SUCESOS

Por Gabriela Ladrón de Guevara de León

Fotografía de Vladyslav.

Fue un día terrible. Después de una agonía de más de tres semanas, María murió asesinada. En realidad no fue la mano de su asesino lo que la mató, sino la mala suerte. Seguramente la hubieran salvado, pero el problema fue que el paramédico que llegó  con la ambulancia estaba en proceso de divorcio y llegó cinco minutos tarde al trabajo. Samuel era bueno en su trabajo, pero al llegar tarde, ocasionó que la ambulancia saliera tarde. Cinco minutos solamente, cinco minutos en los que el cerebro de María colapsó.

Samuel era paramédico desde hace siete años y siempre había sido puntual en su trabajo. Sin embargo, ese día en particular no pudo dormir. Estaba en proceso de divorcio: tres meses antes había descubierto que su esposa Amalia lo engañaba. Ella tenía un amante, un hombre feo, pero que, Samuel tenía que reconocer, era muy interesante, amable y agradable. Además, era simpático y adoraba a su esposa. Ahora que se habían separado, ella se había mudado con él y planeaban casarse muy pronto.

Rubén era el amante de la ex esposa de Samuel. La conoció antes de que ella se casara. Por un breve tiempo trabajaron juntos. Siempre le gustó, pero no tuvo el valor de decírselo. Dejaron de trabajar en la misma oficina y él se mudó a otra ciudad. Ahí conoció a Laura, con la que se casó poco después. El matrimonio no duró y antes de que tuvieran hijos, él decidió divorciarse. El divorcio había sido tormentoso: ella no era mujer de conformarse con migajas y así se lo hizo ver.

Laura era la ex esposa de Rubén. Era una mujer bella y de una conversación fascinante. De primera instancia era muy agradable. Se casó muy joven y a los dos años se divorció. No se arrepentía, su exesposo no resultó tan generoso como había pensado. Para ella, un buen hombre era, ante todo, proveedor de su hogar, lo demás no era tan importante. Pero eso no fue un problema que la detuviera. A los pocos meses de haberse separado, conoció a Ernesto, con quien se casó tiempo después. Ellos tenían una hija llamada Marisela, a la que amaban con locura.

Marisela tenía 9 años. Estudiaba en la escuela primaria cercana a su casa. Era una buena estudiante, aunque se aburría rápidamente en la escuela, pero disimulaba. Su mundo eran sus papás, sus abuelos y sus amigos de la escuela: era una niña protegida y amada. Su consentido era su perro Clyde, un french poodle malhumorado y malcriado que, a pesar de todo, era el más mimado del hogar. A Marisela le encantaba hacer pijamadas y tardes de juegos con su amiga Maru. Disfrutaba mucho salir a pasear con su mamá.

Maru era la mejor amiga de Marisela. Tenía 9 años y estudiaba en la misma escuela que Marisela. Sin embargo, la vida familiar no era tan buena como la de su amiga. En casa era frecuentemente ignorada mientras sus papás discutían y se atacaban mutuamente. La usaban como moneda de cambio en sus agresiones. Estaba mucho más cómoda con su papá, su mamá la atacaba sin cesar, decía que era una inútil, igual a su padre. Solamente estaba contenta con su abuela, Graciela.

Graciela era la abuela de Maru. Maru era su nieta consentida, hija de su hijo Hugo. Se parecía mucho a él. Graciela había sido maestra, pero hacía años que se había jubilado y gozaba plácidamente de su tiempo. Tenía tres hijos, todos varones: Hugo, Alejandro y Daniel. Los tres eran buenos muchachos, según ella. Estaban todos casados y con hijos. El más pequeño, Daniel, se había casado con María, que acababa de morir asesinada.

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