas que María ha adquirido en estos meses de aislamiento, dedica parte de su día a esperar que las paletitas lleguen a su calle. A veces pasan cuando ella está pegada a la ventana, pero en otras ocasiones la toman por sorpresa: viendo la tele, tomando una junta en la computadora que no ha aprendido a usar o, simplemente, haciéndole caras a su hija mientras está en clase, por el puro gusto de molestar. 

Es durante esta última actividad, fundamental para que no caiga en una locura grave, que las paletitas anuncian su llegada. María deja de hacerle gestos a su hija y le hace la seña de “que se moche”. La traducción verbal de esto podría interpretarse como “corre por paletitas”. La hija le señala la pantalla de la computadora, como dando a entender que la clase no le permitiría. Doña María la mira fijamente unos segundos y es entonces que la hija le pide que conteste por ella, en lo que corre por el mandado. La hija sale velozmente de la habitación, pero, al igual que su madre, nunca ha sido muy fanática de correr. 

Una vez afuera, la hija no logra ver el triciclo de paletitas y siente que su vida depende de ello. La voz de su madre suena desde la icónica ventana:

—¡Corre! ¡Ya están más adelante! 

La hija corre un poco más y se pierde en la visión de su madre. No obstante, de manera espontánea, aparece El Chancla, regresando del lugar a donde la hija se dirige. Trae una bolsa de paletitas en cada mano. Se da cuenta de que Doña María, como siempre, está asomada por la ventana y, sin decir ni una palabra, le muestra una de las bolsas: es para ella. Doña María está al borde de las lágrimas, es el detalle más bonito que han hecho por ella en cuarentena, y baja por la bolsita. También ella, sin decir ni una palabra, es que le agradece a El Chancla, quien se retira en cuanto llega la hija sin aliento, diciendo:

—No lo alcancé. 

Un viernes cualquiera, porque después del encierro ni siquiera los días se diferenciaban entre ellos, Doña María y su marido están regresando de la despensa. Van tomados de la manita, sus cubrebocas combinan porque ambos fueron hechos por el marido, y cada quién lleva una bolsa atascada de lo esencial. Los recibe la sorpresa de que El Chancla, en compañía de sus dos chalanes y el vago de la cuadra (ave de mal agüero), están bebiendo hasta la inconsciencia en la esquina de su casa. Están escuchando música en el estéreo de uno de los coches que arreglan y tienen un montón de botellas de licor a sus pies. 

El Chancla no es capaz de reconocer quiénes son las personas llegando. Tiene que forzar sus ojos para darse cuenta de que el marido de Doña María lo está viendo con profundo reproche; ni siquiera su propia esposa lo mira así. 

—Mañana hablamos —suelta el marido sin verlo a los ojos. Lo que más le cala en ese momento a El Chancla es la decepción en la carita de Doña María. 

A la mañana siguiente, solamente el chalán principal aparece y toca fuertemente el zaguán de la casa de Doña María para que su esposo le regale agua, como lo suele hacer El Chancla. Al estar llenando la cubeta, el marido pregunta, entre sed de chisme y auténtica preocupación, dónde está El Chancla. El chalán, con una risa nerviosa, contesta que se puso mal la noche del viernes y que tuvieron que llevarlo al hospital. Había bebido demasiado. El marido sube a contarle a Doña María y se echa el clásico discurso de papá: ocurrió porque estaba en malas compañías, andaba de ocioso, no le pagaron algún trabajo. El marido aprovecha para cerrar con un:

—Pero sale de ésta.

No es hasta la mañana del domingo que tanto Doña María como su esposo reciben noticias. Alguien toca fuertemente el zaguán y, a decir verdad, el esposo se asusta. El Chancla no toca tan desesperadamente la puerta. Baja de inmediato, todavía en pijama, mientras que Doña María se acerca a su preciada ventana, sosteniendo el café. Es en ese momento cuando nota lo que había pasado: el chalán de El Chancla llora desconsoladamente frente a la casa. No había salido de ésa. 

Salen a la luz un sinfín de rumores. Que lo habían atendido mal por la saturación del hospital. Que había estado enfermo desde antes y no se había dado cuenta. Que a lo mejor pescó otro virus a la mera hora. Lo único en que están de acuerdo, tanto los chalanes como la familia de Doña María, es que había sido muy pronto. 

En la casa de enfrente, donde El Chancla solía pasar ratos de ocio, ponen una pequeña carpa con flores y comienza a juntarse la gente: personas que pasaban a diario por ahí y gente que sólo iba a beber de vez en cuando. Doña María observa todo, desde la ventana, claro. No quiere asistir al trágico evento, pero su esposo hace acto de presencia. El marido lo piensa dos veces: en una se prepara para salir y en otra toma su cubrebocas. 

El marido sale y en cuanto cierra el zaguán, la primera persona que lo recibe es, desafortunadamente, la viuda, preguntándole que si a partir de ahora le puede dar agua a ella. Doña María está al pendiente de su marido y la larga conversación que tiene con la señora de El Chancla. A pesar de que no es directamente su pérdida, se siente desolada. Todo empeora cuando, ya entrada la noche, tres cuartas partes de los asistentes de la casa vecina están literalmente hasta las chanclas. María se asoma, una última vez, y ve un brindis con vasos de plástico y hartas lágrimas, seguido de varias rondas de aplausos y un coro:

—¡El Chancla! ¡El Chancla! ¡El Chancla!

Esa noche Doña María no duerme. La recién viuda, el niño saltando en los charcos, los coches sin reparación; todo eso le roba el sueño. Ni siquiera el hecho de que mañana es su gran regreso al trabajo. Debido a que tiene soportar a tanta gente otra vez, uno pensaría que lo que más quiere es dormir. Por la mañana, María se levanta sin ánimos, el cuerpo le pesa, no plancha su blusa y apenas prueba su café. 

Se despide de su marido, que apenas está desayunando, e intenta despedirse de su hija, todavía dormida en su cama. Baja las escaleras con más trabajo que antes, porque ahora sus rodillas le preocupan más que nunca, y abre el zaguán con verdadera angustia. Lo que no se espera es que ahí afuera ya está la señora de El Chancla, terminando los coches que faltan. María siente un dolor en el pecho y, con mucho esfuerzo, dice:

—Buenos días. 

La señora de El Chancla no dice nada, solo contesta haciendo una seña con la cabeza y sigue trabajando. 

Lydia Eizayade Salinas García

Comunicóloga, escritora y amante del cine. Me interesa la producción cinematográfica, el guionismo y la escritura creativa. Tengo experiencia en la realización documental y he participado como guionista, directora y primer asistente de dirección en diversos cortometrajes de ficción.

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