Este nombre no es mío

Por Guadalupe Jimarez Martínez

En los albores de la Revolución Industrial era común nombrarles a los locos “Frankenstein” por el éxito de la novela gótica de Mary Shelley; sin embargo, la sociedad ha evolucionado de tal forma que es posible saber si tus progenitores carecen de cordura alguna sin involucrar trucos de magia. Si tu nombre hace referencia a alguna animación, un dispositivo electrónico, o si para pronunciarlo es necesario tomar aire dos veces, en efecto, tus padres fueron poseídos por “el espíritu de la originalidad”. 

México, país de bemoles y sostenidos, donde cada habitante nace con un sentido del humor aunado a la tendencia a mofarse hasta de la muerte, ¿por qué no lo harían de la vida? Se burlan de la misma existencia, la retan y se proponen, minutos antes de entrar al Registro Civil, darle un “título” a su vástago que los represente, aunque ello signifique buscarlo en tierras donde el sarcasmo y la seriedad se toman de la mano y fingen amistad. Masiosare, Chenocua, Escroto, Rambo, Princesa, figuran en la gama de apelativos de mexicanos.  

En febrero de 2014 se colocó un cartel en cada Registro Civil del Estado Mexicano. Básicamente en él estaban escritos una serie de “nombres prohibidos”. No obstante, adelantándose al ingenio de los padres, colocaron un manifiesto: En general, no se permiten apelativos que puedan dañar la integridad moral del individuo. También se les pidió a los padres hacer un esfuerzo por lograr un consenso: no más de dos nombres. A pesar de tener más opciones al escoger cómo serás llamado, terminarás aturdido, pues desde tiempos del Mesías, el ser humano tuvo que optar por el bien o el mal. Jamás por el medio bien o medio mal. Hasta en la cultura popular se hace alusión a optar por una u otra situación: “Dos mujeres, un camino”, telenovela mexicana de la década de los noventa, donde el protagonista debe decidirse por una de sus dos conquistas. 

Con todos estos ajustes en pro del bienestar del mexicano, aún hay algunos miles de inconformes con aquello escrito en sus actas de nacimiento. No pueden cambiar a sus padres o abuelos, pero la esperanza los invade cuando saben que lo único posible de modificar es su nombre. En la mayoría de los casos, la burocracia que trae consigo todo el papeleo se vuelve argumento válido para no hacer dicho cambio. Otros, simplemente, no están dispuestos a reeducar a su familia, amigos y conocidos. Se conforman y acompañan con un suspiro al afirmar el “amor” profesado a su apelativo.  

“¿Por qué me dices Angélica, Ignacio? Dime mamá.” 

“Porque tú me dices Ignacio, no me dices hijo.” 

¡Quién lo diría! Hasta con los nombres, los procreadores marcan el “yo soy grande, tú pequeño; yo listo, tú tonto”. Relación de poder que ignoramos, mientras nos llega la edad para sobrevivir. 

Y es una realidad. Los padres no sólo cuidan del pequeño con reglas y advertencias, también lo hacen con el adjetivo personal que le asignan. Se resignan a poder llamarle de esa forma, antes de que Josué termine por ser el duraznito, osito y bombón de alguien.  Valoran los años felices, donde no es necesario que dejen, todavía, el traje de Martín y de Sofía en casa, para responder a mi vida en otra.  

Existen los padres refugiados en los “compuestos”. La mamá, Martha; el papá, Enrique: su hija, Maren. Nombres sin antepasados bíblicos u orígenes romanos. Pareciera que fueran parte de las frases compuestas por un bebé: balbuceos de originalidad. Esto hace inútil la guerra entre padres e hijos denominada adolescencia. Se trata de un conflicto para consolidar una victoria ganada desde el nacimiento por los procreadores. No hay poder más absoluto que el de nombrar.  

México es un país contradictorio. Grita sus ansias por evolucionar y pertenecer al alto mundo; sin embargo, se niega a no perpetuar sus tradiciones. María, Jesús, José, Guadalupe son nombres que aún figuran en las preferencias de los padres, sobre todo en aquellos poseedores de un bagaje religioso. Pero algunos son un tanto remilgosos de estas creencias, designan nombres a sus hijos con tintes extranjeros: Jonathan, Kevin, Bryan para los hombrecitos; Kimberly y Steffany para las mujercitas. 

De acuerdo a un estudio de la Universidad de Nueva York, si tu nombre es fácil de articular, la gente te favorecerá más, pues, cuando somos capaces de procesar una información más sencilla, es fácil la comprensión de esta y tiende a agradarnos. Sin embargo, en tierras donde pinche y wey son pronombres personales,  eso no existe. Llamarse Juana o Jesús no te garantiza un trato digno, a pesar de tratarse de nombres en los cuales no es necesaria demasiada saliva al enunciarlos.  

Los nombres dicen mucho de la moral de las sociedades. Estas son capaces establecer una serie de consignas: No se le debe llamar Blanca a un bebé de tez morena, o a una niña denominarla Marbella cuando es víctima del destino: en ella, el significado de belleza no se define. También existe la demanda de poner un solo nombre a quien posea tres apellidos, pues se prefieren los números pares por cuestiones de presentación. 

En Ratatouille, película animada de Pixar, uno de los personajes principales adjetiva como corriente al platillo, mismo que hace referencia al título del filme. Sin embargo, no se trata de los ingredientes o estructura de esa comida. El meollo radica en el apelativo: Rata-touille. La fama del roedor acecha a ese guiso, y es que las ratas son todo menos criaturas con clase y estilo. Somos jueces en cuestiones de decencia. Insuficiente el esfuerzo de Disney por establecer una imagen positiva de estos mamíferos. Es por ello que todo lo relacionado con ratas y ratones es indigno del lenguaje humano: dicha información habita exiliada con las palabras que la moral nos impide pronunciar. Cohabita con los nombres de aquellos quienes al recordar, se nos hunden los hombros y la dignidad nos parece de Marte.  

Sucede algo similar con Salomé, Selena, Raquel, víctimas del contexto de un país donde las vedettes y las actrices son influencia del mexicano. Consideramos a estos nombres sin clase, sumergidos en el caché que otorga lo “populachoso”, lo jacarandoso. No obstante, en el fondo de nuestros refinados, altaneros y falsos gustos, aún tenemos espacio para bailar al son del chachachá, para enamorarnos de una Deyanira y dar a nuestro retoño el nombre de Yesenia.  “Si no eres lo que quieres ser, ¡pues te conviertes y ya!”. Si el nombre elegido por nuestros santos padres nos desalienta, ¡nos lo cambiamos! Aún nada está dicho, todavía no todo está perdido. Dime Ani, no Ana. No obstante, es una realidad que cambiarnos el apelativo frente a una pantalla es señal de la falta de aceptación hacia nosotros mismos. A diario despertamos con un “este nombre no es mío”. Vivimos por Rosi, respiramos por Lili, no por Rocío y Liliana.   

Justo aquí es cuando las redes sociales toman tal importancia que el individuo las venera: en ellas, puede ser quien quiera ser. Mágico lugar donde ya no es Dolores, es Lola; ya no es Georgina, es Gina. O, en casos más radicales, Nnenitha bellaqa moxa. Aquí, muy pocos son los valientes que se atreverán a decirle Guadalupe en lugar de Lu. Y es así, nos cambian el nombre para guardar el secreto, diría Joan Sebastian, “poeta del pueblo”. Misterio cuyo fin es sigilar la pesadez de levantarse de la cama con un: ay qué pesado, siempre pensado en el pasado, en mi nacimiento, en mi epíteto.  

Aceptamos los diminutivos como una especie de máscara. Nos maquillamos con seudónimos. Amamos la idea, después de todo, hacemos a un lado esa pesada carga llamada identidad. Sin embargo, aún no te llamas Chabe, no eres Mago, y mucho menos Pepe. Los sobrenombres nos vuelven personas duales. Seres de dos cabezas que no comen de un mismo plato y beben de vasos diferentes. 

En el lado oscuro, donde habitan los sobrenombres, existe un fenómeno común: por escapar de la amargura traída por el nombre, deviene la deformación del mismo en vocablos nada gratos al oído de quien los recibe. Somos nombrados a partir de burlas interminables. Qué caso tiene no desear llamarte Luisa si el infausto usurpador es Güicha o con mayor romanticismo: Güichita.  

El nombre te predestina, pues resulta una contradicción llamarse Guadalupe y no ser una mujer con actitudes pro-tradicionales. Nos encasillan desde el nacimiento. A partir del momento en el que te llaman Xóchitl o Samantha; Tonatiuh o Enrique, se formula en la mente de todo el que nos conozca una idea, acertada o errónea, de cómo somos, de nuestros gustos o ambiciones. Hasta es posible que deduzcan nuestro origen a partir de nuestro nombre.  

En la película francesa  El fabuloso destino de Amelie Poulain, se escucha a la portera del edificio donde vive la protagonista aceptar a su desafortunado destino como producto de la historia de su nombre, María Magdalena: “Supongo, estaba destinada a llorar”. Nuestro apelativo nos traza el camino a seguir, a repetir patrones, a imitar a aquellos con los cuales compartimos el nombre, porque,  después de todo, improvisamos cómo vivir, pues no estamos seguros de la forma en la que debemos hacerlo. Necesitamos quien nos guíe. Todo ello es fruto del eterno cliché al cual perpetuamos cuando aceptamos que si una mujer se llama María proviene de una clase económica baja, es madre de familia, peina su cabello de forma trenzada, termina con “s” cada palabra y porta huaraches.  

Tal es la importancia del nombre que Hayao Miyazaki realiza en El viaje de Chihiro una metáfora acertada sobre el poder del apelativo en nuestras vidas: es la única cosa  que te recordará quién eres y sin él, pierdes el control sobre ti. Montaigne afirma: “en una época en la que hacer el mal es tan común, limitarse a hacer algo inútil es casi loable”. Es erróneo concebir a la facultad de nombrar como carente de importancia. No vemos en él una vereda por la cual podremos caminar, sino sólo un símbolo de “individualización”. Esto explica por qué hay crisis de identidad en el mexicano, quien sueña ser parte del sueño norteamericano. 

De esta forma, sin un nombre cuya forma y significado represente al individuo, ¿qué podrá guiarlo?  

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