OS SENHORES DA GUERRA

Por José Luis García Herrera

 É tão pouca a glória duma guerra

                                                                Madredeus

Más allá de las alambradas de espino y madreselva, 
tras las altas murallas de un palacio sombrío, 
alrededor de una sólida mesa de mármol y caoba,
están sentados los oscuros señores de la guerra.
Al otro lado de los anchos muros, tras los fosos,
ejércitos de hombres esperan, impacientes, 
el humo blanco que dicte un veredicto y ruegan
que la paz sea, hora tras hora, día tras día,
la venerable señora que gobierne esta tierra.

Los vientos de la noche traen noticias de muerte
y las hogueras que avivan el filo de la madrugada 
mantienen encendidas las antorchas secretas 
—de piel, de carne, de venas, de sangre—
de aquellos que esperan una señal de victoria.
¿Recogerá un Dios lejano el humo de las plegarias?
¿Será la vida la desazón amarga de una larga espera
en la cuneta de un camino que lleva a ninguna parte?

Sobre grandes paneles de madera repujada
—tableros de ajedrez sin rey que los gobierne—
los señores de la guerra disponen sus peones,
las torres aguerridas, los alfiles de bronce
y los caballos de mar sin alas ni horizonte.
Entre tanto movimiento sobre líneas negras
quizá ninguno de ellos jamás se pregunte
qué lugar ocuparán los niños y las mujeres
cuando lloren sobre tanta sombra muerta.

Con terrible sangre fría los señores juegan 
con millones de vidas, con hombres y nombres 
que siempre esperan —alrededor de las brasas,
consumiendo el carbón de los años y los sueños—
himnos de paz que alejen los lobos del miedo;
canciones de taberna y bailes de fiesta
que bendigan los frutos de las nuevas cosechas. 
Sin embargo, largos años grises se avecinan 
alrededor de la torre más alta y renegrida.

Los señores de la guerra, enfrentados,
avanzan y retroceden sobre la región del odio,
enfrascados en hallar el punto débil del rival,
obligándole a tragarse los hierros del orgullo, 
a claudicar sobre el aire quemado de poniente
que mueve tanto dolor, tanto llanto, tanto sin sentido...

¿Llegará el día donde nadie recuerde los desastres
de la guerras cruentas? ¿donde nadie tiemble
al recordar las terribles, las brutales heridas 
de los soldados abatidos como guiñoles de trapo, 
las ciudades humeantes como pavesas de una hoguera, 
los niños deambulando como ángeles de barro 
entre las ruinas desoladas de su infancia negra?

Si llegara aquel día y estamos presentes,
en medio de la plaza, bajo la brújula del sol,
os pido que seamos una única voz, un solo corazón
con las palmas de las manos levantadas al cielo; 
como héroes de una leyenda forjada con la sangre
que celebra el vuelo audaz de un tiempo imposible. 

Los señores de la guerra, los dioses de la pólvora,
los ciegos maestros frente al tapiz del crepúsculo, 
juegan con el destino sagrado de esta esfera azul 
(siete partes de agua sin yugos ni cadenas)
suspendida en el espacio, en una elipse eterna
sobre la historia roja de los tiempos de los tiempos.

Ajenos a los murmullos que palpitan extramuros
ellos continúan entablando leyes para crudas batallas,
sembrando de cruces rojas las tierras del olvido,
apuntando con lágrimas de hielo en la pizarra negra  
las bajas causadas al enemigo, evitando
corregir los errores al apuntar las bajas propias.

Quizá sean así las leyes de los hombres, quizá
no puedan interpretarse de otra manera, tal vez
la historia se repite y sea siempre la misma;
y solamente cambien las ciudades y sus gentes.
Quizá la guerra y la paz sean ciclos necesarios
como la crin de la noche y el abanico del día, 
como la lanza del sol y el remanso de la luna.
Quizá la propia tierra nos impone un alto precio 
para vivir sobre ella,
para gritar sobre ella,
para llorar sobre ella,
para morir sobre ella, 
defendiendo el camino que nos conduce, de regreso, 
al pozo inmenso del vacío, de la nada.

Pero los hombres que levantaron sus tiendas
alrededor de las anchas murallas
esperan sentados a las puertas y confían, 
con la mirada perdida entre la bruma del horizonte,
que al despuntar el alba, al rayar el nuevo día,
la paz sea el verso que proclaman los poetas.

Y llegará esa jornada que no está escrito en el agua,
ese día que madura su belleza en el tonel del corazón,
que cierra la herida abierta por los puñales del odio.
A lo lejos se escuchará el estruendo de los tambores,
el eco de nuevas voces y cantos de esperanza
que sonarán en nuestros oídos a himnos de victoria:
a triunfo de una guerra, al fin, ganada por todos.

Más allá de las alambradas de espino y madreselva               
habrá un niño en el patio delantero de la casa
jugando a ser mayor tras las piedras del muro
y una mujer destejiendo las redes del olvido
—espigas azabaches bailando con el viento—
que correrá descalza sobre las cenizas de la pena 
para abrazarse al soldado que regresa
a levantar un reino con el sudor de su frente,
a construir con la fuerza y el tesón de sus manos
la casa pequeña donde duermen los sueños más grandes.

José Luis García Herrera

Nacido en Barcelona, España, en 1964. Poeta, narrador y crítico literario. Miembro del grupo cultural Versikalia. Fundador de los premios literarios “Ciutat de Sant Andreu de la Barca”. Ha publicado 24 libros de poesía. 

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